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“Sumando Ausencias”: sumas estratégicas que dividen para restar

Sumar es una operación sencilla cuando quien es abyectado, clasificado, desgarrado, dividido, expuesto, fragmentado, separado y victimizado, desconoce el arte de calcular a corto plazo las utilidades económicas, estéticas o políticas producidas por las acciones de los artistas, los comerciantes y los políticos de una determinada comunidad en un espacio específico. El comercio se constituye en el entorno más inmediato del arte y la política, pero estas actividades no se definen por las pragmáticas que aquel contexto impone.

Así en algún momento compartan los mismos horizontes, es importante diferenciar el arte del artista del arte del político. Los gestos de los artistas propician encuentros con  rupturas ocultas — acontecimientos silenciados—, con esas realidades otras que aún están por venir. Las acciones de los políticos evitan aquello que propician los artistas con sus rupturas, con sus golpes de sentido al sentido común, a la realidad adormilada. Ahora bien, cuando las lógicas con las cuales opera el comercio invaden el pensamiento del artista, o determinan las acciones del actor político, la historia del pensamiento y de la sociedad quedan consternadas y en suspenso. Atrapados e inmersos dentro del cálculo sumatorio, ya no pueden salir de las lógicas que producen mercancías sin sentido de libertad e igualdad entre hombres y mujeres. Apresados dentro de los muros del mercado, los productos del arte y de la política constituyen no-acontecimientos, es decir, acontecimientos prefabricados. En este orden de ideas, cabe preguntarse: ¿Qué tipo de intereses pone en escena “Sumando Ausencias”? ¿Configura un acontecimiento del pensamiento, realiza una acción política, o diseña un producto para el mercado de bienes suntuarios etiquetados con el término Arte? Trataré de responder estas preguntas teniendo en cuenta las declaraciones de Doris Salcedo a Cecilia Orozco en la entrevista que publica el periódico El Espectador.

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Con diferentes énfasis estéticos y políticos, la revista Semana, los periódicos El Tiempo y El Espectador, entre otros medios masivos de comunicación, dan cuenta de la actividad políticamente ambigua y conceptualmente confusa, realizada por Doris Salcedo en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Es ambigua por el momento en que la artista decide dar su opinión acerca del proceso de paz. Es confusa porque no logra diferenciar durante el acto, si se trata de una Obra de Arte, de una manifestación política o un producto comercial. Ni los artistas, ni los críticos, ni los periodistas, ni los académicos, ni la inmensa mayoría de ciudadanos indiferentes, saben con claridad qué tipo de actividad se pone en escena el 11 de octubre de 2016.  Actualmente, muchas preguntas circulan con frenesí en las redes sociales, en especial dentro de los dolientes del decaído sistema del arte colombiano. Resumo en unas pocas preguntas las inquietudes que al respecto circulan en medios de comunicación oficiales o alternativos. ¿La actividad propone una oración colectiva para purificar la abyección de los cuerpos caídos de manera infame durante el conflicto colombiano? ¿Consiste en una acción de duelo por las víctimas de una de las guerras colombianas a lo largo de la cual se ignoran deliberadamente las características específicas de los traumas de guerra? ¿Se trata de una Obra de Arte oficiada en vivo y en directo para los grandes medios de comunicación, calculada para —a sus espaldas— promover la obra de la artista? ¿Consiste en una manifestación de apoyo a todos los vivos que reclaman al Estado garantías para realizar su derecho a la paz? ¿Son sólo estrategias de mercado con pretensiones humanitarias? ¿Es el refuerzo de una superioridad moral, artificial, ficticia, concebida para ejercer poder dentro de la sociedad y en el sistema del arte?  ¿Es una hábil combinatoria de todas estas variables? ¿Quién se beneficia artística, comercial y políticamente, de los productos calculados y realizados? En este contexto de dolor en carne viva, ¿es mezquino preguntarse quién se beneficia de qué? Muchos artistas y activistas sospechan que las víctimas sacrificadas impunemente son quienes menos cuentan dentro de este debate fiero entre intereses encontrados. Tampoco las víctimas que los sobreviven mejoran la comprensión de su existencia. Al contrario. Los sobrevivientes son tutelados por medio de una perspectiva moral que los disminuye, que no los reconoce como sujetos morales capaces de superar por sí mismos el trauma de perder con violencia un ser amado. La peor humillación la constituye la imposición de tutelas no solicitadas.

