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Al oído de la entrante Alcalde Mayor de Bogotá

A diario miles de colombianos y colombianas llegan llenos de esperanzas  a Bogotá.  A su llegada, sienten  la brisa fresca y la luz  multicolor con las cuales se hace resistencia activa al ‘derecho natural’ que se arrogan los pocos para reinar sobre los muchos, tanto en el campo del arte institucional como  en la política partidista. Pronto se dan cuenta de que Bogotá no sólo es una ciudad de negocios como creen los comerciantes. También comprenden que Bogotá no es sólo  la ciudad de la política real como creen los altos empresarios. Principalmente, se percatan de que Bogotá teje los  espacios en donde todo aquello que sabemos acerca del arte se pone en juego en cada una de las prácticas realizadas por los artistas colombianos que la habitan. Se trata de aquellas prácticas entendidas como el arte de ponerse en figura actuada y sentida, el arte de elegir la manera como los otros nos han de leer, el arte de erigirse como persona, el arte de emerger como sujetos y sujetas de derechos.

Bogotá tiene poca oferta cultural de interés para la ciudadanía en general. Por un lado, el enfermo cultural no quiere. Por otro lado, el Estado tiene poco para medicarle. Aún así, los artistas de vanguardia logran agarrarse e instalarse en los bordes del discurso mercantil pomposamente llamado Arte Contemporáneo: el arte de los mercados globalizados. Recientemente, algunos de estos artistas muestran convincentemente que arte no sólo es aquello que unos pocos contemplan en los Museos especializados, ni aquello que otros pocos miran con desconfianza en las Galerías de Arte. Para aquellos y aquellas a quienes hoy se les llama artistas post-contemporáneos, arte es el acontecimiento de sentido que sale al encuentro del hombre y la mujer de la calle, que los toca y los transforma propiciando una experiencia de verdad. El arte que toca reconfigura los imaginarios de quienes hacen su día a día en las calles de una ciudad tan conflictiva, corrupta, desigual, diversa, estudiosa, excesiva, intensa, joven, lúdica y violenta como Bogotá. 

 

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Con base en esta experiencia expandida de ciudad abierta a las esperanzas de los ciudadanos colombianos, llamamos arte post-contemporáneo a aquellas prácticas que se regulan al margen de los intereses implacables del mercado. Al salirse de las lógicas del mercado, los artistas no sólo configuran una política artística. También instalan opciones de igualdad y libertad inéditas que iluminan los imaginarios culturales, éticos, políticos y sociales de la ciudadanía en general. La experiencia del arte post-contemporáneo configura una política, porque algunas de sus acciones modifican las percepciones psicológicas que de sí mismos tienen hombres y mujeres. Esta distancia crítica con respecto al arte comercial o contemporáneo,  es el motivo que anima hasta hace poco algunos de los estímulos artísticos de la Alcaldía Mayor de Bogotá dirigidos a los artistas colombianos plásticos y visuales. Con el colapso de la Galería Santafé, la pequeña oferta cultural y artística independiente de Bogotá se contrae peligrosamente. La precaria oferta cultural del Distrito Capital corre el riesgo de quedar asfixiada por el juego perverso que se pone en escena entre los intereses burocráticos nacionales y locales, las lógicas partidistas de los gobiernos de turno y la política global de los mercados suntuarios.

 

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¿Qué es el arte para un político? ¿Qué es el arte para un o una ciudadana? ¿Qué es el arte para un o una artista? Estas son preguntas que una y otra vez deben ser abordadas y contestadas provisionalmente. En el campo del arte no existe nada definitivo. Sus puntos de encuentro son cambiantes, frágiles, inestables, venales, muchas veces banales, por ello mismo proclives a ser manipulados por la alta burocracia y las élites burguesas. Ubicados dentro de este paisaje crítico, toda respuesta ofrecida al campo artístico debe ser respondida desde el marco revolucionario que ofrece la actualidad social y política colombianas. El artista crítico debe tener en cuenta aquella realidad real que irrumpe en nuestras prácticas cotidianas desconfigurándolas. Debe cuestionar sus prácticas con base en esa realidad que interrumpe los consensos burocráticos, culturales, económicos, fálicos, políticos y sociales, aquellas ficciones ideológicas que los pocos que se presentan como muchos, imponen a los muchos reducidos a desempeñarse como minorías. 

