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Plusformance: un juego artístico entre performance, vogue y fotografía

INTRODUCCIÓN

El presente texto fue el fundamento de la intervención llevada a cabo el pasado domingo 26 de agosto en  una de las ferias de arte más importantes de América Latina, Zona Maco Foto y Salón 2018, Ciudad de México. Tal intervención se trató de un acto disruptivo y amoroso ejecutado por MIRS (Movimiento de la Imaginación para la Reconstrucción Social) y el grupo de vogueHouse of Tepito-HOT. Esta disrupción es la primera de este orden en presentarse en una Feria de Arte con una clara propuesta estética, disruptiva, performática y fotográfica ya que involucra tres procesos de producción de experiencias: vogue-catwalking, performance y fotografía. A continuación el texto que  sirve de fundamento y que revela las intenciones de la disrupción. Es preciso señalar que no fue el único texto ya que HOT y la cofundadora de MIRS, Mtra. Mónica Martinez, entregaron un manifiesto a los asistentes a la feria que resumía esta postura a la vez que expresaba sentimientos que motivaron la intervención. Esperamos muy pronto poder tener más vogue en eventos de arte y más performances que generen transformaciones concretas en las prácticas culturales.

PERFORMANCE

Si existe un problema concreto en las artes contemporáneas es aquel que surge a partir de la pregunta por el lugar que tiene el performance dentro del campo de las prácticas artísticas. El performance se caracteriza por tomar distancia de las prácticas tradicionales de las artes y de la forma en que las mismas han sido comprendidas a lo largo de la modernidad. De hecho, el performance surge a contrapelo de todo aquello que en la modernidad se había convertido en arte dándole una radical importancia al carácter disruptivo de su acontecimiento. A diferencia de las demás artes surgidas y claramente delineadas en los últimos siglos, preocupadas por una serie de regímenes de producción, técnica, operación, ejecución, materias primas, maestría, pericia, precisión, idoneidad, espacios de exhibición y objetualidad, el perfomance desvía los controles y genera una interpelación al régimen, al gobierno de esas prácticas artísticas en el sentido político de ejercicio de poder y dominación.

Si bien el performance surge dentro de una necesidad expresiva, animada por un deseo creativo y estético que parte de la diferencia, así como por una crítica a las fronteras establecidas en las artes, no pretende con ello alimentar una anarquía dogmática, sin más, en contra del control y del gobierno de las artes y las prácticas artísticas. Se trata, más bien, de una pregunta por el ejercicio del poder en la producción de las artes y en la manera de ejecución de las operaciones dentro de los círculos en las que se producen. No arremete contra el gobierno sino con la idea de un gobierno jerarquizado y gobernado por expertos, peritos o autorizados. No impugna la autoridad per se, sino la manera en que la autoridad se constituye, recayendo en unos y excluyendo a otros. Diagnostica el modo en que la raza, la clase, el género y otros marcadores corpo-políticos determinan esas jerarquías y, en el ejercicio de ese cuestionamiento, disrumpe como actividad poética, lúdica, psicomágica, restaurativa, ritual, artística, entre otras, más allá (o más acá) de obedecer al juicio erigido sobre cánones y pautas a priorio preestablecidas.

Lo que importa en la práctica del performance es pensar la manera en que se valora el acontecimiento estético y en el impacto sensible que una acción ─en la que cuenta el cuerpo como centralidad y núcleo─ puede generar entre quienes la atestiguan y quienes lo ejecutan. No se reduce a pensar el espacio donde surge, el público que la contempla, ni se afana por ser aceptada dentro de la crítica y el orden curatorial hegemónico (aunque en ocasiones así pueda suceder), mucho menos pretende el mercado (aunque no necesariamente riñe con el mercado); el performance no busca ser fijado, reificado, objetualizado, definido, controlado por algunos conocedores o estudiosos, y mucho menos aspira a clasificar acciones que son performance y otras que no lo son; sus fronteras son sinuosas e irregulares, difíciles de precisar, por lo cual se puede indicar que el performance no quiere llegar a la categoría de pieza o de producto, esto es, a obra de arte, aunque existen performances consideradas obras de arte.

 

FOTOGRAFÍA COMO PERFORMANCE

El performance, en cuanto acción disruptiva, tiene el vigor de generar la pregunta por el sentido de nuestras sensaciones, genera inflexión sobre la manera en que hemos comprendido el arte en la modernidad y abre sendas de exploración para averiguar nuevos horizontes en los que las prácticas artísticas aún tengan cosas que decir. Su acontecer está ligado a polémicas en casi todos sus aspectos, pues, como interrogante, provoca ese momento de perplejidad que lleva a indagar por la razón de prácticas artísticas y por el aspecto estético de los mundos en el que se circunscribe lo cotidiano y lo ritual, lo regular y lo artístico. Es ahí donde se puede señalar que muchas prácticas contemporáneas relacionadas con el cuerpo, en particular aquellas que suspenden lo objetual y que no se ciñen a las maneras tradicionales de obrar con objetos artísticos, ni con sus círculos o circuitos de producción y flujo, pueden ser relacionadas con el performance.