La actividad prediseñada para la Plaza de Bolívar, genera muchas de las preguntas antes formuladas. Es responsabilidad del Ministerio de Cultura y la Universidad Nacional de Colombia ayudar a responderlas de manera pedagógica y sin constreñir a sus detractores. En especial, el Museo de Arte de la Universidad debe explicar, en primer lugar, en qué términos se pacta la participación de Doris Salcedo en “Sumando Ausencias”. En segundo lugar, debe informar a quién pertenece la Obra Colectiva, la cual en este momento se encuentra en manos de la artista, según ella misma declara a Cecilia Orozco en su entrevista con el Espectador. De esta actividad altamente mediática queda en claro solo que las víctimas son cosificadas y construidas como objeto de disputa. El debate evidencia que todos quieren un pedazo de ellas, tanto artistas como críticos, lo mismo los curadores que los empresarios, de la misma manera periodistas y políticos. Todos reclaman un lugar dentro del conflicto dentro del cual se localizan las víctimas para acabar de depredarlas.

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Pese a las críticas, “Sumando Ausencias” debe ser estudiado desde la perspectiva de la artista. Salcedo tiene derecho a reclamar este enfoque. La actividad en la Plaza de Bolívar se localiza en el sistema de formas que se modela en Occidente a partir del siglo XIX. Muchos de los críticos a la instalación “Sumando Ausencias” pasan por alto las  condiciones formales y  estéticas de las propuestas de la artista.[1] Salcedo deja claro que no es una activista. Diestra en el manejo de las formas del arte, es una artista que reivindica su derecho a pensar en libertad las problemáticas de la época que actualmente legitima su diferencia ante las generaciones por venir. No obstante, la actividad “Sumando Ausencias” muestra una paradoja que afecta a muchas propuestas artísticas contemporáneas. Los lectores informados de la obra de Salcedo, consideran que su propuesta formal es inseparable de un activismo.[2] La indeterminación respecto a si aquello que Salcedo piensa y realiza es un activismo o un trabajo artístico, dificulta un estudio riguroso de su obra.

Desde la perspectiva formal y conceptual en la cual se instala la actividad, nadie estudia el “metalenguaje” que moviliza Doris Salcedo para justificar sus propuestas. Quizá sea oportuno hacer esta tarea. Pocos reflexionan acerca de la coherencia de los esclarecimientos conceptuales que realiza la artista, ya sea en sus conferencias o durante sus entrevistas. Por ejemplo, no se piensa cómo se da en la escena plástica la relación real entre arte y duelo, rito y poesía, mercado y oración, silencio y vacío, y todos estos conceptos en relación con la muerte. Para cada una de estas relaciones, Salcedo tiene estudiado y ensayado un refinado marco teórico, más propio del campo de la interpretación que del ámbito de la producción. En la entrevista que Salcedo concede a El Espectador, se aprecia que su sensibilidad está formateada por las ideas y conceptos de Jacques Derrida, Jean Luc Nancy, Walter Benjamín, Emmanuel Lévinas, Paul Celan, entre otros autores.  El régimen contemporáneo caracterizado por la imposición de una compleja discursividad, propicia este encuentro interdisciplinar. Salcedo no es la única artista que “vende” su obra mediante este tipo de ejercicios conceptuales. Sin embargo, en este encuentro en particular, Salcedo hace resonar de manera estruendosa las ideas de los pensadores citados. Paradójicamente, es importante resaltar que la artista tiene claro que sus actividades son actos poéticos para realizar una Poética del Duelo. Sin embargo, confunde el lugar en que emerge su gesto con el escenario del espectador. En este ruido provocado por la artista-espectadora, pierde potencia su gesto-poesía, aparentemente emancipador. Veamos por qué.

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En primer lugar, pocos se percatan de que ningún trauma severo se resuelve en una acción de duelo colectiva expuesta a la especulación de los curiosos y los indiferentes. Al contrario, este tipo de actos espectaculares, de exposición al escarnio público de aquello que resta de memoria, acentúa el trauma e impide la realización de un duelo no estético. En segundo lugar, nadie pregunta si es verdadera la hipótesis estética de Salcedo, según la cual el silencio, la muerte y el vacío son experiencias no representables.[3] Como saben los teóricos del arte que estudian la experiencia de lo sublime, con esta idea de “irrepresentabilidad” se cobijan algunas culturas, por ejemplo, la musulmana, la anglosajona, la luterana y la judaica, entre otras. No es el caso de las culturas con fuerte influencia mediterránea. Colombia recibe esta influencia representacional, de culto irrestricto a la imagen de la muerte. Si existe algo que se representa con profusión en nuestra cultura es el silencio, la muerte y el vacío que la muerte de Jesús genera en sus dolientes. Con base en la perspectiva teológica de la irrepresentabilidad del silencio, la muerte y el vacío, Doris Salcedo promueve una resistencia al culto de la imagen representacional. Esta perspectiva ontológica acerca de las imágenes es legítima, pero no la única.  En el fondo del debate a “Sumando Ausencias, emerge un cuestionamiento de este credo estético que se constituyó en la Estética del Estado.

