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La última contracción del Premio Luis Caballero

Finaliza la revisión de los requisitos administrativos  para entrar en  el proceso de nominación de artistas aspirantes al IX Premio Luis Caballero (LC). Comparto algunas percepciones del estado actual del Premio en general y de la IX Convocatoria en particular.

En primer lugar, contrario a mis propias expectativas, la modalidad curatorial no tiene la acogida esperada dentro de la impotencia que se manifiesta dentro del potente universo curatorial colombiano. Juan de Jesús Manrique  presentó la  propuesta  Inexclusiones y no superó los primeros filtros administrativos. Es necesario preguntar por qué fracasa esta iniciativa interesante de la Gerencia de Artes del Idartes para esta versión del Premio. Quizá no está suficientemente pensada. Una evaluación colegiada e interinstitucional puede aportar herramientas para introducir los ajustes necesarios al protocolo que el Idartes proponga a los artistas  para realizar la versión X del premio —si se convoca—. El Idartes debe establecer diálogos no solo estratégicos con centros de poder burocrático y comercial. Principalmente,  debe abrir sus puertas a los centros de producción de conocimiento, que en Bogotá los hay muy importantes dentro del sector público. En su versión estética, el Estado es sordo al interés público y en particular a la Academia colombiana, al menos en aquello que concierne a los artistas plásticos y visuales.

Algo queda claro de esta fallida Convocatoria curatorial para el IX Premio LC. No es fácil presentar una curaduría al LC, pues, en principio, se supone que todos los participantes en ella deben cumplir las exigencias que requieren los artistas con propuestas personales; entre otros aspectos, el ser mayores de treinta y cinco años, y tener una trayectoria artística documentada. En otra oportunidad mencioné la propuesta colectiva de Franklin Aguirre presentada en dos oportunidades al juicio de la administración del Idartes. Pese a la trayectoria de Aguirre como artista, curador y pedagogo, en ambas convocatorias su propuesta fue descalificada. Aguirre no se presentó para esta versión del premio.

Cabe preguntar si esta Convocatoria curatorial  debe formularse dentro del dispositivo administrativo que organiza las gramáticas de las propuestas artísticas personales, o si esta modalidad puede configurar su propia lógica. Se puede pensar que si el proponente o curador cumple con todos los requisitos generales aplicados a los artistas, esta condición es suficiente para entrar en el proceso de nominación. Se selecciona no tanto a un colectivo de artistas sino curadores con amplia experiencia, investigación y obra. Por supuesto, esto puede desajustar mucho más este estímulo artístico, pero es necesario explorar estrategias de estudio y análisis.

Ahora bien, para la modalidad curatorial se puede pensar, no tanto un proyecto curatorial para ser realizado durante el año en que se ponen en escena los proyectos artísticos personales, como una nominación de curadurías realizadas en espacios específicos durante el año en que se convoca el Premio. El mismo u otro jurado,  evalúa las curadurías realizadas durante la puesta escena del Premio en su versión de propuestas artísticas.

Dada la poca acogida artística que se manifiesta en la IX Convocatoria del LC,  presentar una propuesta  curatorial configura una labor quijotesca. En este orden de ideas, realizada la evaluación que propongo, no está demás pensar otras estrategias para acercarse a los artistas y considerar si vale la pena mantener esta modalidad curatorial que, al parecer, nació muerta.

