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Jurados, curadores, mentiras y videos: el aporte cero al campo del arte colombiano por parte de los jurados del VII premio Luis Caballero

Sin duda alguna, la revelación del VII premio Luis Caballero es Cristina Lleras, gerente de artes del IDARTES.

Lleras levantó un muerto, no precisamente con palabras mágicas como «levántate y anda”, sino con el despliegue de muchas estrategias que relacionan y comprometen a diferentes agentes del arte que circula en Bogotá. En este momento en que desde el Ministerio de Cultura, se implementan políticas de exclusión artística, en que se denuesta de la idea de nación, y en general de las ideas que están al servicio del mercado, Lleras sabe que este estímulo debe consolidar su proyección nacional y constituirse en el indicador de gestión más importante del programa de estímulos artísticos ofrecidos por la Alcaldía Mayor de Bogotá. Lleras aceptó el reto de orientar la visibilización de unas prácticas artísticas acosadas por el mercado y embaladas con la mistificación discursiva que describe la madurez artística en concordancia con las lógicas globales que mercantilizan las artes sin pudor alguno. A pesar del escepticismo de quienes se atreven a pensar por fuera de las lógicas globalizantes y de los comunitarismos puestos al servicio del mercado, Lleras logró revivir el difunto. El premio Luis Caballero sigue vivo gracias a su tesón y al conocimiento de los protocolos de circulación de las artes.

Pese al gran esfuerzo realizado por Cristina Lleras y al profesionalismo del equipo de producción de la Sede Temporal de la Galería Santa Fe, la herida del premio Luis Caballero, sigue abierta, su idea no aparece por ningún lado. En este sentido está hibernando. Ahora que el mercado condiciona los imaginarios artísticos y nadie se pregunta por las ideas que reivindican las artes, cabe preguntar ¿qué se propone el Estado mediante este estímulo? ¿Estimular mecánicamente a los artistas? ¿Consiste en una experimentación, en una improvisación cualificada, en una intervención comunitarista, en un dispositivo comercial más de exposición? Pese a la estabilidad momentánea, es relevante peguntar hacia dónde se dirige la idea de arte detrás del premio Luis Caballero. ¿Hay alguna idea que le dé sentido a este estímulo, o la ciudadanía se tendrá que conformar sólo con la eficiencia administrativa que lo rescató de una muerte inminente? ¿Todos los caminos del arte deben conducir hacia las boutiques de ArtBo? Muchos y muchas creen que no. Consideran importante tomar distancia respecto a la apertura económica impuesta desde el Ministerio de Cultura desde este año. Muchos y muchas artistas han denunciado este complot del Estado neoliberal.

La idea del premio Luis Caballero no es una entidad a priori, es el resultado del encuentro de múltiples singularidades artísticas, críticas, históricas y pedagógicas, puestas en conflicto por las lógicas administrativas implementadas desde el Estado. Lleras ha recopilado y visibilizado todos estos testimonios que a nadie importan en la actualidad. Este es un buen comienzo para decantar la idea detrás del premio Luis Caballero. No obstante, concluida la séptima versión, esta idea no logra emerger, el testimonio empírico no logra mostrar ese algo más que todos esperamos de las artes, y el cual justifica la esperanza y la inversión de la Alcaldía Mayor de Bogotá en el talento nacional. El premio no puede reducirse al favorecimiento de nuestros correligionarios, mucho menos a premiar la madurez comercial de ningún artista. La ciudadanía espera más, espera una meditación que cambie nuestras maneras de comprender. Los jurados designados para evaluar la producción artística nacional, deben proporcionar esta reflexión. Aunque la ciudadanía que sigue de cerca las vicisitudes del arte contemporáneo, no es tan ignorante como algunos artistas modernos aún creen, es deber de los jurados esclarecer el horizonte del arte que juzgan.

Si se escribe acerca de los artistas nominados, si se habla del artista ganador de la séptima versión del premio Luis Caballero, si se elogia la gestión de Cristina Lleras y se comenta el profesionalismo del equipo de producción de la Galería Santa Fe, justo es que estudiemos el aporte de los jurados designados para orientar la deriva del arte pensando en Bogotá y financiado con recursos fiscales. Extrañamente, al concepto emitido por los jurados, no se le presta atención. Pese a que esta reflexión sobre lo visto y evaluado debe ayudar a comprender mejor y ampliar la mirada al arte colombiano, ¿por qué a nadie le interesa? ¿Qué extraña tradición oral en el campo del arte colombiano hace que se desprecien este tipo de escritos? La respuesta es lapidaria: ¡no dicen nada!
El concepto final del jurado de la séptima versión, el cual debiera contribuir a fortalecer la experiencia de los participantes y de la ciudadanía en general, no aporta nada a la discusión contemporánea de las artes. A pesar de que el jurado estuvo conformado por agentes del campo del arte y de que estuvieron al tanto de aquello que se estaba produciendo, su contribución al premio es nula.

