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¿Comprar o no comprar? ¿Comer o no comer?: Un proyecto de Fernando Pertuz en el espacio de arte contemporáneo Van Staseghem

There is fire on the mountain
And nobody seems to be on the run”

Asa.

El Espacio Van Staseghem no es muy conocido todavía dentro de los seguidores del arte contemporáneo en Bogotá, pero se proyecta como centro contemporáneo para prácticas artísticas diversas, nos dice su director, el artista Lorenzo Freydell.

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Este lugar ha dado asilo a las Ideas de Fernando Pertuz,  uno de los artistas contemporáneos  más consecuentes de los últimos lustros en Colombia. En una época en que sus artistas giran en torno al sol-dólar que más caliente, ser fiel a sí mismo se convierte en uno de los criterios con que los procesos artísticos deben ser recibidos. Freydell toma distancia respecto al parasitismo que determina la relación entre artista y curador, o entre artista y galerista. Su colaboración está motivada por la necesidad de crear otros espacios de encuentro para las artes, alternos a aquellos que están férreamente determinados por la usura monetaria.

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Ser o no ser ya no es la cuestión. El dilema del  Hamlet, el crítico de arte de Dinamarca, ya no es la existencia arrebatada por la ignomia de los dictadores  elegantes como O’Brien. Ya no tenemos ser, ha escapado, se ha refugiado en un lugar secreto, asequible sólo a iniciados: ¿los artistas que también se han puesto a salvo de la mano negra del capital? Sólo nos queda gozarnos las basuras y alimentarnos con las bellotas que generosamente distribuye el Ingsoc, el partido de “los proles”. Sólo nos queda Eurasia, Estasia y Oceanía. De estas comarcas de escombros y muñones humanos  sólo restan sus banderas, el rojo, el negro y el blanco. El azul es interrogado permanentemente por el sofisticado O’Brien en el Ministerio del amor. En efecto, el asunto contemporáneo sólo va en una dirección: comprar o no comprar.  Si comer hoy o esperar hasta el día siguiente, tal y como recomienda el Ministerio de la Abundancia.

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Pues bien, Pertuz ha concebido una obra anti transgenestética, la cual muestra toda su potencialidad en un momento en que las estéticas contemporáneas han sido sometidas a todo tipo de intervenciones monetaristas que han desdibujado la tradición emancipatoria del arte contemporáneo, a tal grado que los criterios de feria comercial, del decorativismo contemporáneo,  es lo que anima las grandes puestas en escena de muchos de los productos artísticos de nuestros días. Aunque esta idea aparece como subtexto en su proyecto, Pertuz tiene claro que debe evitar la contradicción del artista anticapitalista: querer vender a cualquier precio. En efecto, toma distancia con respecto a vender vendiéndose, pues, un artista puede vender sin venderse porque tiene que comer, o si no sus ideas desaparecen, es decir, Pertuz vende pero sigue  fiel a sí mismo. ¿Qué es el sí mismo? Las ideas. ¿Y qué son las Ideas? La pasión de sus convicciones  puesta en escena.

 

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Ahora bien, los alimentos transgénicos son una de las preocupaciones del artista. Ésta es una preocupación dietética, en el mejor de los sentidos. Toda dieta expresa una preocupación por el cuerpo, implica toda una serie de cuidados con el entorno y con el cual el cuerpo se relaciona, acciones que, como bien lo vio Foucault, implican una ética y una estética de la existencia. Este cuidado de sí lleva a Pertuz a preguntarse qué cantidad de transgénicos consumimos sin nuestro conocimiento, cómo es posible evitar la comida para cerdos que distribuyen marcas de prestigio publicitario, y cómo evidenciar las técnicas de dominación que ellas despliegan con la complicidad de los gobiernos locales, ávidos de corrup-dólares, entre otras ideas.

