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Tres Mujeres

En Bogotá coinciden tres proyectos de arte contemporáneo en el mes de septiembre, Beatriz González y Carolina Rodríguez en la Galería Alonso Garcés, y Luz Ángela Lizarazo en la Galería Santa Fe.

Tres generaciones comparten miedos similares y un mismo interés, además de ser mujeres, manifiestan un gusto por el dibujo, por pensar visualmente problemáticas que comprometen por igual a hombres y mujeres, que ponen a prueba su humanidad: la muerte, la infancia perdida, ser mujer en un país machista.

Dibujar es pensar y las tres lo ejecutan diversamente.

La idea de proyecto constituye lo que comprendemos como arte contemporáneo, por eso podemos considerar la propuesta de González como tal, pues, sus inquietudes se han articulado en procesos investigativos-creativos. Un proyecto es un dibujo, pero por sí mismo no es arte. Las técnicas nunca han determinado lo artístico, son instrumentos del artista para pensar por sí mismo; el resultado de esta actividad, pensar con imágenes la naturaleza, Dios, el hombre, el concepto o la comunidad, constituye al trabajo artístico. Poco aporta al pensamiento del arte contemporáneo, afirmar que González es pintora y no dibujante; esta manera de hablar moderna nos impide comprender la sensibilidad de la época, el deseo de redescribir al hombre y a la mujer en contextos de mayor libertad política y espiritual. Si el dibujo se ha caracterizado por una voluntad de forma, de manera similar el proyecto no busca otra meta que proporcionar una red lo suficientemente estructurada para que interactúe con los elementos que el artista dispone. ¿Que las cualidades y propiedades del dibujo son otras? ¿Qué esto no es ya dibujar?

No hay problema en reconocer que para el arte moderno el dibujo tiene cualidades sensibles que lo hacen significativo por sí mismo. Pero, entonces, desde una perspectiva contemporánea, comprendamos que no podemos llamar simplemente dibujos a muestras mucho más complejas en su concepción, estructuración y ejecución; mejor comprenderlas como proyectos que requieren conceptos y términos diferentes a los que desgastó la crítica de arte moderno. El arte contemporáneo puede sobrevivir sin el concepto de dibujo, aunque la técnica siga siendo útil en algunas propuestas, como medio, no como fin en sí mismo.

Los proyectos artísticos contemporáneos se caracterizan por su interés en reflexionar los vínculos entre arte y comunidad. La relevancia de las propuestas se legitima en la medida en que sean significativas para un grupo humano, significar en arte quiere decir experimentar una emoción poética y suscitarla en otros a discreción; los modernos la llamaron experiencia estética, con ello querían marginar connotaciones éticas o políticas, pues, las consideraban usurpadoras de la legalidad estética. En las teorías contemporáneas del arte, los llamados valores estéticos ocupan un lugar discreto, ya no absorben todo el interés del intérprete, pues se ha consolidado un gusto por establecer diferencias, dejando de lado el gusto popular por las semejanzas. Por esto el arte contemporáneo es concebido para el intelecto, no exclusivamente para los sentidos.

El arte contemporáneo rescata lo humano para pensar su poesía, mandada al exilio durante el proceso y consolidación del pensamiento artístico moderno. La simulación de intelectualismo, característica de las llamadas tardo-vanguardias, oscurece las propuestas artísticas, pues, su comprensión queda restringida a unos pocos; al contrario, la imagen poética, pensamiento en lo sensible, habla de las esperanzas y desesperanzas de hombres y mujeres, de sus angustias y precariedad; ahora, comprender y problematizar esta sensibilidad es una disposición ética, no epistemológica, mucho menos estética.

La oscuridad de los intelectualismos es síntoma de decadencia, afirmó Paz, es amenaza de extinción, no tanto del arte como de la humanidad. El ocaso de la poesía en los trabajos artísticos es la muerte del arte y de las esperanzas de libertad de hombres y mujeres. La emoción poética se suscita cuando evidenciamos un proceso de pensamiento visual e interactuamos en él, su actividad no olvida en ningún momento su origen sensible, antes bien, permanentemente lo rescata del olvido, lo redime. He afirmado que no requerimos un marco teórico para contemplar lo poético en toda huella humana, basta mirarlas con buena voluntad y estar abierto al diálogo que todo trabajo artístico propicia. Como la buena voluntad es el origen de una actitud ética –comprometerse en un diálogo–, la emoción poética es la respuesta de nuestro intelecto al estimulo sensible que ha sido pensado por el artista, no transfigurado. Cuando coinciden la buena voluntad y el estímulo sensible pensado por el artista, se activa nuestra imaginación para suscitar la emoción poética en el diálogo. Ésta barrunta la presencia de algún bien para hombres y mujeres. Pensar el bien para hombres y mujeres por medio de los recursos que ofrece el arte caracteriza al arte contemporáneo.