En segundo lugar, en esta mesa crítica aparecen una vez más los estertores de un Luis Caballero agonizante. La Convocatoria de propuestas artísticas tampoco tiene mayor acogida. Al contrario. Alarma su sintomática contracción y la indiferencia académica, artística, ciudadana, crítica y estética. A pesar de que entre los preseleccionados para la nominación al IX Premio se aprecian artistas de trayectoria (algunos de ellos antes nominados y un ganador del Premio) y entran en escena nuevos nombres que están sobresaliendo, sorprende la respuesta fría del campo del arte colombiano a esta Convocatoria, el mejor estímulo estatal del arte colombiano. Este silencio ruidoso del campo del arte debe ser interpretado, estudiado y evaluado más allá de las convenciones y buenas maneras burocráticas. No se puede desconocer los esfuerzos que se hacen desde la gerencia de artes de Marta Bustos de conservar el Premio y la Galería Santa Fe. Pero algo pasa. Evidentemente. Al parecer, a los pocos artistas que está destinado el estímulo no les interesa. Si es así, a partir de la X versión debe ser replanteado. En esta oportunidad, se presentan veintidós propuestas. Son descalificadas dos. Quedan veinte artistas elegibles dentro de los cuales se nominarán ocho. No sorprendería que el jurado decidiera convocar menos.  La reducción de aspirantes es dramática y amenaza gravemente la sostenibilidad de los niveles de excelencia que demanda la tradición del Premio.

En tercer lugar, ya fueron designados los jurados para el IX LC, a saber, Mariana Varela —nominada al VII Premio LC—, Juan Mejía —ganador del VIII Premio LC— y la investigadora Natalia Gutiérrez.  A pesar de su raigambre bogotana, los tres son garantía de que podríamos tener un último Luis Caballero presentable ante los artistas y la crítica. Se pertenece, uno construye su raigambre en aquellos lugares en los cuales tiene la oportunidad de transformar las tempranas improntas territorializantes.[1] En efecto, los tres jurados han pensado y realizado su carrera profesional en Bogotá y conocen de primera mano la crisis de legitimidad que padece el Premio y el arte colombiano en general, así los públicos de las grandes tribunas sigan replicando la consigna comercial acerca “del gran momento por el que pasa el arte colombiano”.

Para esta versión del LC no hubo presupuesto para convocar un jurado internacional. La verdad es que este tipo de jurados no aportan nada al evento, por lo menos en las versiones anteriores no se percibió ningún aporte artístico, conceptual ni práctico. En general, los jurados aportan poco o nada a los eventos que presiden. Se debe remunerar mejor a los jurados y también exigirles más trabajo conceptual. En varias oportunidades he dicho que los jurados de arte deben enriquecer la comprensión que se tiene del arte internacional y del colombiano en particular. En este sentido, todos los jurados han constituido  más una instancia administrativa y no aquella mirada experta que propone una perspectiva para comprender este aquí y ahora concreto que devora con sevicia la imaginación de los artistas. Si quisiéramos hacer una evaluación de los aportes de los jurados al LC, no tendríamos soportes para realizarla.

La labor del jurado para esta versión del LC también es quijotesca. No será fácil presentar ante la opinión nacional e internacional un evento capaz de reforzar las consignas que promueve el mercado de bienes suntuarios. Asimismo, tampoco será fácil mostrar a los artistas y a los críticos, que este  Premio es el evento artístico más importante de Colombia. Solo menciono estos dos estamentos de comprensión y análisis, porque el principal —la ciudadanía bogotana— no logra ser tocado por los artistas que participan de estas exposiciones.

En cuarto lugar, urge volver a pensar por qué se echó a pique el LC, si era tan buen estímulo para los artistas. Tal y como este estímulo evoluciona, actualmente se  reduce u homologa al fallido programa de exposiciones de la fenecida Galería Santa Fe. Los lisonjeros del Régimen Burocrático afirman que la disgregación artística que se promueve desde Europa es virtuosa, que la dispersión que padece el Premio corresponde a las lógicas contemporáneas de exposición, a  aquellas puestas en escena en las cuales el artista-para-el-espectáculo se ensaya. Desde el comienzo he sostenido lo contrario. Un pueblo sin cultura de apreciación artística ni interés por ideas estéticas, demanda el tipo de estrategias expositivas y pedagógicas como las diseñadas para el antiguo LC. Así haya fracasado, después de setenta años de ensayos,  la responsabilidad del Estado sigue siendo formativa.

