La Marcha Lgbti en el marco de las Fiestas de la Independencia, en Cartagena

Nunca antes fue tan preciso un nombre para “celebrar” una de las Fiestas “Patrias” que nos ponen a llorar de tristeza, una de esas que recuerda a tiros y troyanos quién está a cargo de los cuerpos de mujeres y hombres. Toda celebración es una pregunta no-velada. Cada pregunta auténtica o no-velada es una crítica abierta, directa, sin disfraces. Negar la pregunta figurada por medio de las artes es negar la celebración que se rememora en toda fiesta.

A propósito de las Fiestas de la Independencia de Cartagena, es oportuno preguntar:  ¿qué celebramos en este tipo de festejos populares que al parecer olvidan la condición de exclusión de muchos y muchas de las celebrantes? ¿Qué es lo popular aquí? ¿Cómo se lo configura? ¿A qué propósitos sirve? ¿Quién lo administra? ¿Desde dónde? ¿Acaso la diferencia que escapa a los extremos binaristas reivindica su raigambre popular? ? ¿Se trata quizá de aquello que ha sido cosificado, despojado de su potencia-de-no (Agamben, 2016) seguir los dictados de la institucionalidad dominatriz? La Contra-marcha Lgbti de Cartagena, coordinada entre otros artivistas, por Christian Howard la noche del 09 de noviembre de 2019, detona estas y muchas preguntas más. No solo acerca de lo singular festivo de las Fiestas de la Independencia. Principalmente, invita a pensar lo popular de las fiestas populares colombianas. Christian Howard es un artivista con obra visual inquietante. Se declara marica y se enuncia como un Aullido de Independencia.   En toda fiesta lo que cuenta es el aullido no-velado, aquello que se filtra entre todas sus lentejuelas.

Como Howard, el artista Rafael Escallón es otro artivista infatigable. Sus luchas giran en torno a los cantares a través de los cuales se configura el corazón de Cartagena: la champea, ese ritmo ancestral, potente y disruptor que le pone los cabellos de punta a la sociedad burguesa y pacata que administra nuestro país. Escallón sigue de cerca las críticas de Howard. Por ello mismo de uno y otro podemos afirmar que son artistas en lo real, que sus preguntas activan lo político real. En especial, Escallón concuerda con la idea según la cual  la instrumentalización de las esperanzas Lgbti, es decir,  la institucionalización de las luchas de las comunidades Lgbti, es lo peor que le puede pasar al activismo Lgbti. Según Howard, esto es lo que pasa con la Marcha Lgbti de la Independencia. Pero sus críticas son más profundas: la Marcha de la Independencia no habla de la violencia hacia las comunidades Lgbti en Cartagena. Como debe, no aprovecha la oportunidad para recordar que muchas personas Lgbti son asesinadas; esta tanatopolítica es lo primero que debe recordarse de cara a la ciudad. Es una deuda que tenemos con las personas Lgbti asesinadas en la región y en el país. No hay que confundirse, Howard no crítica las Fiestas, es muy perspicaz para incurrir en esta torpeza; critica que los organizadores de la Marcha no asuman, como deben hacerlo, una actitud crítica con esa misma cultura que “celebra”  la Independencia de la ciudad sin considerar el orgullo Lgbti con toda su plenitud crítica, sus luchas y sus exclusiones. De alguna manera, Howard reitera aquellos que algunos y algunas hemos percibido en otras ciudades de Colombia: las políticas de la inclusión  de nuestras instituciones es un dispositivo que refuerza sus políticas de exclusión.

Sin duda alguna, fue un error negarle la voz a Christian Howard cuando tomó el micrófono en la tarima. Por más crítica que sea su actitud, no se puede excluir al excluido. En un país en donde la crítica dejó de ser la actitud con base en la cual se inventan imaginarios igualitarios, a Howard se le debe abrir un espacio dentro de la institucionalidad Lgbti de Cartagena. Con la exclusión de Christian, la Marcha se niega a sí misma. Por supuesto, hubiera sido deseable que el diferendo se tramitara fuera de la tarima, en otro espacio. Sin necesidad, unos y otros se aguaron la fiesta. Es comprensible el malestar que causó la irrupción de Howard en la Marcha Institucional, pues, no es fácil realizar este tipo de ejercicios, mucho menos coordinar tantos y tan talentosas artistas. Sin embargo, si se dio de esta manera el encuentro entre estos dos importantes grupos,  se debe a que no se propició otra alternativa. Falló lo político, es decir, la certeza de que lo político se hace real en el diálogo. Este debe propiciarse para que el año entrante marchen juntas y juntos. 

Ojalá esta disidencia sea escuchada. Mucho más, si lo que denuncia Howard, además de lo arriba mencionado,  es una presunta corrupción de la Mesa Lgbti de Cartagena. Howard insiste en la acomodación de algunos agentes Lgbti dentro del régimen que tiene como función excluir lo diferente. Por la intensidad de la agenda de los coordinadores de la Mesa Lgbti de Cartagena, no fue posible una entrevista con ellos y ellas. Por otro lado, y pese al respaldo popular al arte Lgbti por parte de las comunidades heterosexuales de Cartagena, faltó más organización en el cierre de la Marcha institucional. Faltó una voz que, a pesar de la alegría propia de las fiestas, nos recordara que hacemos parte de una cultura que excluye. En este orden de ideas, nos preguntamos, ¿por qué debemos seguir el protocolo de la celebración per se?  

Fue mucha la gente que acompañó la Marcha y que llegó de regreso de nuevo hasta la tarima desde la cual partió para hacer un recorrido por el bello sector de Getsemaní. Fueron muchas las chicas que con sus personajes activaron la imaginación de todas y todos. Todas ellas se mostraron generosas con los transeúntes que reclaman una fotografía o una selfie. Sin embargo, al cierre de la Marcha, los organizadores solo tenían un protocolo institucional para dar algunos reconocimientos importantes, pero también para cantar y loar los símbolos de la cultura que nos excluye.  No hubo una oradora, que mostrara que la Marcha era algo más que una fiesta, algo más que una salida de las “mariquitas” de Cartagena, como oí decir la tarde del sábado 9 de noviembre en alguna calle. Dicho en otras palabras, faltó el componente político que exige una Marcha Lgbti, que por definción es política. Sin duda alguna, este componente lo puso Christian Howard y la Contra-Marcha que ayudó a coordinar. Su intervención deja una tarea: escucharnos unas a otras, unos a otros.

En general, las dos marchas cumplieron sus propósitos. En primer lugar, por su alegre vistosidad, la Marcha institucional señala de manera importante que las estéticas Lgbti son cultura, pese a que el Ministerio de Cultura no las reconoce por su nombre. La elegancia de los personajes dragtrans queer que salieron a nuestro encuentro, están a la altura de la estética diversa que hoy se puede apreciar en los espacios artísticos de las principales ciudades de Colombia. En segundo lugar, la Contra-marcha evidencia que detrás de estas estéticas hay una ética no burguesa, una ética que reivindica una política igualitaria. En tercer lugar, las dos Marchas muestran que una “celebración” de la Independencia de Cartagena, al menos para las comunidades Lgbti, debe ser una “celebración” crítica, con preguntas no-veladas por el espectáculo de masas. 

¡Gracias Cartagena!

Bibliografía

Agamben, Giorgio (2016). El fuego y el relato. Madrid: Sexto Piso. 

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