Además de la precaria coherencia conceptual, la comprensión del fenómeno de las víctimas tiene limitaciones ideológicas. Al respecto, Salcedo es ingenua. Localiza el problema en un espacio que no genera problemas políticos de fondo. Hace caso omiso del dispositivo económico que genera las violencias que afectan a muchos países. En la entrevista concedida a El Espectador, Cecilia Orozco pregunta a Doris Salcedo si ella es una víctima directa de la guerra. Responde que no. Es cierto, la artista no es una víctima política. Es una víctima estética. Su obra se consolida en un momento en que desaparece del sistema del arte la crítica y se instauran otras lógicas de legitimación artística. Debido a las sutiles miméticas implementadas en la imposición del discurso neoliberal acerca de los Derechos Humanos y las víctimas, el sistema del arte colombiano aún no tiene claro desde dónde ni a través de qué canales se inoculan estas políticas dentro de su sentir. Aunque algunos lo sospechan o lo musitan en voz baja, tampoco se comprende cómo se impone la presencia apabullante de Doris Salcedo dentro de los imaginarios acerca de aquello que el régimen moderno denomina “buen arte”. ¿A través del Estado que busca lavar internacionalmente la imagen de su régimen administrativo? ¿Por medio del mercado que convierte las ideas de Salcedo en una prolífica empresa al servicio de la ideología neoliberal? ¿Mediante una alianza estratégica entre Estado y Mercado de bienes suntuarios?

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“Sumando Ausencias” es un Florero de Llorente. Tiene un gran mérito y nadie aún se lo reconoce: nos pone a hablar acerca de los males que aquejan al arte colombiano, de la instrumentalización de los artistas por parte del Mercado y del Estado. No cabe duda. Quienes hablan con legitimidad en diferentes medios de comunicación, conocen desde dentro cómo funciona el sistema del arte colombiano y de una u otra manera lo han padecido en carne propia. ¿Y qué es aquello que saben todos estos agentes culturales, desde artistas hasta galeristas? Que, por alguna razón, de buena fe Salcedo se confunde a sí misma, a la crítica y a la opinión pública. Sus declaraciones a Cecilia Orozco lo muestran con elocuencia. Con convicción protestante afirma: “Soy una escultora al servicio de las víctimas”. Los agentes culturales sospechan que esta aseveración no es cierta. Muchos consideran que perfectamente, a través de actividades como “Sumando Ausencias” se configura la acción contraria: las víctimas son puestas al servicio de los artistas, en especial al servicio de la artista de las víctimas. Pero no solo a su servicio. Los políticos y los empresarios sin escrúpulos, son quienes más se lucran del dolor y la devastación de quienes han padecido las violencias de los señores de la guerra.

Quienes conocen a fondo los problemas del arte contemporáneo, como el investigador Guillermo Villamizar, muestran que todo este tinglado del arte de víctimas se maneja a distancia. Hay que preguntarse a partir de qué momento las imágenes de los artistas dejan de hablar de la explotación capitalista y “oportunamente” comienzan a hablar de víctimas. Se pueden localizar fechas concretas a partir de las cuales se implementa esta política. La metrópolis anglosajona propicia este desplazamiento discursivo. ¿Alguno ha oído a los artistas contemporáneos que se han apropiado del dolor de las víctimas hablar acerca de la explotación capitalista y neoliberal? Pues no. No lo pueden hacer, porque de esa explotación es que se nutren las arcas con las cuales se pagan sus costosos servicios. Este es el problema que debemos pensar con detenimiento. Guillermo Villamizar investiga en profundidad este problema, rastrea los fondos oscuros de los cuales se nutre el arte de víctimas. Curiosamente, quien más sabe a este respecto es Villamizar, y, precisamente, ninguno de los medios que divulga el disenso de los artistas críticos con Salcedo lo consulta. Este olvido no es ingenuo. Y preocupa.

