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El tiempo de la emancipación ha pasado ya de los derechos del otro a la emancipación

Jean François Lyotard  estuvo en Bogotá hace diez y ocho años. Aquella tarde, en medio del desconcierto general que expresaban los rostros de estudiantes y profesores, se arriesgó a pronunciar una conferencia en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá

Pocos minutos antes, las vidrieras del auditorio habían volado por los aires. No fue una “papa caliente” como  los espectadores que aguardaban impacientes, podrían haber pensado  una vez sentido el estruendo. Colmado el auditorio y cerradas sus puertas, la presión sobre las porterías por parte de quienes no habían madrugado a hacer la cola de rigor civil, logró derribar sus resistencias materiales y humanas. Ante el riesgo de quedarse por fuera de la historia optaron por entrar de cualquier manera. En esto consiste la consistencia del acontecimiento. El acontecimiento arrebata porque mediante su intensidad todos los fragmentos o muñones que conforman nuestro ser quedan unidos y se constituyen en fuerza renovadora. Nadie quería quedar excluido de la lecto-escucha programada y preparada meses atrás. Todos queríamos estar adentro. Todos y todas queríamos escuchar una buena nueva, una idea diferente que abriera caminos de igualdad y libertad en Colombia.

El evento tuvo lugar  el 7 de marzo de 1994. Eran cerca de las cuatro de tarde. ¿Han entrado a Transmilenio en una hora pico? Instantes después de la estampida hacia adentro, así quedó de apeñuscado el auditorio del alma mater, –cuando esta  ágora estaba puesta  al servicio  del ejercicio de las libertades, regulada por la igualdad y no por el poder adquisitivo de sus dirigentes.

 

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A las siete de la mañana se empezaron  a ver estudiantes haciendo cola. Se imaginaron diferentes estrategias para lograr un puesto cómodo desde el cual escuchar el anuncio de horizontes de comprensión alternos a los atávicos que nos determinan. Se pusieron en práctica ideas como hacer turnos o simplemente buscar en la cola a las compañeras de clases para colarse. Seis horas en cola en los alrededores y dos  de espera paciente dentro de las instalaciones, transcurrieron antes de la entrada estrepitosa del resto de estudiantes. Quienes estábamos sentados no salíamos del asombro de ver, de repente, una multitud de hombres y mujeres asomados por todos lados. Poco después de la estampida y mientras las directivas hicieron sus consultas, cuando estábamos más o menos recuperados del estallido de entusiasmo, apareció el filósofo. Entró despacio y se sentó ante una mesa acompañado de por lo menos  una veintena de personajes. Saludó y comenzó su lectura ante la élite intelectual de la ciudad. Dedicó su primera línea al pensamiento de Hannah Arendt y la citó: “parece que un hombre que no es más que un hombre, ha perdido precisamente las cualidades que permiten a los otros tratarlo como su semejante”, y hasta allí llegó (….) Unos estudiantes de antropología irrumpieron en el escenario, callaron al filósofo para exigir atención respecto a algunas de sus problemáticas y demandas.
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El desconcierto fue total en el auditorio. El rechazo de la acción también se hizo sentir. Calmados los ánimos de lado y lado, el filósofo escuchó las arengas de los estudiantes hasta que éstos por las buenas decidieron dejar libre el escenario para que aconteciera el habla que se había esperado desde el año anterior. Allí, como en todo escenario de libertad, todo se resuelve por las buenas. La lectura se realizó completamente pero la comprensión ya había sido afectada por los choques de entusiasmo entrecruzados, los dos desconciertos habían generado otra cosa no prevista, la emancipación de los espectadores, quizá diría Rancière. La presencia de la Otra, masiva, fue apabullante. Todos encima de todos para que la voz de los estudiantes tuviera salida, así fuera al costo de silenciar a uno de los intelectuales más importantes del siglo XX.  No obstante, el evento concluyó bien pese a los espasmos estudiantiles que sacuden de vez en cuando a las universidades públicas de Colombia para sacarla de su modorra académica y sus dinámicas embrutecedoras.
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Durante los meses previos, Edgar Garavito (q.e.p.d.) puso al tanto de la comunidad universitaria el contexto filosófico en que se ubicaba el pensamiento de Lyotard. Él fue quien con su entusiasmo alineó las estrellas para que se diera el acontecimiento. Son memorables sus charlas preparatorias del encuentro,  las cuales centró en la problemática de lo sublime kantiano y su posterior elaboración por cuenta de Lyotard. Con su carisma y generosidad, Garavito captó la atención y el respeto de la universidad. Sus charlas fueron seguidas con entusiasmo por quienes veíamos el pensamiento de la diferencia encarnado en este hombre delgado con sombrero negro que nos recordaba en algo  a ese Joseph Beuys decidido a transformar las pedagogías embrutecedoras en prácticas democráticas. Pese al recelo que el departamento de filosofía mostraba a la filosofía francesa, e, inclusive, al pensamiento latinoamericano, el entusiasmo compartido logró abrir este espacio, así hubiera sido momentáneamente.
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Ahora bien, tiempo después volvemos a estar de plácemes. Jacques Rancière llega a Bogotá y despierta la misma expectativa entre el público universitario. No recordamos otro pensador de tanta trayectoria que haya venido a Bogotá desde  que Lyotard nos ofreció aquella conferencia asaltada por la vida.  Orientado por las sospechas de Marx, Rancière es un crítico de los derechos humanos, considera que estos son un instrumento más diseñado por los amanuenses de El Capital para satisfacer sus demandas obsesivas. Principalmente, la reducción a mercancía de las esperanzas de igualdad de mujeres y hombres. Si Lyotard vino a hablar de “Los derechos del Otro”, Rancière, nos hablará de modernidad y  emancipación, nos proporcionará elementos adicionales para seguir pensando la relación entre modernidad y colonialidad, el primer problema que tenemos agendado en academias como la ASAB. Previamente, en contra de los pedagogos embrutecedores, Rancière ha proclamado la igualdad de todas las inteligencias. Ha ignorado las jerarquías oprobiosas que los intelectuales y artistas pedantes han establecido para diferenciarse de todos los “ignorantes” que no estamos en capacidad de entender sus obras.

