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Los límites de la Instalación in situ y el dispositivo museístico

Con bastante afluencia de público, la tarde del 6 de abril de 2005, Miguel Angel Rojas Ortiz abre una exposición que sorprende a Bogotá y la saca de sus rutinas artísticas más cotidianas. Nadie queda indiferente. Se trata de una instalación in situ, de la cual solo sobreviven las obras instaladas, hoy hacen parte de colecciones privadas y públicas que destruyen la experiencia que tuvo el público en general con la propuesta del artista.

Varios factores contribuyen a que, en Colombia, con el David de Rojas comience la historia del arte del siglo XXI. En especial, encontramos factores extrínsecos a la producción de arte como es la gestión. Asimismo,  existen factores intrínsecos como la sutileza del pensamiento del artista, la pertinencia de la idea explorada y la precisión de su respectiva escritura plenamente localizada.

El primer lugar, es importante recordar la gestión espacial de los orientadores de la Galería Al Cuadrado. Durante los años en los cuales se desplegó su gestión, sorprende a la ciudadanía con exposiciones memorables. Este espacio nómada se constituye en una alternativa artística para socializar los avances de las propuestas artísticas que dialogan con la época y con espacios específicos. Las ideas de Al Cuadrado llaman la atención de la ciudadanía y de inmediato los y las artistas que promueven obtienen su respaldo.

El espacio localizado para instalar la propuesta de Rojas es la segunda torre del Antiguo Hotel Hilton de Bogotá, un monumento a la corrupción y al vandalismo de las élites que aún administran los recursos públicos que nos pueden sacar de la barbarie a la cual somos sometidos y sometidas.

En esta ocasión, Rojas presenta la instalación Quiebramales y el video Borde de pánico. A pesar del interés conceptual que estas dos obras suscitan, la serie fotográfica David es la que toca, atraviesa y arrebata los cuerpos de los allí presentes. Allí, de la entraña de los muros emerge serena la tradición clásica griega. La mirada del David impone un silencio elocuente, señal inequívoca de que se está en presencia de algo por fuera de lo común. El David nos arrastra a mirar de frente los muñones arquitectónicos en los cuales se instala el cuerpo mutilado de un colombiano. La historia reciente de Colombia hila restos de muñones estéticos, éticos, políticos y sociales, dispersos a lo largo y ancho del país.  La adecuación del espacio evidencia una crítica silenciosa de los protocolos de cubo blanco que imperan en las exposiciones del arte colombiano. El contexto que configura y rodea al David es conmovedor. Se trata de una conmoción que obliga a pensar lo común a todos y todas, lo cual es sin duda alguna, mérito del artista.

En segundo lugar, Rojas toca porque sabe y ama lo que sabe: su contexto de acción, es decir, las sensibilidades de las mujeres y los hombres que lo tensan con cada uno de
los problemas que evidencian sus preguntas reiteradas en diferentes contextos. Solo mediante esta sabiduría artística, el artista logra sintetizar de
manera específica la poética en lo eterno de la Historia del Arte occidental. Sin los amaneramientos ni los pastiches con que tropiezan las imágenes de muchos artistas posmodernos, el David se constituye en la imagen del siglo XXI, de esta época en que la corrupción amenaza con mayor descaro las libertades de mujeres y hombres. La guerra que denuncia Rojas y en la cual han participado muchas inteligencias estéticas y políticas, es el mayor acto de corrupción sostenida a lo largo de décadas en Colombia. Que no nos sorprenda entonces que la paz aún esté embolatada, como diría la artista Ana Isabel Diez, una mujer que ha estado muy cerca de la guerra de la cual habla Rojas de manera reiterada.

Son contadas las obras que logran el efecto emancipador y poético que suscita el David de Miguel Ángel Rojas, desde 2005 hasta hoy. Emancipar es atreverse a conducir la mirada hacia uno mismo, hacia aquello que impide ver lo real, lo innombrable del arte y de la política. La emancipación pasa por asumir esa responsabilidad con uno mismo. Rojas contribuye a promover el cuidado de esta ética de lo común, pero sin la pedantería ni la soberbia que suelen ostentar quienes hablan de la ética en el arte. Trae a la actualidad estrategias de expresión que sacuden sin violentar, que conminan a pensar cada una de las preguntas que salen como saetas por la mirada del David. Aún hoy sin responder, sin voluntad expresa de comprenderlas y elaborarlas. Aún no tenemos el coraje de asumir nuestra responsabilidad por la violencia que padecen miles de cuerpos de hombres y mujeres en distintos contextos. Cincuenta por cien de los colombianos desean que la barbarie de los actos de guerra continúe.

El 6 de enero de 2018 vi de nuevo el David de Rojas en el Museo Nacional, instalado al lado de un San Sebastián de Ignacio Gómez Jaramillo. Lo vi como si lo hubiera visto por vez primera. Me sorprendió. Me inquietó. Me conminó a pensar. Puede advertir que la idea estética y la pertinencia política conservan la fuerza poética con la cual irrumpe esta imagen en Bogotá, en 2005. Sin embargo, algo queda atrás, olvidado, por fuera de la historia, domesticado por el dispositivo museístico. La instalación se disolvió, se perdió: hay algo esencial de ella que falta, que no entra en este dispositivo de saber-poder, como diría Michel Foucault: la experiencia de mujeres y hombres en aquel contexto de guerra que se respiraba dentro de los muñones de la fallida torre del Antiguo Hilton. Por supuesto, de esta contingencia administrativa y social no es responsable el artista. Parece que este es el precio que deben pagar las obras que se constituyen en imagen de su tiempo.

Fotografía: tomada de Jet-Set

 

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