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Ser mayor de edad es atreverse a marchar

Varias preguntas nos salen al encuentro cuando aceptamos el reto de atrevernos a  marchar con Fernando Pertuz, a participar en su acción plástica.

¿Por qué perder el tiempo de esta manera cuando podríamos mantenernos cómodamente  en el régimen de la inercia inducida por el mercado? ¿O temperar en el papel de instrumentalizadores impunes de la realidad social y política, en  nuestro empeño de manipularlas y dominarlas para satisfacer  nuestros intereses más egoístas e innecesarios? ¿Para qué exponernos al escarnio  público cuando es más fácil trampear el entusiasmo de quienes actúan para construir un mundo más igualitario en la garantía de las libertades? ¿Por qué correr el riesgo de realizar las libertades  mediante la acción, cuando el sentir popular sanciona esta debilidad y nos reclama apoyar incondicionalmente a la selección colombiana de fútbol?

Estas preguntas realizadas en el contexto de creación del evento artístico más importante del arte colombiano, evidencian que los artistas contemporáneos  transforman radicalmente nuestras expectativas sobre el pensamiento artístico. Las preguntas por la eficiencia del montaje, por la destreza de la técnica, por la calidad de los resultados, son importantes para el mercado, pero han dejado de ser relevantes  para el artista, por lo tanto, son  relegadas a un segundo plano por la crítica.

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Pertuz ha dispuesto que la Galería Santafé sea el lugar en el cual  las ciudadanas  y los ciudadanos exponen sin constricción alguna sus diferencias e intereses. Ha dispuesto herramientas mínimas pero suficientes para  emular a todos  aquellos y aquellas a quienes a diario vemos  mendigar en la calle el reconocimiento de sus Derechos  Fundamentales.  Los observamos  a través de ocho ventanas que el artista nos  ha abierto al costado occidental de la Galería. Ocho video-beams están  dispuestos impecablemente para que sus proyecciones sobre el muro  cumplan la doble función de espejo y ventana.  Realizan la  imposible tarea  de romper la  sacrosanta arquitectura tardo-moderna sin romperla, para permitir que el rebusque de los Derechos en que andan miles de hombres y mujeres bogotanas ingrese a la basílica en que despacha el artista tradicional al lado de sus secuaces. La agresión mediante la imaginación fortalece la vida del espíritu, no la mina.  A diferencia de Kant, no somos retados a pensar.

Pertuz nos plantea otro desafío: nuestro tiempo es para marcharlo, para caminarlo. Nos anima a salirnos sin violencia  de  los protocolos de sumisión  dictados por los medios masivos comunicación. Nos espeta con imaginación a romper el hechizo de la telenovela y el partido de fútbol con que se fortalece al Hombre-Maza de nuestros días. Nos invita a caminar en libertad la palabra que nos revela la presencia de los que padecen nuestras mismas carencias; nos insiste incansablemente en  acompañar a todos los hombres y mujeres que  buscamos  sacar nuestros Derechos del papel impreso en que fueron engavetados por nuestra aristocracia comercial. Parece  una invitación  ingenua e inútil.  La convicción y el entusiasmo de este ciudadano-artista nos hacen pensar que quizá no sea del todo ingenua su propuesta, que quizá tiene una posibilidad de realizarse más allá del museo y la galería.

