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Colofón al Encuentro con Carolina Ponce de León: ¿hay vida para el artista más allá de la curaduría?

Estéticamente, el Salón Nacional de Artistas tiene la virtud de reflejar pálidamente los problemas políticos que afectan las vidas esforzadas de las colombianas y los colombianos. En cada una de sus versiones, las reglas ah hoc para cada Salón amparan las múltiples desigualdades que configuran la experiencia de vivir en Colombia. Especialmente, están diseñadas para excluir lenguajes con potencia emancipadora. Su imprecisión contemporánea favorece el voluntarismo y el despotismo estético de algunos curadores sin perspectiva crítica, afines al régimen discursivo actual.

Políticamente, el Salón Nacional lo rige la Constitución de 1886, aquel dispositivo que hace profesión de fe en la Providencia del Arte. Las lógicas mercantiles actuales se sienten cómodas con esta Constitución. Artísticamente, el Salón Nacional es esnobista. Políticamente, muchos artistas lo perciben como un dispositivo de exclusión. Socialmente es jerárquico, algunos artistas creen que es clasista. Curatorialmente, contradictoriamente proyecta una ética cortesana, puritana y señorial. Actualmente, sus críticos creen que está controlado por el régimen del mercado de arte, al menos durante los procesos de selección, montaje y exhibición del 43 Salón (inter) nacional. A partir del proyecto Arco 2015, mediante alianzas estratégicas, el mercado del arte traza las políticas estéticas del arte, aquellas que llegan hasta el último Salón puesto en escena en Medellín.

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Durante el siglo XXI, pese a la diversidad que ostentosamente reivindican, los Salones Nacionales en verdad son bastante homogéneos, pues, en ellos se habla la misma lengua franca, aquel conjunto de formas hegemónicas que se instauran después de la irrupción de la estética minimalista en el arte internacional y del desembarco en regiones sin conciencia de diferencia. Gran parte de las obras expuestas en los espacios de los Salones recientes materializan dos ideologías que reivindican por un lado su vigencia aristocrática y, por el otro, su legitimidad artística. En primer lugar, a partir de los años sesenta del siglo XX, aquello que otorga el rango de arte es la Idea como objeto de creación artística contrarrevolucionario. Durante las últimas décadas, todas las obras tienden o tienen que hablar un mismo lenguaje para tener acceso a espacios académicos, físicos o escriturales. En segundo lugar, a partir del siglo XXI, la Idea minimalista se cosifica mediante la promulgación de la máxima siguiente: recibe la denominación de arte sólo aquello que es vendible y en efecto se vende. Ambas condiciones de realidad sensible —Idea y Mercancía—, responden a geopolíticas coyunturales imposibles de contrarrestar sin sentido de diferencia, sin voluntad de lengua común, autónoma y libre. El lenguaje que sale a escena en los espacios del Salón es un lenguaje útil a la puesta en marcha de prácticas de dominación propias de la contemporaneidad global.

Las últimas décadas del siglo XX fueron testigos del decaimiento de la crítica de arte. Las condiciones de producción artística cambian afectando los procesos artísticos y sus respectivas escrituras. El modelo económico en boga después de 1989, introduce la figura del curador. Este agente irrumpe en el campo del arte como instancia de legitimación artística, estética y social. Criterios economicistas irrumpen en el campo del arte y comienzan a regular la gestión del curador y la producción del artista. A partir del siglo XXI, la administración de los espacios del arte implementa las reglas de un régimen discursivo que exalta la irrelevancia del modelo crítico con el cual se inician las trasformaciones artísticas a comienzos del siglo XX. El mercado entra a regular la experiencia artística. Ésta deja de ser experiencia real de sentido. El mercado académico suple la necesidad de sentido que tienen las comunidades humanas. Las lógicas de la propaganda ideológica operan para dejar a los clientes satisfechos de su propia incapacidad cognitiva, crítica y sensible. Sin embargo, la crítica de arte no desaparece. El régimen no logra sepultarla con la propaganda producida alrededor de los mercados florecientes. Amparándose a la sombra de la historia, protegiéndose de los flashes de las Ferias de Arte, que lo cosifican todo, los sujetos artísticos devienen individuos de sensibilidad precaria. Sin embargo, la crítica sólo queda reprimida. Por ello mismo, recurriendo a las lógicas del fantasma, la crítica regresa intempestivamente cuando algún artista logra abrirle algún resquicio. Sin duda alguna, el mismo artista reivindica una actitud crítica, una actitud de post-contemporaneidad. Principalmente, la ausencia de espacios escriturales y el vacío de crítica de arte, se deben al acomodamiento de algunos artistas importantes al régimen económico en boga. Sin un arte abierto a prácticas de ser otras, la crítica no puede acontecer. A partir del siglo XXI, la crítica de arte es inactual. Escapa de los flashes del mercado y se resguarda en la sombra de la historia de la actualidad. Intempestivamente, como el fantasma, la crítica llega, asusta y se va. Si se queda es devorada por El Mercado. Se reserva su derecho de irrupción y disrupción: sale a escena sólo cuando el régimen es burlado o sacudido por algún artista emergente.