Ahora, como todas las inteligencias tienen la potencialidad de modular mundos diferentes, las artes se constituyen en una inteligencia más al lado de otras muchas, actuales o por venir. Lo mismo podemos decir del pensamiento instrumental de las ciencias y el meditativo que caracteriza a la filosofía, éstos no tienen un lugar privilegiado dentro de nuestro paisaje cultural, como solemos creer quienes no hacemos parte de esas elites.  Todas las prácticas de pensamiento  pueden hacer posible el derrumbe del dispositivo mediante el cual se establece el régimen de  desigualdades con que se somete las esperanzas  de libertad de hombres y mujeres. Todas contribuyen a hacer cesar la supresión del régimen que separa a hombres y mujeres, entre obreros e intelectuales, entre artistas y empíricos. Rancière les ha planteado a los artistas un reto: les pregunta si  se atreverán a emancipar el espectador cautivo de sus obras, si se arriesgarán a permitir que aquél  construya sus propios imaginarios al margen de las ideas de los artistas, si dejarán de pensar finalísticamente, a saber, concibiendo efectos de sumisión a sus ideas con destino a sus espectadores anónimos. Rancière ha hecho un análisis respecto a las maneras como el espectador ha sido subordinado de manera inclemente por regímenes  discursivos que lo relegan a ser sólo recipientes manipulables, divulgadores de las consignas de los intelectuales. Un régimen que considera que unos son los que saben y otros son los que deben escuchar a los primeros: que  éstos son amos y los otros esclavos. Es tiempo de emancipar al espectador, nos dice, de dejar de utilizarlo como caja de resonancia de las ideas de los artistas, filósofos y científicos sabios.

