“Una vida ética no es simplemente la que se somete a la ley moral, sino aquella que acepta ponerse en juego en sus gestos de manera irrevocable y sin reservas. Incluso a riesgo de que, de este modo, su felicidad y su desventura sean decididas de una vez y para siempre”.
Giorgio Agamben, El autor como gesto. En, Profanaciones (2005).
La vida es un espacio de libertad, no de sometimiento a un discurso. La vida ética se pone en juego dentro de los espacios del discurso en que crece un ser. El ser como gesto manifiesta una In-quietud por el cuerpo capturado, no oído, no comprendido, una in-quietud por el espacio que lo sostiene, por los significantes del amor. El ser como gesto requiere estar en los discursos que habilitan y autorizan estar con voz dentro de sus contenidos, con otras y otros en una escritura activa, transformadora. En esto consiste el despliegue de la idea de amor a través de sus significantes, ese movimiento intempestivo que una y otra vez regresa de su ostracismo de múltiples maneras, algunas de ellas como una patología, o como plantea Paul B. Preciado (2022), como disforia, como un desajuste en la emoción social 1. Ser es ser escrito para el amor de un lector por-venir, que se arriesgará a comprender aquello que hoy interpretamos como vida verdadera: la palabra acosada, reprimida, vilipendiada y violentada. No se trata entonces de una inquietud solipsista, de la angustia ante la representación del Otro que avasalla con una lógica paranoica. No se trata de temor por el otro; al contrario, consiste en la inquietud del amor. Amor, cuerpo, espacio y vida se intersectan, se transforman entre sí de manera solidaria. Sin esta transformación permanente del espacio por parte de los primeros significantes de amor, el ser queda expuesto a la locura, aislado ante el abismo de ser solo resto gravitando en la nada, en los vacíos del lenguaje (Derrida, 2015). 2 Sin escritura el ser aterra; se abraza; se abisma; se enloquece. Con el Otro que no es ni tu-ni-yo nos preguntamos:
¿La excritura puede tocar la estructura que hace audible la ausencia de la nada en el mito que configura una identidad transformándola?
¿Cómo ha de tocar la excritura la estructura para que haga audible la ausencia de la nada presente en el mito que configura una identidad transformándola?
Contexto de trabajo in situ, atrapados en la cultura estética de Colombia.
En Colombia, a lo largo de su marcha triunfal el neoliberalismo ha devorado los mitos ancestrales multiculturales que permitirían hoy configurar una identidad interseccional (ético-epistémico-estético-política) acorde con las necesidades que las y los jóvenes inquietos expresan en las calles desde 2021, con pertinencia no solo psicológica y cultural pero también con utilidad emocional, y escritural, política, sentimental y social. Frente a la disforia juvenil en marcha, las y los artistas culturales responden con la fuerza de los restos del lenguaje (significantes) que gravitan dispersos en torno a la nada que habita el lenguaje, refugiados unos y otras en las esquinas de una identidad erosionada, afectada por la ausencia de lo inimaginado aún en el planeta Alphaville de Godard. La restancia en la nada del lenguaje puede modelar otro mito y desplazar el orden económico al lugar que le corresponde: subalterno del ser como resto de la totalidad de un mundo aun por-venir. La imaginación tiene la ideoneidad poética para servir a la construcción de una cultura contemporánea, es decir, transmoderna, analítica, interseccional y por ello mismo transcultural.
En primer lugar, la pregunta que nos sale al encuentro es saber si en verdad lo que hay que cambiar en Colombia es el dispositivo económico que actualmente gobierna las subjetividades en todas las dimensiones de lo humano: lo ético, lo estético, lo epistémico y lo político. No son pocos los y las artistas, ciudadanas y ciudadanos que piensan hoy que China le ha sacado provecho al liberalismo económico sin contradecirse. ¿Por qué? Porque, y esta es una tesis secundaria, lo fundamental en países como China es el mito, no la economía, y no hacemos referencia a la ancestralidad de un relato particular, al menos no solo. Un pueblo sin mito es una población, un grupo de despojos rodantes, como las palomas de la Plaza de Bolívar en Bogotá, que no son palomas pero las y los asiduos a este espacio creemos que sí lo son.