Paradójicamente, quizá esta carencia se deba a sus diversas responsabilidades artísticas: un Salón aquí, una curaduría allá, una exposición allí, un viaje a acullá, en fin… Los artistas cercanos al régimen atienden mil compromisos, entre ellos los mandados estatales. En esta oportunidad, los jurados no proponen ningún criterio que modifique o enriquezca nuestra mirada. No hacen ninguna consideración respecto a las condiciones que afectan la libertad de la expresión y circulación artística por fuera y dentro de los protocolos estatales. Y lo más grave aún, no se evidencia la aplicación de ningún criterio no-empírico para ilustrar o justificar su decisión. Se limitan a repetir aquello que cabalísticamente escribe el mismo artista en su declaración de principios y medios. Atropellada y apresuradamente, el jurado informa al Estado de la siguiente manera:

“Restrepo utiliza la estructura de los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola para indagar en lenguajes híbridos, a medio camino entre el teatro y el performance. El artista utiliza la estructura de los Ejercicios en diálogo con las metodologías propias de la actuación para revisar documentos de la historia reciente. La obra refleja un espíritu de experimentación colectiva a la que se adhieren relaciones limítrofes entre lo performativo, lo teatral, lo instalativo y otras disciplinas. A su vez, el jurado reconoce en su obra la potencia y aspiración conceptual amplia y universal. Su obra se constituye en una reescritura de su archivo de obra en relación con lo colectivo. Es la constatación de la madurez de un artista que ha insistido en investigar en torno al estado de lo político, de la religión y las creencias con el trasfondo del conflicto colombiano, otorgándole un lugar y una responsabilidad al poder de la imagen”.

Punto aparte. No se dice nada, se encripta aún más la cábala artística. Se introduce la tangente como una figura retórica. No se explica qué busca el artista en su indagación de los lenguajes híbridos, no se muestra en qué consiste la metodología utilizada por el artista, tampoco cómo dicha estructura de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio se aplica para indagar aquello que supuestamente inquieta al artista, a saber, las técnicas corporales que explora en su propuesta. El jurado no explica la relación de la estructura de tales ejercicios con las metodologías de la actuación. Tampoco justifica la pertinencia de esta metodología para dramatizar el horror del dolor de los colombianos y las colombianas. La redacción del párrafo mediante el cual se muestra aquello que tenía en mente el jurado en el momento de tomar tan delicada decisión, es propia de aquellos que escriben sin haber comprendido, de aquellos que no se han atrevido a preguntar porque no han comprendido. ¿Qué es aquello que este jurado sabe y el común de la gente ignora? ¿Por qué tienen méritos para ser designados como jurados? Nos quedamos sin saberlo. El portafolio dice nada para persuadir a la ciudadanía y al campo del arte de la pertinencia de los jurados para cumplir con este propósito.

La herida en el costado del premio Luis Caballero sigue abierta, el espectáculo y la sombreimposición teórica ahondan sus miserias discursivas. Aunque es justo recordar que estas miserias no son de ahora: los conceptos de otras versiones no son más claros, aunque sí igual de lacónicos y facilistas. Un concepto tan pobre como el formulado para destacar a José Alejandro Restrepo, no favorece al artista y deja mal parados a los jurados. Restrepo tiene sus méritos y merece una conceptualización más seria, así sea crítica. Sólo la crítica razonada tiene la potencia de enaltecer el gesto artístico, así se equivoque, como en efecto se equivoca muchas veces. Restrepo es un artista joven y sin duda en una promesa del arte nacional. Deja de serlo si se lo entrega a la furia de las lisonjas del mercado.

El jurado no ofrece razones plásticas ni conceptuales al Estado para justificar su decisión. Tampoco éste lo requiere, ni pide aclaraciones. El Estado se conforma con un comunicado mal redactado, superficial y desinformado. Parece que no es elegante preguntar por qué se otorgó esta distinción a José Alejandro Restrepo, ni por qué los otros artistas no fueron considerados para tal distinción. Tenemos derecho a saber por qué fueron descalificados y cómo fue el proceso de elección.

El jurado tiene la responsabilidad de explicar a los profanos, en qué consiste la potencia y la aspiración conceptual amplia y universalque le atribuye a Restrepo. El artista merece algo más que esta evasiva formalista. ¿Qué quiere decir que el artista concernido madura investigando lo político? ¿Lo político según San Ignacio? ¿Según la mano visible del mercado que actúa dentro del Estado? ¿Cuál es el Santo que orienta la comprensión de lo político en la obra de Restrepo? Ahora bien, ¿qué quieren decir los jurados cuando afirman que la imagen tiene un poder y una responsabilidad dentro del conflicto colombiano? Para saberlo, será necesario visitar el Oráculo de Delfos, o hacer una peregrinación hacia el Santuario de Nuestra Señora de las Lajas. Dada la complejidad discursiva en que está sumida la producción de arte que reivindica su condición de contemporaneidad, ¿los artistas que andan sumidos en la producción de sus obras, son una instancia adecuada para juzgar los méritos de la obra de un artista no correligionario?

