El saber drag: ser es ser visto 

Sin saber que están realizando un bello cuadro para la historia-por-venir, madre e hija se abrazan y saludan. Se trata de uno de los momentos más emotivos y sentidos de la Marcha del Orgullo que se vivió el 29-J, frente a este desolado edificio poblado con todo tipo de signos que invitan a ser leidos, en la calle 24 con carrera trece de Bogotá. La Marcha se detuvo aquí un buen rato y una chica trans y su madre salieron al balcón a saludar con entusiasmo a la batucada, luego de abrazarse bajaron y exultantes se unieron a las marchantes.

El pueblo es más sabio que sus gobernantes, el derroche de creatividad, gracia, ingenio y solidaridad que vimos en las calles durante el 29-J superó con creces la discordia desmotivadora y la rivalidad tóxica entre destacadas lideresas y líderes  Lgbti locales de Bogotá. Ojalá a muy corto plazo, una vez la espuma de la soberbia haya bajado,  realicen una autoevaluación respetuosa con la comunidad y de cara a la ciudadanía hagan las paces por el bien común ausente en esta Marcha de 2025.

Sin duda alguna el cambio de la ruta a un mes escaso de la Marcha afectó su visibilidad, es decir, su proyecto político. El relevo abrupto y hostil de coordinadores de la Mesa Distrital que ya venía trabajando afectó su impacto cultural y favoreció aquello que La Contra-Marcha crítica con mayor convicción, a saber, que la fuerza política de la Marcha del Orgullo queda disuelta por el Show del Orgullo. Toda marcha tiene un componente festivo, y al contrario, ninguna fiesta por sí sola logra un impacto político.

La coordinación de la anterior Mesa Distrital había diseñado un recorrido que favorecía la visibilización de las demandas de la Marcha, porque de eso se trata lo político, de hacerse visibles, de lograr visibilidad más allá del confinamiento en el gueto. La Marcha del pasado 29-J no se vio porque quedó disuelta entre los múltiples sobrevivientes culturales que se resguardan de sus penurias económicas en el centro de Bogotá, justo a lo largo de la carrera séptima, el recorrido “tradicional” de La Marcha. En ruinas de lo que alguna vez fue, la carrera séptima de Bogotá dejó ser el corazón político de Colombia. Previendo el caos en la circulación que genera el desarraigo social en la carrera séptima, en diálogo con la Administración capitalina y EnBogotáSePuedeSer, la anterior coordinación de la Mesa Distrital planeó un cambio de recorrido para potenciar la visibilización y el impacto político de la Marcha. Ser es ser visto, es una verdad sabida por el arte drag, el arte más político de las artes. Se acordó entonces salir del Parque de Lourdes y tomar la calle 63 hasta el Parque Simón Bolívar. El trayecto dispuesto es limpio y amplio, favorecía la circulación y la visibilidad como totalidad, no como grupos inconexos, tal y como en efecto sucedió. La nueva coordinación de la Mesa revocó este acuerdo realizado con la Alcaldía Mayor, con base en un argumento débil: el recorrido por la caótica y desvencijada carrera séptima de Bogotá hasta la Plaza de Bolívar, por sí mismo logra el impacto político que busca La Marcha. El argumento no solo es débil. También es ingenuo. El resultado de este cambio de recorrido es que la Marcha no se vió y por lo tanto se redujo dramáticamente el impacto político que la comunidad busca año tras año. Ser es ser visto, por eso las artes que son expertas en modos de aparecer siempre tendrán un componente político.

La Contra-Marcha tiene razón: Colombia es uno de los países que tiene en su haber cultural el más alto número de rumbas institucionales, pero esto no le ha representado ni significado a las ciudadanías participantes un avance en la garantía de sus derechos fundamentales ni un mejoramiento de la calidad de vida para las personas, quizá con excepción de Petronio, en Cali. Ser es ser visto. La Contra-Marcha no se equivoca al buscar alianzas estéticas con las artes. Y la ciudadanía lo agradece.

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