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Actualmente, los y las artistas colombianas reclaman reglas de participación amplias, claras e incluyentes. Se tiene la creencia de que el Salón Nacional es la oportunidad que tienen los artistas de burlar el régimen curatorial reinante, de implementar estrategias de resistencia afirmativa para que emerjan desde la sombra crítica otros estados de ser. En la sombra que proporciona la historia, los artistas pueden pensar las figuras con las cuales puede salir al encuentro de las arremetidas del mercado. Aunque estos gestos se aprecian con mayor claridad en los Salones Regionales, sus ecos alcanzan a llegar tímidamente hasta el Salón Nacional. Sin embargo, en 2014, las y los artistas reciben claramente un mensaje diferente durante la implementación del 43 Salón (inter) nacional. Según sus críticos más perspicaces, el Salón fue puesto en feria en Medellín. Los intereses del régimen económico se vuelcan sobre el Salón Nacional y descargan bellamente en el Cubo Blanco todas sus pestilencias conceptuales y sublimes. Los conatos de resistencia afirmativa legítima son violentados: no hay lugar para la creación libre por fuera del marco de la lengua franca. El régimen ferial impone su regla al arte. No sólo impera en las ferias del arte, también en el Salón Nacional. Por medio de la instrumentalización de la figura del curador —algunos de ellos artistas—, el mercado se constituye en el campo más propio del arte. Lo común inapropiable es apropiado por el artista y puesto en venta. La curaduría queda naturalizada como práctica apropiadora, extractiva e inmobiliaria. Con ella se consolida el fin del arte y del paisaje cultural, aquellas prácticas en la existencia orientadas por inquietudes por la verdad del sentido de la libertad dentro del llamado Mundo Libre. Después de esta naturalización operada por el mercado, ¿cabe esperar algo más allá de la curaduría? ¿Hacia dónde se desplazará la historia?

Durante la preparación e instalación de los 15 Salones Regionales y los preludios del 44 Salón Nacional, los artistas reactivan debates que no han sido estudiados en profundidad, en especial los que generan los Salones del siglo XXI. Con la represión de la crítica de arte, su banalización académica o su histerización en red, se debilita la cultura de la escritura y el estudio de los procesos artísticos. La ausencia de crítica, facilita la imposición del discurso curatorial a los artistas. La lógica del discurso aplana la realidad artística. Sin embargo, en los bordes de las ferias, en sus suburbios, aún emergen muchos y muchas artistas que quieren pensar el antiguo Salón del siglo XIX como un Encuentro de Artistas que se ponga a tono con la Constitución de 1991.

Actualmente, se hacen preguntas acerca de los gestores al mando de los Salones, se exige revisar los modelos expositivos, se vigilan los procedimientos burocráticos de selección de artistas, se potencian los procesos de producción y se replantean los fines del Arte en el Ocaso del Salón destinado y prometido al Mercado Cultural Global. Al regreso de su exilio, Carolina Ponce de León se encuentra con este estado de cosas. Experiencia y buena voluntad le sobran para hacer frente a esta entropía lentamente disolvente. Ha participado notablemente en varios Salones y hoy es la responsable del éxito o el fracaso del 44 Salón Nacional. Trabaja con entusiasmo para que sea un éxito. Por ello, proyecta y realiza unas consultas al campo del arte para ponerlo a tono con la Constitución de 1991. Ponce de León sabe que entre otras muchas preguntas, los y las artistas cuestionan la imprecisión de las reglas que visibilizan a una minoría de artistas y se constituyen en epitafios para otra gran mayoría. No ignora el malestar, tampoco desoye las preguntas que los artistas de hoy se hacen. En primer lugar, ¿para qué y para quién arte? En segundo lugar, ¿quién y cómo se legitiman aquellos y aquellas quienes convocan los artistas a los Salones? En tercer lugar, ¿cuáles son las reglas que permiten acceder a los espacios del Salón? El campo del arte tiene claro que no todo vale como arte y que, por ello mismo, requiere reglas que legitimen estas prácticas. Desde el 43 Salón (inter) se comienza a preguntar por una regla del arte acorde con la sensibilidad de hoy, crítica con el Régimen del Mercado.