 

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Ahora bien, a nivel político, ¿qué más revolucionario puede haber que la reconfiguración del orden que regula las relaciones sexuales, eróticas, amistosas y amorosas de hombres y mujeres? Este asunto tan sensible en Colombia, no es poca cosa, pues, todavía se violenta de muchas maneras a los hombres y a las mujeres que eligen libremente sus preferencias eróticas y sexuales. Por tal motivo, este reordenamaiento sensible se anuncia como el ámbito del cual emergen las principales ideas de los y las artistas colombianas: los profesionales y los espontáneos. Esta revolución expandida del siglo XXI,  invita a los artistas a mirar cómo lucen en sus múltiples y vistosas sombras los hombres y las mujeres de nuestros días. Para realizar este ejercicio, es oportuno mirar las performances de ciudad abierta a la esperanza social, aquellas acciones sentidas de quienes asisten a las marchas por la reivindicación de la igualdad ciudadana. Ciudad a veces atropellada y exaltada, a veces ensimismada e indiferente, la mayoría de las veces entregada al goce de sus fantasías privadas: ¿qué mejor que mirar esta bella y turbulenta ciudad en acto, actuándose a sí misma? Ya lo decía Andy Warhol: las mejores ideas emergen de la urgencia de ser otros y otras, emergen de los sujetos en trance, arrastrados hasta  sus limites. Se trata de aquellos seres hablantes que ponen en juego todo aquello que los otros han dicho de ellos. En adelante, en Colombia, quien se ocupe de las prácticas artísticas performáticas –profesionales o espontáneas–, debe presentar y justificar públicamente sus impresiones respecto a esta revolución sensible. Si no, debe explicar por qué no lo hace.

 

 

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A pesar del silencio social culturalmente programado y de la indiferencia de la administración de Bogotá y la de Colombia en su conjunto, el domingo 28 de junio de 2015 miles de hombres y mujeres salen a las calles bogotanas. En primer lugar, denuncian abiertamente la cultura falocéntrica como dispositivo de exclusión. En segundo lugar, cuestionan artísticamente el programa político de ciudadanías—a—medias, recurso implementado tímidamente por medio de políticas de género silenciosamente correctas, tanto a nivel local como nacional. El dispositivo estético de ciudadanías—a—medias opera eficientemente. Por una parte, una mitad ciudadana de las colombianas y los colombianos es asegurada y puesta  al servicio político de los señores feudales. Por otra parte, la otra mitad es dejada en la oscuridad de su vida privada, para que sea ejercida en las preferencias más personales de cada una y de cada uno. Durante la marcha de la dignidad de las comunidades Lgtbi, los medio—ciudadanos, y las media—ciudadanas, exigen una ciudadanía reivindicatoria de los derechos que amparan las libertades constitucionales de las sociedades democráticas, igualitarias,  liberales, modernas y solidarias.

 

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El acompañamiento mínimo del Estado a estos ejercicios de resistencia pacífica, obliga a preguntar: ¿la indiferencia y el silencio de la administración local y nacional es la manifestación silenciosa de una homofobia y de una transfobia larvada, quizá ya enquistada en las estructuras mismas del Estado? ¿Por qué la administración local tan locuaz para reivindicar sus propios derechos, se va de vacaciones cuando inmensas minorías salen a las calles a reclamar los suyos? Oportunamente, hace tres años el Alcalde Mayor de Bogotá asistió a esta marcha: llegó, caminó a lo largo de la carrera séptima de Bogotá y persuadió a la ciudadanía de que el futuro gobernante tenía una mirada diferente a la tradición homofóbica de Colombia. El futuro alcalde estaba en campaña por la Alcaldía. Este año de 2015, el mandatario opta por mandar un tweeter de felicitación a las comunidades Lgbti. Pero, dado que las instituciones distritales y nacionales siguen siendo refractarias a mirar de igual a igual a las comunidades Lgbti, dado que en Colombia no cambian las estructuras mentales que dan origen al clasismo, la homofobia, la misoginia, al racismo, esta es la oportunidad para preguntarse: pero señor Alcalde: ¿felicitarse por qué o de qué? ¿Por un día de licencia poética en las cálidas calles bogotanas silenciosamente “tolerada”? 

 

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Pese a la lluvia persistente a lo largo del día; pese a las reparaciones infinitas de la carrera séptima entre la Avenida Jimenez y la Plaza de Bolívar, las cuales obstaculizan el libre flujo de la ciudadanía. Pese a la invasión impune y a la colonización arbitraria del espacio público de la carrera séptima entre  la calle 26 y la Avenida Jimenez. Pese a todos los desvíos y obstáculos impuestos a las ciudadanas y ciudadanos para realizar la marcha anual. Pese al silencio de los grandes empresarios del entretenimiento gay que se lucran con el dinero de las comunidades Lgbti. Pese a la indiferencia de las grandes empresas para las cuales los y las ciudadanas—a—medias, sólo son consumidores de modas irrelevantes para la construcción de diferencias auténticas. El citado domingo, pese a todas estas aberraciones comerciales, económicas, políticas y sociales, las comunidades Lgbti llenan la emblemática y tradicional Plaza de Bolívar de Bogotá. Hubo menos música patrocinada por los bares y las discotecas de moda, pues, las carrozas comerciales tipo “Solidaridad por Colombia” en el evento brillan por una sintomática ausencia. Se apreció menos presencia del alicoramiento propio de las  Fiestas de Folclor colombiano, del embrutecimiento que enriquece los patriarcados de los departamentos productores de aguardientes y rones. Se puso en escena menos de todo aquello que distorsiona el mensaje  que se reivindica en esta marcha ya tradicional en Bogotá: las luchas por la igualdad ciudadana. Las comunidades Lgtbi muestran públicamente que se toman sus derechos en serio. Comprenden que sus derechos no se reivindican  solo bailando espontáneamente en las calles la música de Beyoncé, Icona Pop y Rihanna. 