 

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La consistencia de toda  idea  prolífica consiste en generar preguntas. Por lo tanto, las ideas de Rancière generan más de una incertidumbre. En primer lugar, al establecer la igualdad de la inteligencia en todas las mujeres y los hombres, parece que nos dejara  sin criterios para determinar quién es artista y quién no, qué debemos cuidar de aquellas prácticas artísticas que día a día emergen, y qué productos  hemos de desechar para no llenarnos de basura. ¿La idea de igualdad deja sin lugar a los museos y a las academias de arte? No creo que Rancière esté planteando este despojo, pues, insiste en lo contrario. Debemos pues  complementar la idea del filósofo. Rancière piensa probablemente que todos los que tienen inteligencia logran su acometido diversamente y, que por lo tanto, no podríamos reprimir ningún resultado mediante la censura o destacar otros mediante el elogio. No obstante, el problema surge cuando constamos que esta igualdad se pierde tan pronto como nos insertamos en un dominio de pensamiento que ya cuenta con unas formas específicas de estructuración de lo sensible, modos de presentación de lo visible y formas de enunciación propios (Rancière, 2010:66). Con la igualdad de la inteligencia  se pueden hacer muchas propuestas o transacciones, así los artistas corran el riesgo de perderla. La historia nos muestra con creces que a unas les va bien, y a otros no tanto; –que de unos se habla porque habla era lo que la obra misma prometía. Otros no comprendieron que el trabajo de arte muestra su consistencia en que debe mostrarse como habla que convoca habla.
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Así, todos somos iguales en la inteligencia como punto de partida para la acción, pero lo que acontezca después por el uso que cada uno de nosotros hagamos  de esa inteligencia, sí podría ser objeto de juicio. Por supuesto, aquí estamos pensando en resultados pragmáticos, los cuales no son objeto de ninguna práctica artística. Esto no quiere decir que las prácticas artísticas no se puedan juzgar. Ahora, ¿cómo construimos los parámetros del juicio estético? Esclareciendo las lógicas que se entrelazan en la producción artística (Rancière, 2010:68). El asunto, entonces, no es que todos  seamos artistas “por naturaleza”, sino que cada uno tenga la certeza del potencial de su inteligencia, así el uso que hagamos de ella nos diferencie de los otros para bien o para mal. Puesta en estos términos, ¿la igualdad de inteligencia no es otro imperativo formal azuzado por Kant? Al contrario, la igualdad de la inteligencia que nos propone Rancière se muestra como principio material, todos tenemos voz y podemos hacer uso de ella mediante el habla. La inteligencia está ligada a un hacer en el que caemos al nacer. La igualdad en la inteligencia  no se da en abstracto. Al filósofo le interesa asegurarnos la igualdad creativa para que nuestras voces puedan desplegarse en mundo, y todas y todos podamos participar en la reconfiguración de la realidad. Este es el punto de partida de toda interacción social, política o estética.
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Rancière nos recuerda la premisa de R.W. Emerson para la acción: “confía en ti mismo”. Atiende al llamado a la autenticidad que te hace tu imaginación. Ten claro que a la sociedad sólo le interesas mientras reproduzcas sus puntos de vista: “(…) la sociedad es una compañía anónima, en la que los miembros se han puesto de acuerdo para mejor asegurar el pan de cada uno de sus socios, a cambio de que abdiquen de la libertad y de la cultura que lo comen. La virtud que más se exige es la conformidad. Experimentan aversión hacia la confianza en sí mismos. No quieren realidades, ni creadores, sino nombres y clientes” (Emerson, 1990. 133-134).  Si no confiamos en la igualdad de nuestra inteligencia respecto a otras mujeres y hombres, ningún imperativo logrará movernos de este marco oprobioso en que el capitalismo se sostiene.