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El debate actual refleja por lo menos cuatro horizontes útiles para comprender la deriva de arte actual y su potencial renovación respecto a las políticas estatales para el estímulo de las artes. En primer lugar, se encuentra el escenario que proporciona el arte estatal del cual se benefician solo los artistas de elite, como Salcedo. En segundo lugar, se muestra aquella construcción o “alianza estratégica” de la cual se lucran muchos agentes culturales bajo la modalidad de contratación de servicios. En tercer lugar, se aprecia en las redes sociales aquellos grupos de artistas que resisten las políticas del Arte Estatal y de cuando en vez las cuestionan. Por último, emerge el noventa por cien de los artistas que como “Tintín Garzón” desespera del olvido de su ser por parte del Estado. ¿Quién es “Tintín Garzón? Un “NN”, confiesa de viva voz este artista activista, la misma tarde de la actividad de Salcedo.  A lo largo de toda la tarde, Garzón repitió una y otra vez su queja, esa sí una oración de duelo. Lamenta la manera como los artistas trafican con el dolor de los dolientes que han perdido a sus seres amados en actos de barbarie.

A mi modo de ver, se equivocan quienes piensan que la crítica a “Sumando Ausencias”, en una crítica a la artista Doris Salcedo. No queda duda, Salcedo fue una artista prometedora, pero fue instrumentalizada por medio de discursos posmodernos que ella misma divulga de viva voz. En sus elaboraciones teóricas, estos discursos reconfiguran el sujeto de la historia en este aquí-ahora. Se centran menos en aquellos que con sus políticas económicas propician todo tipo de violencias, y más en aquellos y aquellas que estoicamente deben padecer estas políticas de humillación, crueles e inhumanas. A mi modo de ver, el problema es de mayor cálao. Aquello que urge pensar en este momento es lo siguiente: desde el Estado se promueve un tipo de arte que refleja una política de revictimación de los abyectados y las abyectadas con las guerras colombianas. Si el Estado cambiara sus políticas estéticas, tendríamos otro tipo de manifestaciones artísticas. Tendríamos actos más libres, más libertarios, es decir, no victimizantes. En otras palabras, tendríamos esperanza de un mejor vivir en lugar de jugar a hacer duelos estéticos para lavar la imagen del país, liberaríamos a las víctimas para que puedan afrontar con esperanza su trauma y realizar un duelo real, personal, no espectacularizado. La estética de Salcedo es artificialmente quejosa y subjetivamente sombría, en ella no hay lugar a la esperanza que aflora en los seres vivos, esa esperanza que constituye a los seres que con su propia voz se atreven a hablar de sí, de sus traumas. Salcedo les arrebata a las víctimas la esperanza y su potencia de hablar por sí mismos y por sí mismas.

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En general, la crítica que recibe Doris Salcedo actualmente en sectores especializados del sistema del arte, se centra en una sospecha terrible: en sus puestas en escena se usa el dolor de las víctimas con fines comerciales y egoístas. El sistema del arte colombiano se destaca por desconfiar de los escenarios que el dinero marca con su impronta. Esto es lo que se está denunciado y de lo cual todos y todas las que trabajamos en arte somos responsables, por acción o por omisión. En las declaraciones a Cecilia Orozco existe una afirmación que describe con claridad la ética del momento actual: “las personas que habitamos en zonas de guerra, en epicentros de catástrofes, nos degradamos con cada acto violento, cada expresión vulgar, cada acto de irrespeto. Vivir así no puede ser normal”, confiesa Doris Salcedo. La idea según la cual quienes habitamos en zonas de guerra finalmente nos degradamos de una u otra manera, es perspicaz y da en el blanco. Sin embargo, Salcedo se cuida de profundizar su reflexión. El formato de la entrevista no permite mayores elaboraciones. Le falta ampliar más esta fina intelección: de los procesos de degradación, ni siquiera los artistas se pueden librar, ni siquiera Doris Salcedo.   Ella menos que nadie, inmersa como está en el mercado de bienes suntuarios, o del Arte, como suele llamársele.

Notas:

[1] “El arte traza un espacio diferente al de la vida rutinaria: esboza un espacio aparte, un lugar diferente al de las reglas y los usos de la cotidianidad. En “Sumando ausencias” busqué trabajar con aquello que no puede ser representado: el silencio, la muerte y el vacío”.

[2] “No soy activista política y no creo en la redención estética. El arte no puede salvar ni una sola vida y, sin embargo, nos restituye la dignidad y la humanidad que perdemos cada vez que ocurre una muerte violenta.”

[3] “Pienso que la muerte violenta está más allá del alcance del arte y que no debe ser representada porque es la profanación máxima del cuerpo y como tal, escapa a la simbolización.”