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Ana Isabel Díez: pajaritos de oro

En Antioquía, la expresión pajaritos de oro tiene el sentido de aquello que en Bogotá se capta con la expresión “le pintaron pajaritos en el aire”. Estas dos figuras de la cultura popular reflejan las artimañas de las cuales se vale la tradición colombiana para suavizar la violencia de la cultura machista sobre los cuerpos de las mujeres. Ana Isabel Díez piensa estás violencias y las elabora con los recursos de las artes, herramientas expresivas que la artista usa con esmero, destreza, perspicacia y respeto. Una vez más, Díez deja claro que es una artista cuyo talento clama por una escritura crítica, que tiene solvencia imaginativa aunada a destrezas técnicas, unas prácticas que hoy en día son poco cultivadas por los artistas debido a que no son apreciadas en los espacios oficiales de vanguardia. Sin embargo, las imposturas argumentativas en boga no hacen mella en la voluntad de arte de Diéz, tampoco en su vocación de imaginar y ficcionar realidades otras de sentido. Sin decirlo de manera expresa, la artista sabe que la imaginación artística iguala y libera, y que el argumento discursivo somete y humilla. Esta es la diferencia entre modernidad y posmodernidad, entre arte de verdad libre y la verdad de segundo orden, propia del mercado, del espectáculo de feria.

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Con la exposición Pajaritos de oro, Díez continúa con aquellos ejercicios de libertad que fueron traslapados entre la simbólica contrarreformista incrustada en el Museo Santa Clara de Bogotá, durante su propuesta para VIII Premio Luis Caballero.   Pajaritos de oro va más lejos. Mediante el despliegue libre de su imaginación, la artista se aleja de los cantos de sirena de la actualdiad para estar más cerca de sí misma y de la realidad que en verdad le inquieta. Y acierta, pues, la cercanía con frecuencia aleja al artista de su realidad más sentida. A pesar de que en En-bola-Atados —la propuesta para El Caballero—, Díez se pone en los zapatos de las mujeres violentadas por las guerras colombianas, sus acciones no logran que el espectador vea estas violencias a pesar de que la artista se las pone ante los ojos. Así de ciega es la época actual.

Pajaritos de oro logra finalmente aquello que Díez se propone en En-bola-Atados. Al imposibilitársele la oportunidad de hablar con las mujeres objeto de tráfico sexual internacional, debe cambiar sus estrategias creativas. ¡Incidente feliz! Atrapada en esta coyuntura ética, Díez recurre a su imaginación y le confía sus ideas. Recoge fotografías de mujeres violentadas, pasaportes de mujeres y visas de varios países. Con estos datos, se imagina la red del tráfico de mujeres, el negocio ilícito que proporciona más estiércol dorado después del tráfico de drogas y del tráfico de armas. La artista inventa hojas de pasaportes, dibuja retratos de visas y recrea sellos de entrada y salida de los países que configuran la red del tráfico de cuerpos de mujeres, el más infame de los tráficos.

Pajaritos de oro está compuesta de cuatro ejercicios: un bello conjunto de dibujos de pasaportes, una instalación no muy afortunada de cerámicas de pajaritos dorados, unos cuadros en formato pequeño en los cuales la artista entreteje la imagen de la La Pola del billete de $10.000 con la imagen de George Washington del billete de un dólar, y, finalmente, un libro de artista pequeño en el cual con frases gnómicas se recuentan  las cualidades de las aves en analogía con las virtudes de las mujeres.

Por los puntos rojos que señalan el interés de los espectadores en las obras de Díez, al parecer las cerámicas son las que más llaman la atención de los coleccionistas. Una vez más, el dorado cumple su función de descrestar al señor burgués. A mi manera de ver, el aspecto más importante de la muestra lo constituyen los delicados dibujos de pasaportes y dentro de ellos los preciosos retratos de mujeres que requieren una palabra amable pero sincera que limpie las heridas de la guerra.   Dentro de estos retratos en miniatura está un retrato de la misma artista. Díez logra su objetivo: exponerse en los zapatos de las mujeres violentadas. En esta oportunidad, su imaginación juega en su favor, así la serie de miniaturas pasen desapercibidas para el espectador, individuos sedientos de formatos ostentosos, de cuadros semáforo, como Marta Traba los llamaba.

La exposición puede apreciarse en la Galería Alonso Garcés hasta el 18 de junio de 2016.

 

 

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