16-D. “Lo bueno” burgués: comienza la Novena de Aguinaldo.

Respecto al gusto contemporáneo por ensalzar las obras más taquilleras, es decir, las mejor comercializadas, las mejor vendidas en Ferias de Arte, Bienales y Documentas, el artista Emel Meneses preguntaba lo siguiente hace dos años: ¿Por qué preferimos hablar tanto de las “obras buenas”? ¿Por qué no hablar de las “malas obras”?

Aquí hay aún algo que pensar. Dentro de todas las preguntas, las inquietas son las mejores. Me refiero a esas preguntas que orientan la desazón estética de nuestros días, que ayudan a comprender mejor la angustia de muchos artistas de hoy, que iluminan la pregunta por el arte de fin de la estética de “lo bueno” burgués, esnobista e hipócrita.

Por su belleza, la verdad es evidente en las obras buenas. Las obras malas, esnobistas e hipócritas, requieren mucha retórica para persuadir a los incautos de una verdad postiza, que no le pertenece, que le es ajena, que no logra comprender.

Volvemos a preguntar hoy, ¿una “obra buena” es una “obra de arte”, es decir, “obra bella”? La respuesta no es evidente. Hay algo innombrable en la estética burguesa que es necesario mostrar. La “obra buena”, según la retórica burguesa, debe esconderse en los sótanos de un Museo, o tras de un discurso neocolonial.

Las preguntas acabadas de reformular no son vanas. Al contrario. El maestro Meneses sospechaba algo hace dos años. Vale la pena esclarecerlo a posteriori. En efecto, la distinción entre “lo bueno” y “lo bello” es reciente, lleva a penas dos siglos. Se trata de una disección propia de la estética burguesa. Toda “estética” abreva en aquella ideología. Antes del reinado burgués, lo bueno debía ser bello y viceversa. Actualmente, al hablarse de las “buenas obras” del arte contemporáneo, se redunda en la utilidad de la sensibilidad comercial propia de aquellos productos con los cuales se afianza la fe y la confianza en el mercado. El mercado es la salvación de la estética burguesa, del alma del Señor burgués.

Por lo general, la obra buena o burguesa es muda, no dice nada. Es mala a propósito. Pero tiene pudor. Busca que alguien hable por ella, que cubra su pálida y rubia desnudez. Suele contratar a alguien que supla esta carencia, que cubra la castración simbólica a la cual fue sometida: la aculturación.

Dentro del régimen burgués no hay lugar para hablar de la belleza. Siempre hablamos de las “malas obras”, por ejemplo, una y otra vez necesitamos hablar de Fragmentos, de esa aparente sociedad sin sutura. En Fragmentos evidenciamos la paradoja burguesa: solo “lo malo hace hablar”. Nunca antes se dudó tanto del arte, nunca antes hablamos tanto a este respecto.

Primera pregunta de Novena de Aguinaldo 2020: sumida en su rubia desnudez, ¿alcanza Fragmentos a balbucear algo en medio del cruce de todas sus retóricas? Sin duda, logra musitar algo: desde hace dos siglos somos rehenes de unas élites estéticas y políticas que se extasían mirándose el ombligo, que se repiten en sus Salones una y otra vez lo siguiente: ¡mis ideas acerca de la exclusión naturalizada son sublimes!Lo “malo” agrede pero no hace pensar, disuelve con crueldad el piso, la cultura que lo hace posible. En el mejor de los casos, transgrede, pero, ¡ay!, sin emancipar. ¡Esta es la virtud de la estética burguesa!

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