Acciones tan obvias como el ejercicio de la fotografía, tan aparentemente regular, al ser apreciadas desde un ángulo distinto, cambian de perspectiva convirtiéndose en performance al centrar la atención en el ejercicio mismo de disparar la cámara o el acto (en sí) de registrar los acontecimientos. De esta manera la fotografía artística se aproximaría, más que la fotografía de registro o de crónica, a la performance, en tanto que establece un vínculo activo entre lo que registra, el ojo de quien obtura y la circunstancia (espectadores, por ejemplo) en la que ocurre la acción. Incluso, en un juego altamente performático es bastante plausible que en una performance quien registra entra a ser parte activa de la acción, una extensión de la performance, elemento activo en el stage (en caso de que exista).

En las jams de performance de Guillermo Gómez Peña, para citar un caso concreto, apreciamos a los camarógrafos, tanto de fotografía como de video, activados dentro de la acción, articulados como parte de la jam; es decir, quienes registran son performanceros en la medida en que no se ocupan externamente de su “quehacer”, de su “oficio” de registro aisladamente y con ojo de reportero. Por el contrario, el registro es una acción, una performance que acontece dentro de la jam, una labor-performance concatenada a la acción en general que se ejecuta. El fotógrafo es, a la vez, el ojo que mira otros acontecimientos desde un cierto ángulo y registro, convertido en una acción; cuerpo cyborg que anima el archivo y gesta la memoria sin renunciar a ser parte activa del proceso de producción de experiencias estéticas con su propia física, una que combina la materialidad de su cuerpo con la mecánica de la cámara que prolonga su ojo, mientras genera la memoria.

 

 

PLUSFORMANCE: PERFORMANCE, VOGUE, Y FOTOGRAFÍA

Si consideramos que otras acciones como el vogue ─esa manera de danza que surge en Nueva York durante los años ochenta y que ha cobrado una inusitada fuerza en América Latina─ pueden ser performance, entonces, en el acto de registro de dichas performances tenemos algo más que el vogue. En primera instancia nos encontramos con actos disruptivos de la danza en sentido tradicional. Surgido en las fiestas de Brooklyn y el Bronx, el vogue alude a una especie de encuentro entre caminantes y danzarines, una pasarela en la que el cuerpo alude tanto al acto de desfilar como al acto de bailar. Rompiendo el esquema, el vogue no requiere de una auténtica pasarela, de una coreografía planeada y ensayada; tampoco se ciñe a una planigrafía rigurosa para dar sentido a su catwalking. Basta un espacio suficiente que permita el desplazamiento, no necesariamente en línea recta. Una sala pequeña es suficiente. La banqueta de una calle es un lugar perfecto o una vía peatonal. No se requiere más que música y ganas de intervenir un espacio. Una sala de exhibiciones, una galería, pueden ser espacios pertinentes para irrumpir e intervenir con voguing.

De otra parte, si se tiene como participante a aquel que registra estas acciones, ya no con el mero ánimo de crónica, sino con el gusto de relacionarse estéticamente con el acontecimiento, se amplía el espectro de la performance, ya que se involucra la voluntad de producción de fotografía estetizante, artística y, a la vez, el registro de la disrupción. Ahora bien, en tal caso el fotógrafo se involucra en una perspectiva performática puesto que interviene en el espacio como lo hace en la jam de performance; el fotógrafo interviene y se hace cuerpo activo, afectando el contexto con su ejercicio cyborg (humano-cámara). De este modo se plantea una performance que involucra varios procesos, es decir, una acción que articula, a partir de ciertos rasgos de todo el acontecimiento (en este caso el vogue), procedimientos heterogéneos en un mismo ámbito de disrupción. Toda esta actividad junta y articulada desde su acontecer genera nuevas experiencia estéticas, tanto para quienes atestiguan la acción como para quienes se encuentran directamente accionando. De ahí podemos señalar que esta performance encierra varios procesos unidos por factores comunes como lo disruptivo, lo novedoso, el carácter de acción, la producción de nuevas experiencias estéticas y la tensión con las prácticas tradicionales de las que derivan, a saber: danza, pasarela de modelaje, fotografía de archivo o crónica y arte acción.