Quedan algunas preguntas en las que valdría la pena insistir, así ya hayamos atisbado una respuesta incipiente para iniciar una conversación con el filósofo: ¿emancipar al espectador no es una formulación abstracta o formal de algo que debe ser más aterrizado en la realidad? ¿No es mejor hablar de la emancipación del ciudadano? ¿Por qué en la experiencia artística desaparecen los ciudadanos y ciudadanas? No podemos evitar la siguiente  pregunta material: ¿el espectador del que habla Rancière tiene género, color de piel, o alguna necesidad material que interfiera en la manera como realiza su igualdad para desplegarse en acciones? La respuesta de Rancière en sencilla: los espacios que logran abrir las artes son espacios de neutralización, sin finalidad e indiferentes,  como consecuencia allí somos iguales, devenimos seres anónimos y podemos ser más allá de nuestros condicionamientos naturales, sociales o políticos. “Poder ser más allá” tiene un efecto político en la sociedad, es por esto que podemos hablar de la política del arte. Para sustentar esta idea argumenta que las artes introducen rupturas, suspensiones de sentido, desconexiones respecto al orden que nos subyuga, y ordena las maneras en que todos podemos  obedecer las leyes de aquellos que hacen uso de su inteligencia para someter otras inteligencias. Rancière está convencido de que la distancia estética que logran  las artes, configura su dimensión política y propicia la acción política propiamente (Rancière, 2010: 60). La distancia estética es una idea que nos ayuda a comprender el pensamiento de Rancière: aún estamos dentro del régimen inaugurado en la modernidad.

Rancière se dirigirá a los/las capitalinas durante los días 29, 30 y 31 de octubre de 2012. Invitado por la maestría de estudios artísticos de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, dará una conferencia en el auditorio Teresa Cuervo del Museo Nacional el día lunes 29 a las 11 A.M. Vaya uno a saber por qué se programó su intervención en este horario tan atravesado. ¿El museo desconoce la importancia del evento y no facilitó un horario que facilitara más la asistencia de las ciudadanas? Los días martes 30 y miércoles 31, Rancière estará en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. De 2 a 5 P.M. el primer día, y de 11 a 1 P.M. el segundo. Ahora, su presencia en Bogotá ha sido posible gracias a la gestión ardua de Ricardo Arcos y su empeño en ampliar  los marcos conceptuales que regulan las prácticas artísticas contemporáneas en Colombia. Arcos ha buscado apoyo en algunas universidades  para realizar por quinta vez La Cátedra de Altos Estudios Franco-colombianos, y gracias a su persistencia lo ha recibo en varias oportunidades por parte de la Universidad Distrital.

Como nos tomamos en serio la proclama de Rancière, nos atrevemos a proponer finalmente algunos caminos-pregunta para encontrarnos en algún lugar con el filósofo. ¿Cómo podemos quebrar la relación que hoy podemos constatar entre la emancipación y la imaginación, puestas al servicio de la producción de mercancías? ¿Emanciparnos sí, pero de quién? ¿Quizá el opresor no es tan obvio como creemos saber o como sospecha el sentido común? ¿No somos nosotros mismos nuestros opresores? ¿Por qué se da esta paradoja?  ¿Emanciparnos del saber del que se vanaglorian los inteligentes, los preciosos ridículos? ¿De la desigualdad naturalizada por todos regímenes discursivos, en los que los que tienen talento son puestos a un lado y los que no al otro, en que los primeros entran con honores a las escuelas de arte, y a los segundos se les humilla al recomendárseles otro tipo de preparación para la vida? Ahora, ¿la emancipación de la que hoy parloteamos se ha convertido en otra mercancía, en la pátina, en el empaque que puede hacer más atractiva a una obra de arte insulsa? ¿La emancipación contemporánea es el arte de los insulsos hechos ellos mismo mercancía?   Fotografías: Ricardo Muñoz (Acción plástica 13 de junio 2009, Antiguo Matadero Distrital.

 

BIBLIOGRAFÍA
Emerson, Ralph Waldo. (1990) Ensayos. México: F.C.E. Rancière, Jacques. (2010)
El espectador emancipado. Buenos Aires: Manantial Lyotard, Jean Francois.
http://es.scribd.com/doc/84999860/Lyotard-Jean-Francois-Los-Derechos-Del-Otro

 

 

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