El hundimiento del Titatic contemporáneo

La reciente acción de Ankara (porque es una acción y por lo tanto —gústenos o no—, performántica), sin ser arte ni política, pregunta qué es el arte y qué es la política. Como ya no se puede interrogar al asesino a este respecto, o a sus motivaciones más íntimas respecto al arte y a la política, por ello mismo, su golpe al arte y a la política se siente mucho más y exige envolver esta acción con palabras. ¡Las nuestras! ¡Los dolientes del arte contemporáneo!

Sí. De acuerdo. ¡Es más ¡blá, blá, blá, blá! Con sinceridad, nos reclaman algunos amigos y amigas. Pero, es que las cosas no están hechas de barro, como muchos aún creen. Están modeladas con ese material sensible e intangible que es el blablablabla, que es el hombre mismo. Particularmente, en Arte y Política todo es ¡blá, blá, blá, blá! Todos sus entramados se sostienen con ¡blá, blá, blá, blá! ¡La imaginación está en el desván!

Como requiere Diógenes el Cínico, hoy se necesita una linterna para salir a buscar un artista imaginativo. Pero todos andamos ocupados. ¡Traficando! ¡Lagartiando! ¡Lambiendo!, como afirma hoy Antonio Caballero en la Revista Semana. En síntesis: ¡vendiéndonos! En la actualidad, ¡todos queremos vender! ¡Es tan humano vender! ¡Vendimos la libertad del arte por un pedazo de natilla! ¡Las nutritivas lentejas son cosa de un pasado arcaico!

La linterna que reclama Diógenes es la crítica. Pero, ¡ay! ¡ay! ¡ay!  —(recuperado el aliento vuelvo a exclamar ¡ay! ¡ay!)— los artistas comerciales se tragaron su propia libertad, se devoraron la crítica con su pedacito de natilla. ¡Y no se percataron! Sin duda alguna, sin crítica somos más felices.

Hoy se comercia con todo y con todos. ¡Hoy se vende lo que sea¡ ¡El comercio es infinito! ¡Alabado sea el Divino Niño y su Natilla! ¡A Dios ­–o al Diablo‑ la crítica!

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