González, Rodríguez y Lizarazo se reconocen en retratos humanos, piensan, articulan y reelaboran su poesía, su vínculo con nuestras esperanzas. La preocupación de la primera por el dolor de las madres despojadas de sus hijos, la angustia de la segunda ante unos hijos despojados de sus madres y la zozobra que el mundo causa en la última, nos muestran a unas artistas que se redescriben como mujeres que piensan; alguien dijo en el pasado, que es esperanzador encontrar mujeres que piensan. Lo dijo un hombre, alguien que sabía de arte y conocía en algo a las mujeres: Fassbinder. Más allá de la composición, de equilibrios o descompensaciones, de manejo del color o la línea, de la comprensión de sus cualidades, lo que cuenta es la pasión de pensar lo que se niega a ser pensado, o que nos niegan la posibilidad de pensarlo: la muerte como redención. Andrés Gaitán habla de muerte bella. Tres mujeres colombianas piensan la muerte porque pensarla es comprometerse con la vida, una y otra conforman nuestra manera de comprendernos.

La muerte como acontecimiento es individual, es un proceso interno, incomunicable e intransferible, como tal e impotentes, en los últimos siglos la hemos relegado a la oscuridad; ocupados como estamos en los múltiples goces que nos proporciona el cunsumo –el cual confundimos con la vida–, la muerte no ha vuelto a pensarse, así estemos saturados de imágenes sobre ella; la saturación genera repulsión, por ello no tenemos conciencia de muerte, no valoramos la muerte, la despreciamos, por eso no nos importa la muerte, el sufrimiento del otro.

Beatriz González afirma haber escuchado que pensar la muerte era de mal gusto, en contraposición a tradiciones más antiguas que convivían simbólicamente con la muerte, que se comprendían como animales para la muerte, por eso mantenían vigente su simbología. González insiste en pensar a Colombia desde la muerte, propone en sus imágenes un debate de interés público, su poesía visual es voluntad de solidaridad, es poética porque hace sensible una preocupación por el destino de nuestro país. Pensar la muerte no es derrotismo o pesimismo, al contrario, es manifestación de vitalidad; ignorar la muerte y el dolor es expresión de decadencia.

La línea roja que sinuosa, recorre y penetra los elementos diversos en la Instalación de Lizarazo, evoca la muerte y la vida, quién si no una mujer puede comprender el rojo, me comenta una amiga. Entrar en la Galería Santa Fe es un acto de intimidad, entramos en el cuerpo de una mujer-laberinto, reconocemos sus vísceras, pues, la artista se ha prometido un corazón. Sus miedos son evidentes, la forma vaginoide dibujada con madera para comunicarse con el exterior lo muestra de manera escueta; Lizarazo encuadra una forma fálica orgánica, que externa a la Instalación, vigila y amenaza sus movimientos internos; afuera, erecto, asecha el peligro, la violencia atávica del falologocentrismo que le ha impedido su autoafirmación. En Lizarazo encontramos principalmente una reflexión sobre sí misma, un deseo de reafirmarse, redibujarse sobre sus miedos, de parirse a sí misma nuevamente y reinventarse tratando de reinventar el arte. Más que femenina, su propuesta es feminista, así diga lo contrario.

El menaje y las prendas confeccionadas –dibujadas– por Rodríguez, con envolturas de Choco Break, para niños y niñas ausentes, que se fueron, que murieron o desaparecieron en las calles violentas de Bogotá, es otra manera de evocar la presencia de la muerte y desplegar voluntad de solidaridad. La Instalación es una representación de una ausencia, de un vacío; cada vez más tenemos menos niños, menos sueños, menos esperanza.
Los tres proyectos nos recuerdan que comprender la muerte es experimentar que morimos en el otro, que la menesterosidad del otro es la posibilidad de comprender y comenzar a pensar nuestra muerte; el otro logra lo imposible: que la muerte no sea un acontecimiento individual e intransferible. Pensar la muerte nos hace mortales, caracteriza nuestra humanidad y articula nuestras páginas e imágenes más poéticas, bellas decían los modernos. Hemos hecho de tripas corazón, nos recuerda Lizarazo.

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