 

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Se resaltan otros aspectos positivos de la marcha: esta vez se presenta menos acoso policial. En años anteriores, la presencia policial era masiva e intimidante. La policía dirigía y restringía el movimiento espontáneo de la ciudadanía. No se confiaba en la cordura de las “locas”. En general, hubo menos de todo esto. Pero, lo más significativo consiste en que hubo más presencia ciudadana heterosexual, no exclusivamente Lgbti. Se comprendió que el evento no está dirigido a presentar estas comunidades como fenómenos de circo. A diferencia de los años anteriores, los seis carriles de la carrera séptima entre calles 38 y 26 fueron habilitados para el desplazamiento ciudadano. A pesar de las dificultades logísticas y de la timidez distrital y nacional, la XX marcha por la Dignidad Lgbti evidencia un salto cualitativo en este tipo de prácticas de emancipación pacífica y colectiva. Hubo presencia de ciudadanas y ciudadanos extranjeros y se hizo un cubrimiento internacional de esta gesta artística, política y social. En sus noticieros, la Deutsche Welle menciona y analiza  el evento. Asimismo, el Canal Capital transmite el evento instalándose en la calle 38 con carrera séptima. De las cadenas comerciales colombianas poco se sabe porque para ellas todas las diversidades pueden ser sintetizadas dentro de un balón de fútbol. El fútbol no es un milagro deportivo. ¡Es una hazaña lógica y ontológica!  

Ante la mordaza social con la cual se niega en familia  a hablar de “ellos” y “ellas”; ante el silencio y la indiferencia de los medios de incomunicación, los cuales sólo defienden histéricamente sus derechos económicos, el siguiente registro visual resalta los instantes más creativos y corajudos de la marcha de las comunidades Lgbti de Colombia apostadas en Bogotá. Hacia allí deben dirigir su mirada los artistas contemporáneos, hacia el retorno de lo reprimido políticamente, hacia estos Ecce Homo post-contemporáneos que sin duda alguna son señal inequívoca de actualidad, del anuncio de un nuevo orden por venir. Se recogen los “ensayos” de todo este colectivo de anónimos y anónimas con los cuales se muestra hacia dónde se dirige la historia post-contemporánea y se devela quiénes son sus sujetos reales y veraces. 

 

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En los “ensayos” de este arte ciudadano puestos a su consideración, se puede apreciar cómo los y las jóvenes son quienes hacen resistencia a los abusos del poder atávico, estético, ético, jurídico y político con los cuales se gobierna Colombia. Poderes que transitan a través del Estado con varios propósitos. En primer lugar, para marginar y panoptizar abyectamente a las comunidades Lgbti. En segundo lugar, para escarmentarlas con crueldad en sus prácticas pedagógicas. En tercer lugar, para ignorarlas con descaro en los procesos laborales. En cuarto lugar, para humillarlas con sevicia en las prácticas sociales más diversas. En quinto lugar, para mofarse de ellas, para ridiculizarlas por divertimiento social en los circos mediáticos. Finalmente, para subhumanizarlas ante sí mismos y sí mismas negándoles presencia pública. Con todas estas violencias da miedo ser joven en Colombia. Sergio Urrego paga con su vida su corta vida sexual y sus preferencias eróticas y amorosas.  Todas estas violencias justifican que el Estado colombiano acompañe de manera menos ambigua a estos colectivos de emancipación individual y colectiva.

La próxima alcalde de Bogotá debe enviar señales claras no solo a las comunidades Lgbti sino a todos los colectivos artísticos profesionales que pueblan la ciudad. Al lado de otras, estas minorías constituyen una gran mayoría. De ahí que la próxima alcalde deba estar  más cerca de estas minorías, pues, les urge un acompañamiento permanenente en sus campañas por la reivindicación de la igualdad ciudadana. Por su lado, gusteles o no, los y las artistas profesionales deben tener más en cuenta esta actualidad revolucionaria. Esto es algo que venimos repitiendo  años atrás. El siguiente registro visual exalta el valor de los miles de hombres y mujeres que piensan que aún en Colombia es posible modelar un estado igualitariamente más justo.

Por estos días, Bogotá es una ciudad  muy visitada y aplaudida por ciudadanos y ciudadanas extranjeras. Sin duda alguna, Bogotá es una ciudad internacional y merece que el Estado colombiano preste  mayor atención a sus expresiones artísticas, tanto las institucionales como aquellas otras  que emergen en sus periferias. Urge que la próxima alcalde de Bogotá escuche la riqueza sonora de estas otras voces. 

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