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Mini Ball, Jorge Barón, con Las Tupamaras

La gracia paródica y sarcástica; el vigor artístico y expresivo;  la calidad y la precisión del movimiento en las acciones de los performers; la pertinencia política y social del reencuentro diverso +;  y, finalmente,  el entusiasmo de los asistentes que apreciamos en Bogotá el 25 de junio pasado; constituyen aspectos que en conjunto muestran claramente varias cosas. 

En primer lugar, se señala de manera vehemente que el arte burgués, por fortuna y así el Ministerio de Cultura perversamente no se dé por enterado, es un pasado ominoso. En segundo lugar, se propicia un reencuentro y diálogo entre estéticas marginales  que poco a poco se está consolidando en un fuerte movimiento cultural emancipador. Falta más diálogo entre las marginalidades, pero se está dando. En tercer lugar, nos ayuda a comprender la decadencia en que se place el arte burgués, decadencia que se nutre de los recursos que el Estado destina a fomentar ciudadanías culturales diversas +. En cuarto lugar, muestra que la imaginación de los y las jóvenes colombianas no ha sido dañada por el dispositivo normalizador puesto en marcha a través de los medios masivos de incomunicación y crispación social.  En quinto lugar, la presencia de una artista internacional en un evento autogestionado con las uñas y mucha entraña, deja ver que hay diálogos internacionales efectivos pero no sumisos, es decir, no entregados a prácticas esnobs. Tanto artistas como asistentes, saben cuál en su lugar en medio de la guerra neocolonial y desinformativa que nuestros cuerpos padecen. En sexto lugar, queda claro que la danza urbana es la más contemporánea de las artes, por ello mismo, en ella convergen las otras artes. 

El aspecto más importante de este tipo de reencuentros diversos +, consiste en evidenciar que el arte no acontece en donde el régimen determina. Muy al contrario. La dominación ideológica obliga a los artistas auténticos a crear lugares otros de aparición, en donde la hipocresía social, el esnobismo estético, la traición política y la crueldad puesta en escena en los tres escenarios acabados de mencionar. 

En efecto, los y las artistas participantes en este reencuentro diverso +,  refuerzan la percepción que los jóvenes tienen hoy del arte. El arte burgués es hipócrita. Es un dispositivo que pontifica acerca del pueblo (¡ay!, el  arte político), pero sin pueblo.

El arte  burgués es esnobista. Después de la fiesta con Las Tupamaras colmada por pueblo diverso +, comprendemos que “esos” que el Estado nos pasa por las narices como artistas, no son artistas con verdad, pues carecen de  autenticidad ya que están alejados de lo real político y social. No son expresión de lo propio de un momento histórico como el que forja actualmente los cuerpos de las colombianas y los colombianos.

Una y otra vez, el arte burgués traiciona a su pueblo. Los artistas auténticos modelan la verdad dispersa en un espacio de refugio, por lo general, cambiante, diverso, nómada. Los artistas con verdad se encuentran en otras partes. Los artistas de hoy encuentran su verdad en lo otro de esos espacios últimos. Hay que buscar esa verdad en aquellos espacios otros que viven su libertad, lejos de los simulacros estéticos del arte de Estado.

El arte burgués pone en escena un ethosde crueldad de clase. El arte joven que algunas ciudades colombianas tienen la oportunidad de apreciar en los márgenes de la farsa de la cultura burguesa, es audaz, franco, intrépido e irreverente, con sentido, pero, sobretodo, cooperativo y solidario. Muestra la verdad de  quienes por medio de la imaginación escapan del dispositivo de dominación hegemónico. Su solidaridad manifiesta fortalece a los artistas y a los asistentes, en la misma medida en que la crueldad propia del arte burgués los niega.

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