Pueblos con interés por los espectáculos que giran en torno a las exposiciones de arte pueden ensayar la deslocalización visual como estrategia de pensamiento in situ, dicho de manera abstracta. Si planteamos esta estrategia artística en términos locales, decimos que se trata de puestas en acción que detonan situaciones específicas. En artes, aquel latinajo invisibiliza lo real específico en las situaciones que interesan a muchos artistas Off-Broadway.  Lo importante de los lugares deslocalizados es la situación que emerge de sus entresijos, de los entres vivientes. Con excepción de la propuesta de Consuelo Gómez —nominada al VII Premio LC— para la Plaza de Mercado del barrio Las Cruces, poco se ha visto al respecto. En general, una vez más, los asesores estatales que acompañan la desaparición de la Galería Santa Fe,  sueñan el arte colombiano instalado a la manera que se lo monta y exhibe en Berlín, Kassel, Londres o Venecia.

La debilidad de este importante evento es evidente. Sin duda alguna, el complot en contra del Premio Luis Caballero se inicia  con su desahucio del Planetario Distrital. La pobreza del número de participantes para el IX Premio habla por sí sola. Si dentro de la modalidad configurada para la extinta Galería Santa Fe, el premio sufría por su poca visibilidad ciudadana y su nula recepción crítica, deslocalizados en la dispersión actual, el interés que muestran los artistas es mínimo, y qué se podrá decir o esperar de la ciudadanía que lo sostiene con sus impuestos.   Otra evaluación llama a la puerta del Idartes. Se debe evaluar a sus asesores, en especial a aquellos que recomendaron la actual modalidad en que se está diluyendo el Premio. Ojalá el Idartes escuche esta vez la voz del pueblo y haga los correctivos apoyándose menos en los gestores del mercado del arte y más en aquellos y aquellas que producen conocimiento estético en las Universidades bogotanas.

Las siguientes son las propuestas que actualmente  los jurados revisan y evalúan:

  • Leonardo Herrera Madrid: Santos cabezas
  • Adriana Marmorek Arango: Háblame amor
  • Sergio Giraldo Giraldo: Ciudad transeúnte
  • Mauricio Bejarano: Trece
  • Juan David Laserna Montoya: Set
  • Ana Mejía Macmaster: Et mortuos est in ore-piscis
  • Ana Patricia Palacios: Errantes
  • Lina González Vergara: Torturas voluntarias — Fracasos temporales
  • Carlos Restrepo: Marcha contra las minas quiebrapatas
  • Luis Guillermo Morales Betancourt: Estación
  • Luis Fernando Ramírez Celis: CN 70: A propósito de la colaboración entre Celis y Nova
  • Jairo Alberto Maldonado Villamizar: Volviendo al origen
  • Felipe Arturo: El rio persigue la gravedad
  • Eulalia de Valdenebro Cajiao: Páramo, cuerpo permeable
  • Alberto Benavides: Momentos y colores de la creación
  • Juan de Dios Vargas Mejía: Triangulación
  • Hernando Velandia: La Magdalena
  • Rodrigo Echeverri: Ejercicios de sustracción
  • Oscar Góngora Ospina: P.A.Z (palas, amor y zonas)
  • Consuelo Manrique: Por entre el rio

Queda pendiente realizar un estudio acerca de qué y el cómo los y las artistas pensarán los espacios propuestos durante cada interacción. Esta información aún no la suministra el Idartes, pues está en el proceso de evaluación.

Fotografía: cortesía del artista Carlos Restrepo, aspirante a la nominación al IX Premio Luis Caballero con la propuesta Marcha contra las minas quiebrapatas.

 

[1] Impronta: “proceso de aprendizaje que tiene lugar en los animales jóvenes durante un corto período de receptividad, del que resulta una forma estereotipada de reacción frente a un modelo, que puede ser otro ser vivo o un juguete mecánico” (Rae).

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