¿La acción plástica es una acción de mentiritas, de párvulos en recreación? ¿Acción plástica  y gag plástico son la misma cosa?  ¿Es una especie de sainete? Pertuz no se inquieta por estas preguntas capciosas que a menudo son reiteradas por quienes ofician de conocedores de lo esencial  artístico. A partir del sentido común, contesta de una manera sencilla. Comienza por la definición más elemental de arte que encuentra en cualquier medio  de consulta colegial. «Arte es  un hacer bien las cosas». De esta definición le interesa el adjetivo, no cree que el arte sea algo sustantivo. Al contrario, es algo que se revela y se gana en la interacción urbana. Lo más importante es la excelencia mediante la cual nos relacionamos con el mundo, con quienes nos salen al encuentro y nos inquieren por la naturaleza de las cosas. Esto le permite enfocar su pensamiento como una ética  y romper los fórceps estéticos. Su ética no es una teoría  o un formalismo, su ética consiste en modelar la emotividad que se manifiesta en la calle cuando hombres y mujeres nos reunimos y marchamos en torno a una problemática social agobiante.
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Pertuz, se interesa por algunos de los personajes que capturan  el imaginario de los bogotanos y las bogotanas en las calles de la ciudad, especialmente le importan aquellos que nos interpelan a lo largo de  la carrera séptima los viernes en la noche.  Ha dejado de lado aquellos que nos agreden con las obscenidades en que se place la gente que sólo tiene la  opción de vivir, es decir, sobrevivir. Realiza una selección, diríamos una curaduría, pero entendiendo por ella un modelar, un cuidar aquello que nos sale al encuentro como manifestación e interpelación. Su trabajo en el cuerpo social es  estético, pues consiste en sacar aquello que tiene  forma y toma distancia frente a la obscenidad en la cual se funda  la cultura popular. No está caminando en círculo, como parece, porque no olvidemos que su interés es la acción, así sea plástica,  indeterminado aquello que se piensa mediante esta categoría. Modelada la forma, Pertuz  pasa al ámbito de la acción, y  por lo tanto, abarca lo político.
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Pertuz nos dice: ¡vamos! ¡Vamos a marchar!, y en el acto rompe el hechizo de la estética para luego irrumpir en la política. Sospecha que a la política se llega mediante el marco mínimo que configura el pensamiento ético  y estético. Esta es una condición indispensable para el ejercicio de la palabra, para que el otro  y sus problemáticas se nos revelen como reales y el debate sea necesario. La política se despeña, es arrastrada hacia el terror cuando este marco se desconoce, se ignora o se rompe.
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La acción plástica de Pertuz es Perfomance de Encuesta, por lo  tanto es una acción  interactiva; indaga por el estado de los Derechos Fundamentales en Bogotá. El muro oriental de la galería fue dispuesto por al artista como pizarra escolar. En torno ella y a la  pizarra que nos proporciona la tecnología de nuestros días –la internet–  ofreció un taller de perfomance.  La propuesta del artista, se  devela como una pedagogía de los Derechos Humanos y Civiles. Pertuz tiene vocación de pedagogo, presumo que la suya es una pedagogía de 24 horas al día, se ubica muy lejos de la pedagogía oficial, la pedagogía a destajo, la  contratada y medida  por horas, creadas para determinados espacios, la que caracteriza a toda nuestra educación, con muy pocas excepciones. Este no es un señalamiento a los maestros y maestras, la meditación apunta a la causa de esta perversión: el régimen económico que interfiere en la conducta de los pedagogos y  obliga a enseñar a quienes no tienen vocación pedagógica y margina al anonimato a  quienes tienen toda la voluntad para transformar el mundo. Los primeros son más importantes para el régimen, los últimos: los artistas, son una amenaza que es necesario neutralizar, o en el peor de los casos, comprar.

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El objetivo del taller de Pertuz  es meditar con la ciudadanía bogotana sobre sus Derechos. Fueron muchos y muchas quienes aceptaron el reto e hicieron un pacto por escrito con el artista. Las hojas desplegadas de este documento gigantesco impreso en la pared inmaculada de la Galería es lo más interesante de esta acción plástica interactiva. Por una lado, estos signos nos sirven para apreciar la falta de respeto con la opinión de los otros ciudadanos en nuestra ciudad: escribimos sobre aquello que han escrito los demás para sabotear sus ideas. Por otro lado, rompen la convención artística de que la propuesta de Pertuz es una Video-instalación. Sólo los jóvenes están corriendo el riesgo de marchar la palabra. Son ellos y ellas quienes padecen más dramáticamente la ausencia de garantías para hacer real nuestro Estado Social de Derecho. Los mayores nos refugiamos en el escepticismo. Perversamente, hemos aprendido a hacer de tripas corazón, a gozarnos nuestros padecimientos, y a sabotear a los y a las jóvenes entusiastas  y optimistas que tienen la convicción férrea de que La Bastilla se puede volver a tomar.

Debemos observar que es mejor hablar de caminar la palabra porque la marcha suena muy imperial, demasiado militar, nos induce a pensar el otro como un enemigo al cual es necesario derrotar. En las  marchas también nace el totalitarismo que es contrario a la acción política.  Caminar es más poético, así a los ingenieros del arte contemporáneo se les erice el cabello, así no comprendan que la danza pone en equilibrio todas las tensiones y contradicciones. Para nadie es un secreto que la persuasión es la esencia de la política, no la confrontación militar. Al contrario, esta última es su negación; cuando aparece como opción es porque está secuestrada por alguna ideología, de izquierda o de derecha.  La persuasión se alcanza con un pensamiento que se manifieste como danza para que alcance a tocar el corazón para afilar cuchillos que caracteriza a los neoliberales.

Deseamos que el activismo de Pertuz no se disuelva en tantas causas. Su pedagogía de los Derechos debería dirigirla  a una comunidad en particular, de todas aquellas que nos muestra en sus videos. De otra manera, alguien puede pensar que sólo registra las acciones de su interés, pero que se mantiene al margen de la acción a la que nos invita con tanta vehemencia, es decir, podríamos pensar que su acción efectivamente sólo tiene intereses estéticos, lo cual hace  inocua su propuesta. Este no es un problema sólo de Pertuz, lo tienen que resolver todos  y todas las artistas que intentan hacer arte político.  Hacer política estética es una necedad.

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