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Pertuz ha pensado con cuidado las tres salas del espacio. Las ha identificado con colores, que bien podrían corresponder a algunos de los colores de las banderas de alguna de las potencias económicas que pone en evidencia. Blanca es la Sala en que los líderes económicos del planeta saludan graciosamente a sus subordinados. Negro es el muro norte de la Sala en que un ensamble de armas ha sido dispuesto. Las “armas de alimentación masiva”, como las llama intuitivamente, han sido modeladas con logos impresos de las  empresas multinacionales que  vigilan sus colonias y posesiones  planetarias.  El muro sur de esta Sala fue pintado en rojo y en él se representaron las posesiones de El Capital, dentro de las cuales se destaca Colombia y sus productos vitales. Pertuz usa la forma de los tradicionales lingotes de oro para simbolizar la extracción de nuestros recursos más vitales. Finalmente, negro y blanco son los muros de la Sala en que realiza una instalación que tiene como epicentro un austero carro de supermercado para “proles”, intervenido con  el tejido artesanal característico de los canastos tradicionales para hacer mercado. El carro aguarda un mercado de barrio, austero y marginal,  que ha sido separado del mundo y convertido en objeto de culto, en bodegón compuesto para ser contemplado. Algunos artistas contemporáneos  ya han empleado estos recursos estéticos y estas estrategias políticas para cuestionar el sentido de nuestra época. En efecto, Hans Haacke es uno de los referentes de Pertuz. No obstante, el asunto aquí no es indagar acerca de la originalidad de las ideas, pues no hay ideas originales, tan sólo diferentes maneras de hacer presente las fuerzas en conflicto que ellas hacen visibles.  Sin duda alguna, Pertuz conversa con Haacke, pero lo hace desde una problemática concreta y personal. El asunto entonces a valorar es cómo el artista relaciona los recursos físicos de que hizo uso y cómo transformó una materia orgánica e inorgánica en signos expresivos, y, por lo tanto, comunicantes.

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El sentido de la exposición toma forma una vez hemos meditado el humilde bodegón que nos ha salido al encuentro y en que parece enraizar toda la propuesta, bodegón compuesto por una botella de aceite ordinario, un cuartico de maizena, un paquete de café, un cuarto de mantequilla, una libra de lentejas, una de arroz, una veladora y otros productos. Allí donde un ciudadano anónimo ve objetos cotidianos que le ayudan a pasar los sinsabores diarios, el artista aprecia composición, color, entre otras cualidades estéticas. Pero Pertúz ve más. Ve marcas transnacionales, ve regímenes de explotación y de dominio. En el bodegón no aparece una Coca-cola, porque este falo-objeto es un episodio del arte colombiano de los años setenta del siglo XX.  Al recoger estos objetos en su bodegón, con seguridad sin ser ésta su intención, Pertuz ha realizado el primer bodegón contemporáneo en Colombia. Se trata de una naturaleza muerta para una contemporaneidad liberalizada por las mercancías, y en la cual ya no estamos en posesión de criterios que nos ayuden a diferenciar “lo artístico” de “lo cotidiano”, lo imaginario de lo real, según Arthur Danto. He aquí el delirio liberal.

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Las ideas de Pertuz  pueden tener despliegues posteriores, pues, se pueden crear otros  bodegones  que contrasten la austeridad  que el artista ha constatado en los hogares de muchas familias “proles”. Pertuz no ha hecho este contraste porque este bodegón de canasta familiar sub-básica para los que Orwel llamó “proles”, se encarga de mostrarnos de manera ostensible lo que oculta: los carros de mercado XXL que desbordan con todo tipo de comestibles y mercancías en los grandes hipermercados. Comprar o no comprar es una obra meditada con cuidado, madura, que nos muestra, como siempre,  a un Pertuz apasionado con lo que hace y a veces desbordado, pero  con un manejo formal cada vez más tranquilo, seguro de sus herramientas plásticas, que con seguridad seguirán sofisticándose en  elaboraciones posteriores.  Pertuz se mueve entre dos aguas y eso es bueno, entre el activismo intenso del Doctor Krápula y la poética sutil de Asa. A corto plazo de aquí puede emerger algo con la intensidad del primero y las promesas de la segunda.

La exposición puede verse en Espacio Van Staseghem, carrera 7bis No. 124-64.

Fotografías: cortesía de Fernando Pertuz

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