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Los espacios del teatro del Salón Nacional fuerzan a pensar y a hacerse preguntas acerca de las preguntas de los y las artistas. Bien meditadas las preguntas, se modera el ánimo de todos y todas las que participan de sus debates. La moderación libra al entendimiento de incurrir en reduccionismos teóricos, excesos retóricos o injusticias críticas, pues, con frecuencia los artistas se encuentran con estas realidades. Sin duda alguna, las gestiones anteriores a Ponce de León, lograron fortalecer el campo del arte colombiano. No obstante, se les crítica la carencia de políticas de apertura escritural, espacial, estética, social y política. Asimismo, la precariedad de los procesos comunicativos y la volatilidad de los criterios de selección de los artistas elegibles para sus programas de estímulos. Afianzar el proyecto editorial de los Salones es un gran logro de Jaime Cerón, un amplio conocedor de la maquinaria necesaria para producir un Salón Nacional. Las publicaciones promovidas por Cerón nos permiten volver a pensar desde la sombra los problemas recientes del arte colombiano.

Al terminar este Encuentro con Carolina Ponce de León, planteo dos preguntas: ¿todos estos debates acerca del arte, del mercado, el arte del mercado y el mercado del arte, no se deben a que sus agentes realizan sus estudios bajo rejillas conceptuales, culturales, jurídicas, marginales, sociales y contextos culturales contrarios? ¿Actualmente tenemos en Colombia más de dos países que exigen reconocimiento artístico, cultural, estético y político? Pienso que el arte del siglo XXI, se presenta de maneras muy variadas, algunas de ellas sin posibilidad de acceder a espacios reales de sentido, ya sean conceptuales, físicos o escriturales. Me parece que esta inaccesibilidad, es aquello que genera los debates que no nos dejan apreciar la actualidad mercantil que nos devora con fruición, en la cual unos pacen y otros fenecen. Pensados adecuadamente, estos debates tienen la propiedad de abrir las miradas a la vibrante actualidad de nuestros días. Son los que finalmente justifican un Salón Nacional. Sin embargo, no se dan de manera abierta a la historia reciente de los Salones, ni de manera oportuna respecto a todo aquello que acontece nacional e internacionalmente, debido, principalmente, a que carecemos de herramientas efectivas de análisis y estudio. La sensibilidad queda ciega sin estas herramientas. En Colombia, el artista de hoy nace y crece sólo. Por ello mismo, sus condiciones de existencia sensible son precarias. Este enfant gâte, no logra crear mundo, fin último de todo proceso creativo emancipatorio. La mayoría de las veces desparece en los abismos de su soledad.

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El campo del arte debe pensar estratégicamente. Carolina Ponce de León requiere apoyos para legitimar su gestión. Pienso que es importante aprovechar la coyuntura para pedirle que formalice la metodología de consulta al campo del arte, la cual introdujo durante la preparación de 44SNA. A pesar de que muchos creen que el régimen sigue intacto, lo relevante es que Ponce de León abre una ventana y ha consultado. Es cierto, a unos pocos, pero con este gesto se abre el despacho ministerial a un diálogo con el campo que sus políticas regula, diálogo que no se puede desaprovechar, minimizar o trivializar. La pregunta obligada es la siguiente: ¿por qué nunca antes se consultó al campo del arte para tomar decisiones tan relevantes con respecto a las prácticas de los artistas? ¿Por qué este régimen despótico se sostuvo durante tantos años?

Finalmente, a pesar del excelente proyecto editorial implementado por Jaime Cerón, falta más escritura in situ e independiente, acera de la obra nominal del cada artista, acerca de los mismos problemas  que una y otra vez  irrumpen en un Salón Nacional y no encuentran trámite, o la Estado no le interesa darles trámite.  Ojalá el diálogo crítico y sereno que propicia el Encuentro con Carolina Ponce de León, logre corregir el déficit escritural que padece el arte colombiano. Ojalá el Premio Nacional de Crítica, deje de ser una rueda suelta dentro del régimen de estímulos del Ministerio de Cultura. Por otro lado, es importante establecer un diálogo con el mercado del arte. Se necesita pensar una pedagogía, para, en primer lugar, localizar el mercado del arte como una parte del campo. En segundo lugar, para lograr que los artistas, los gestores de artes, los ciudadanos y ciudadanas, comprendan que el mercado es parte del campo del arte, pero no constituye el campo. ¿En qué medida hoy se presenta como el campo? ¿Quién se encarga de implementar esta estrategia? ¿Cómo opera este dispositivo? Para terminar, como le acontece a todo proceso histórico, ¿la curaduría encontrara su fin sólo con el ocaso del régimen económico en boga? La historia del mercado actual dará su última palabra.

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