En una acción de este orden tenemos varias maneras de performance unidas por esos ya señalados denominadores comunes. Sin pretender crear un neologismo se puede indicar que es una “plusformance”. La “plusformance” que aquí se propone involucra, a partir de las características del performance, distintas prácticas artísticas y estéticas tradicionales, dislocadas de su carácter moderno ─el cual las mantiene separadas, aisladas y confinadas a ciertos modos y maneras de ejecución─ para generar una convergencia de las mismas en tanto que acciones. Rompiendo las fronteras que las aleja, que las mantiene mutuamente excluidas, la actividad del vogue (danza y pasarela), la actividad del registro fotográfico y la fotografía artística, se unen en una especie de jamque coteja las experiencias y las complejiza; las abre a una caleidoscópica posibilidad en la  que se combinan, se tuercen, se borran sus límites, así como se desvanece la idea de un sujeto productor como artista en el sentido tradicional. Cada participante es ora dancer, ora modelo, ora posa para el registro, ora simplemente acciona; de igual manera el fotógrafo se sale del rol convencional de ser ojo externo que aprecia el acontecimiento desde los márgenes y que registra el archivo para crear la memoria. Más allá de eso y sin excluir ese rol, el fotógrafo deviene fotoperformancero.

 

 

NI SE COMPRA, NI SE VENDE, PERO SE CAPITALIZA

Una feria de arte busca la compra venta de aquello que es el arte. Aquí surge la pregunta ¿podemos capitalizar con este tipo de arte que es otra cosa que arte tradicional, pues, no hay objeto, no hay pieza, no hay obra de arte en sentido tradicional y hay múltiples actores en un complejo entramado? La respuesta no deja esperar, por supuesto que se capitaliza, pero desde otras posibilidades. Acudir a ciertas jamsresulta una experiencia significativa para muchas personas más allá de la idea de ir a apreciar objetos. Pero, más allá de ese estar conscientes de asistir a un evento de performance, existen experiencias disruptivas un poco más interesantes.

Como se señalaba más arriba, la novedad de las experiencias produce un impacto que lleva al sujeto a su interpelación mediante la provocación de sensaciones disruptivas, esto es, espontáneas y no esperadas. Cuando se acude a una feria de arte y, en la misma, se encuentra un catwalkingque de la nada aparece; cuando vemos a un fotógrafo que surge en el horizonte sorpresivamente, involucrado con la pasarela, podría darse una inmediata sensación de desestabilidad, pero, una vez franqueado el choque, la dinámica puede producir una sensación de perplejidad, grata interrogación y placer por la sorpresa. Sumemos a esto la posibilidad de que el ojo del fotógrafo, ese cuerpo cyborg, habilite una nueva extensión: una pantalla que va proyectando sus fotografías en tiempo real. Todo esto no tiene una manera de colección inmediata, tan sólo el placer de la novedad y la grata interrogación que emerge en el instante de la experiencia.

Pero la documentación, el archivo, el registro que inevitablemente se objetualiza puede ser convertido en fetiche del mercado. Lo decimos descaradamente y sin miedo: en las ferias lo interesante es comprar y vender. Lo señalamos en un sentido muy a lo Warhol, el comprar y vender es tan irrisorio que cualquier cosa se puede vender y en la medida en que el registro de una performance se vende hackea  los mismos circuitos de mercado.  Sea un objeto digital o físico fotográfico, la crónica que relata el acontecimiento ─esa temporalidad atrapada, ese vestigio de lo acontecido─ es un aspecto que una feria de arte podría explotar bajo su régimen de producción de capital y los performanceros aprovechar para obtener capital para más proyectos disruptivos.

De otra parte, pensemos que el registro de la acción puede convertirse en un producto en el sentido tradicional; entonces, se puede capitalizar como experiencia, como registro y como pieza. Si bien la intensión inicial no fue esa y, a sabiendas que hay muchos que detractan de las formas de producir capital, por el exceso de fetichización, lo concreto aquí, o sea, en una feria de arte, es la compra venta de objetos, de cosas. Sin maniqueísmos decimos que el archivo, además del disfrute que tuvieron los testigos de la “plusformance” y que pagaron en su ticket de entrada a la feria, también puede convertirse en una especie de objeto de arte, por lo cual se puede vender, comprar, capitalizar y, por lo tanto, coleccionar.

Con todo lo anterior se quiere hacer un guiño al vínculo entre feria de arte, fotografía y performance, evidenciando que más que discrepancias, las coincidencias y las alianzas entre el performance, la fotografía y una feria de arte, pueden dar más frutos que mantenerse aislados en sus respectivas atalayas, vigilando y resguardando terrenos propios, pero, inmovilizados y quietos en este mundo contemporáneo en el que lo fluido es lo que apremia. Mantener esa postura resulta más conservador que progresista, por lo cual, se hace preciso abrir oportunidades al performance dentro de las ferias para ampliar las experiencias estéticas de las mismas, agotadas porque, de antemano, se presupone de qué van y qué clase de objetos se encontrarán. Por el contrario, irrumpir con una actividad de performance que involucre, en este caso en concreto, vogue, fotografía y performance, enriquece la experiencia y detona procesos inesperados que pueden oxigenar las, en ocasiones, poco aireadas áreas de las ferias de arte.

Yecid Calderon, PhD

Docente investigador

Universidad de la Ciencia y las Artes de Chiapas UNICACH

Chiapas, agosto de 2018.

Fotografías: cortesía de Ángel Amando 33

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