Por ausencia de activadores de mitos —léase poetas—, Colombia quedó configurada como un grupo variopinto de “poblaciones”: ¿desde cuándo? ¿Desde su nacimiento como estado independiente? Pareciera que China tiene un mito vivo —no solo se trata de ritual—que ha logrado poner al liberalismo económico al servicio del pueblo. Hay pueblo chino en la medida que hay mito, pensamiento en ronda, palabra rodada, cantada y danzada, inventada y reconocida, identidad cruzada por semejanzas y diferencias dentro un discurso amplio.
Lo que hay que cambiar para transformar una identidad subyugada es el mito, no la economía liberal que, al parecer, a los chinos les funciona muy bien. Como en Colombia permitimos que el neoliberalismo se tragara los mitos locales, las y los artistas deben atreverse a inventar un mito que sea capaz de poner al neoliberalismo a su servicio, y no al contrario. A este respecto proponemos hablar de transculturalidad. Este es el cambio que necesitamos. ¿En qué consiste esta invención, esta transformación del lenguaje? Toda invención auténtica es una práctica transdiscursiva, se expande desde un contexto escrito que clama la mirada de la poeta. Toda invención es una práctica transcultural. Pero, ¿en que consiste esta práctica? Lo excribimos así, como cuerpo que se abraza a otros cuerpos:
La transculturalidad en Colombia se reconoce como el resultado móvil del encuentro entre diversas culturas aglutinadas por la idea de igualdad que se despliega materializándose en las sociedades contemporáneas. En este sentido es parte del patrimonio cultural nacional. Todas las tradiciones y expresiones artísticas que han surgido desde el encuentro entre las culturas nativas americanas y la herencia colonial-moderno-neocolonial, así como con las manifestaciones contemporáneas y urbanas resultantes de este proceso transcultural, preservan y promueven la diversidad cultural, emocional, sentimental y sexual que constituye la identidad nacional colombiana, y, además, garantizan la valoración de las artes y las tradiciones en toda su riqueza multicultural.
Cuando un gobierno por venir entienda la potencia de la voz que nos habla en el mito ausente, que lo que da identidad a un pueblo es la palabra que une y diferencia, cuando comprenda que no es la economía sino el mito lo que une aquello que llamamos pueblo, su Ministerio de Cultura será el real eje de cambio. Cuando entendamos que la identidad de un pueblo parte del mito cambiante, la feria contemporánea de identidades habrá llegado a su fin, no se trata de decir que la economía no sirve, al contrario, es muy importante, decimos que la identidad es aquello de lo que no se puede hablar porque está más allá del discurso economicista consensuado: la identidad se realiza, se inventa más allá del discurso, justo con el despliegue multidireccional del mito. Llamamos transculturalidad a este más allá del límite, a estas prácticas de encuentro que con frecuencia se desencuentran.
Somos población y no pueblo: perdimos la voz, el rastro del mito, y no hemos sido capaces, no hemos logrado la fuerza para inventar uno nuevo. Mito es aquello que transculturando relaciona, algo así como la MAGA de Trump, no es necesariamente ancestralidad. Es cierto, la ancestralidad dispersa de nuestros días sigue en la lucha, pero expertos como Zizek afirman que ya fue contagiada por el neoliberalismo.3
Transición:
Hacen falta poetas. Hay que inventar nuevos mitos para que la voz del mito partido acontesca. Esto es arte: servir un mito, transculturizar la escritura, inventar nuevos mitos, hechizar la vida ingenua y salvaje con la palabra empática y solidaria. Esta es la obligación del poeta, como recuerda Michel Foucault en La obligación de escribir. El rito sin mito, sin escritura, de nuestros días es técnica seca, está vaciado de sentido, es representación formal para palco y binoculares. La ritualidad vacía acusa una falta, una ausencia de la cual no se es consciente. Reconocer esta ausencia es muy importante porque es este reconocimiento el que anima a los y las poetas a inventar otro mito.
Nota: esta reflexión se benefició de un diálogo con artistas, activadores y gestores culturales de la Mesa Amplia por el Arte y la Cultura, MAAC, es especial, con Luís Barreto, Ernesto Gutierrez e Ilich Rojas.
- Derrida, Jacques (2015). Clamor. Madrid: La Oficina.
2. Zizek, Slavoj (2018). El coraje de la desesperanza. Crónicas del año que actuamos peligrosamente. Barcelona: Anagrama.
3. Preciado, Paul B. (2022). Dysphoria mundi. Barcelona: Anagrama.
Zizek, Slavoj (2018). El coraje de la desesperanza. Crónicas del año que actuamos peligrosamente. Barcelona: Anagrama.