El jurado se limita a informa al Estado una obviedad. La propuesta de Restrepo es experimental. Pero, ¿basta con que una obra sea experimental para que merezca una distinción como el premio Luis Caballero? El jurado no se pregunta por la necesidad de esta experimentación: ¿qué tenía que decir el artista que no podía decirlo con una videoinstalación corriente y tuviera necesidad de recurrir al subterfugio sofístico de recurrir a crear falsas expectativas mediante la programación de cuatro sesiones performáticas que rompen con el acuerdo tácito que rige la puesta en gesto del premio Luis Caballero? A este nivel de profesionalización, la experimentación se justifica, si mediante ella se logra cambiar algo en la percepción del espectador. Si no lo hace, la propuesta se hace responsable de prestarse a una espectacularización gratuita del premio. Sólo hasta la última sesión, el espectador de Ejercicios Espirituales captó cuál era el sentido o la verdad que el artista intentaba modificar, pero también constató que nada en su percepción fue modificado. Con un asunto tan delicado entre manos, el dolor de aquellos y aquellas que son agredidos de manera atroz por sus hermanos, no se puede improvisar. La experimentación se justifica si por medio de ella se modifica la manera de percibir la realidad y la manera en que ésta produce sus verdades. La propuesta de Restrepo no aporta algo diferente a la comprensión común que todos y todas tenemos de la guerra atroz que padece este país, tanto por parte de los que están por fuera del Estado, como por parte de aquellos que se lucran por estar dentro de él marginando a aquellos y aquellas que son mejores.

Restrepo sólo reitera la manera de juzgar que usan los llamados artistas críticos o políticos. Su puesta en escena final sugiere que los ciudadanos inermes son culpables de los males que padecen los hombres y las mujeres atrapadas por las guerras y el discurso victimizante que los mismos artistas servilmente ilustran. En opinión de los artistas políticos, los ciudadanos no actúan frente a un caso de injusticia. Los artistas críticos o políticos, sacan doble provecho del dolor ajeno. Por una parte, transforman las imágenes de guerra en mercancía suntuaria, y por otra parte, avergüenzan a quienes no tienen nada que ver con el conflicto para instalarse como su referente moral. Los responsables materiales e intelectuales de los crímenes atroces que el artista político pretende denunciar, son dejados en un segundo plano. La crítica del artista político está dirigida a los ciudadanos y ciudadanas quienes pudiendo actuar no actúan. Esta crítica es razonable pero se desmorona porque el artista mismo no actúa y se limita sólo a mercantilizar el dolor y la vergüenza de los demás. Esta variación de la Versión Libre ensayada por Clemencia Echeverry en el V premio Luis Caballero, insiste en juzgar y avergonzar a quién no tiene velas en el entierro.

Cristina Lleras que ha mostrado tanta diligencia para rescatar todas estas miserias, con seguridad tomará nota e implementará para la Octava versión del premio, unas estrategias que obliguen a los jurados a tomarse el premio más en serio. Será necesario reformular los criterios actuales de evaluación. En primer lugar, la nominación de artistas debe superar la positividad anglosajona: la solidez formal y conceptual de la propuesta, es sólo un sofisma distractor implementado para favorecer la arbitrariedad que ejercen tanto los jurados como muchos curadores a nivel nacional. En segundo lugar, es necesario salirse del dispositivo proposicional que impone el criterio de coherencia. Establecerlo como horizonte de producción artística es un exabrupto. Forzar una relación coherente entre la propuesta y el espacio específico, es reducir el gesto artístico a una demostración positivista. La coherencia niega la libertad reivindicada por todo gesto artístico. No puede haber coherencia entre una idea artística y su puesta en obra. He aquí la importancia de la promesa del arte. En tercer lugar, es necesario modificar la medición del aporte de la propuesta al campo artístico. ¿Cuál es el aporte de Ejercicios Espirituales al campo artístico? Nos quedamos sin saberlo. Los jurados designados para hacérnoslo saber se declararon impotentes y a pesar de ello, todos comieron perdices. No mencionan nada al respecto, por lo tanto, es fácil inferir que no cumplieron con su responsabilidad.

Prudente y enigmáticamente, Rodrigo Moura decidió a último momento declinar la invitación a hacer parte del jurado. Precisamente, este es el lunar en esta versión del premio. Las suspicacias que se expresan en los corrillos artísticos son preocupantes: ¿a último momento se eligió un jurado correligionario de los jurados colombianos con el propósito de ratificar una decisión ya tomada? Si es así, ¡qué entre el diablo y escoja!

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