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Cristian Berrio acota con perspicacia, la performance global de Shakira, en el Super Bowl 2020

Solo lo que exige ser comprendido merece una historia crítica. 

Apenas hace unos días  los artivistas de Cartagena animaban la escena cultural local y nacional con sus reservas a los contratos leoninos —según lo ven ellos—, otorgados por el Ministerio de Cultura para la administración de las Fortificaciones. Muriel Ángulo y Rafael Escallón entre los más destacados, legítimamente reclamaban respeto por el patrimonio. Dicho de manera más explícita, los dos artistas exigían respeto por “nuestro patrimonio”. No especificaban cómo construyen el “nosotros” invocado en sus arengas. A pesar de la buena fe de los artistas, se percibía un tufo populista en esta formulación. Pero, insisto, la queja es pertinente. 

Atrapados en el fragor de las redes sociales, no comprendía mucho el contencioso, pero sí me sorprendía un poco que las Fortificaciones se defendieran con tanto celo, desde la perspectiva de esa pulsión innombrable que llamamos patrimonio, es decir, amparados por la égida del fantasma del padre sacrificado. Innombrable porque allí en donde se invoca el patrimonio, se transluce la sombra del padre castrador, del Señor de la Ley. Cuando más tomamos distancia críticamente de la Ley del Padre más cerca nos hallamos de su señorío. 

Para eludir la ominosa sumisión al Padre, es razonable dejarlo descanzar en paz. Lo mejor, es tomar partido por las vidas esforzadas de mujeres y hombres de hoy, por aquellas y aquellos que luchan por tener un lugar en la cultura. Es el caso de la champeta. Y así ocurrió, luego de la performance del Super Bowll 2020. A mi modo de ver, lo he dicho en varias oportunidades, la fuerza de la cultura cartagenera, su impacto en los imaginarios nacionales ­­­—los reales y diversos—, sobrevive en los cuerpos silenciados que salen a nuestro encuentro en la champeta. Su impacto se debe a que nos identificamos plenamente con esta esperanza de igualdad en las diferencias que se expresa a través de unas coreografías que cantan el olvido de con-sistencias ricas en sentido. 

La champeta no es solo una estética identitaria. Principalmente, es una ética política. Es decir, se trata de un sentimiento abierto a lo diferente en sí mismos, tanto en lo uno como en lo Otro. Mediante este tipo de éticas del cuidado de aquello que uno quiere ser, ritmos ancestrales insurgen  modulando una voz diversa en lo simbólico pero unificada en su sentido. A este tipo de diversidad la denomino sujeto ligero, danzante, más político que el sujeto ideologizado. La autonomía que emerge con este sujeto configura una con-sistencia dialogada. Ni siquiera se trata de una ex-sistencia. No se trata de salir donde ya se “existe”. El asunto es con-sistir, es decir, realizar un conjunto de libertades unos al lado de otros.  

Sin duda alguna, la champeta es expresión de una esperanza de libertad e igualdad. No solo para Cartagena. De ahí su importancia social y nacional. Ojalá otras expresiones artísticas, como aquellas que reciben todos los apoyos estatales, activaran tantas inteligencias y tantas pujas por una historia que aún no se comienza a narrar, tal y como lo hace la irrupción de la champeta en escenarios globales. Sin embargo, cabe preguntar: ¿cómo poner en diálogo la con-sistencia de una vida marginal con el lenguaje hegemónico? ¿Quiénes son los más autorizados para realizar la puesta en historia de las voces de los cuerpos campetuos y el lenguaje que reclama un mínimo de rigor para la configuración de una historia de libertades silenciadas? Decir que la campeta es diversa quiere decir que es un arte total, una con-sistencia en la cual se encuentra el lenguaje de la danza con la música, y éstas con lenguajes globales y comerciales como la instalación global y las performance sociales. La con-sistencia es un lugar de encuentro con comunidades específicas.  

La performance global de Shakira en Miami, en el Super Bowl 2020, evidencia la ausencia de crítica en el momento de elaborar aquello que afecta las con-sistencias. Lei muchas intervenciones en las redes sociales, tanto de artistas como de espontáneos, en las que se expresaba un gran orgullo por este gesto de la cantante barranquillera, se expresaba una euforia cercana a un chauvinismo cultural que, por tal, impedía realizar en el lenguaje lo que la champeta manifiesta en sus prácticas: la diversidad. Desde otra orilla, yo expresé algunas reservas por este tipo de blanqueamientos globales por no decir imperialistas. El artista Santiago Echeverry me llamaba la atención en Instagram acerca de que mi aproximación era por lo menos apresurada. Como colombiano, aquél sentía que este ejercicio en la entraña del poder totalitario era un empoderamiento de “lo latino”. Pero, cabe preguntar ahora, ¿qué es eso de “lo latino”? ¿No se trata de otro cliché, de otra etiqueta homogeneizadora que encasilla y reduce la experiencia de mundo de muchos pueblos?

Escuchando la explicación sencilla pero erudita que ofrece Cristian Berrio el 5 de febrero de 2020, acerca de las raíces culturales de la coreografía que llevó Shakira a Miami, quedo sorprendido con la riqueza cultural con la cual este artista contradice a aquellos y aquellas que corroboran lo que expanden los medios masivos de comunicación,es decir, que lo presentado por la artista barranquillera en efecto es champeta y no solo una expresión que enraíza en Africa. Cristian Berrio se aparta de la opinión global. ¡Y ahí fue Troya! Muchos se sintieron traicionados. Sin embargo,hay que tener en cuenta que solo un ejercicio crítico libre puede garantizar el fortalecimiento de una cultura. Además, Cristian es aun más provocador. Advierte algo: en Cartagena, cada uno va por su lado, esto propicia que sus expresiones más auténticas emigren hacia otros lares en donde hay mayor organización cultural, por ejemplo, el Carnaval de Barranquilla.

Les comparto el video de Cristian Berrio en donde explica pedagógicamente su punto de vista. Destaco la importancia de este debate amable acerca de los ritmos africanos que de una u otra manera han logrado sobrevivir en el Caribe, pero sobre todo, en Cartagena y Barranquilla. Es muy importante para la cultura que existan agentes culturales que dinamicen críticamente las propuestas de los y las artistas que enriquen nuestras culturas.

Eso sí, advierto un esencialismo en algunos enfoques, un poco ingenuo. Los ritmos que enraízan en Africa se han transfigurado durante su encuentro con las otras culturas que inventaron un nuevo mundo para resistir ese dispositivo que conocemos como América. En Cartagena, la experiencia del habla africana in situ, hace valer sus derechos en todos los ámbitos específicos, retorna con la contundencia con que una y otra vez regresa lo reprimido. Esa experiencia singular de mundo propia de Cartagena reconfigura diversamente la herencia de la madre patria.

A manera de hipótesis se puede plantear que las culturas afro colombianas son otra cosa de lo que fueron en su “origen”. La genealogía contemporánea plantea que en verdad, todo origen es un conflicto. Lo real es el conflicto. Olvidar esta experiencia es olvidar el origen. Esta hipótesis me permite preguntarme si los ritmos que puso en escena Shakira en Miami, son solo unos ritmos blanqueados por la lógica de los grandes dispositivos con los cuales se administra la sensibilidad contemporánea.

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