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Quieto Pelo: un proyecto de Liliana Angulo en Valenzuela Klenner Galería

Recientemente un grupo de artistas  afrocolombianos ha venido pidiendo la palabra y abriendo espacios en el arte contemporáneo  de Colombia, un campo predominantemente falologocéntrico, ajeno, paradójicamente, a los problemas más álgidos que los artistas  contemporáneos internacionales han abordado, como lo son las discriminaciones por cuenta de ideologías sobre la  raza o el género.  Esta mirada afro a nuestras prácticas sociales y culturales ha enfrentado con coraje la ansiedad y el horror que suscita aquello que ha sido reprimido, que una y otra vez regresa y reclama lenguaje. Estos artistas  han refrescado con sus iniciativas creativas unos espacios de exposición agotados por la endogamia plástica que caracteriza al arte colombiano, por su compulsión discursiva en el arte contemporáneo y sus taras sociales ya tradicionales. La diferencia en la cual se están afianzando se ha convertido en una alternativa expresiva que puede servir de ejemplo a otros creadores con mucho talento pero que no tienen nada que decir, excepto por  los clises desgastados y las poses amaneradas que engendran las endogamias acabadas de mencionar.

 

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El arte afrocolombiano ha tenido el coraje de comenzar a pensar su diferencia de manera personal, aunque no para reforzar los atavismos falologocéntricos de una cultura blanca y católica,  debilitada por su hipocresía y crueldad, el esnobismo y  el fanatismo que la caracterizan. Al contrario, el propósito de estos artistas consiste en reconfigurar esa realidad a la que hemos sido sometidos, más allá de los cilicios culturales y de  género con los cuales hemos sido indoctrinados. La esperanza que surge con el arte afrocolombiano que hoy comienza a encontrar acogida en los espacios de vanguardia bogotanos y en las instituciones promotoras de cultura como el Banco de la República, puede animar el pensamiento de otros grupos humanos que han sido reprimidos con la misma crueldad. El ejemplo afrocolombiano puede trascender los intereses específicos de sus culturas e interactuar con otras visiones de mundo que, a diferencia de Penélope, tejen en la noche con persistencia un sueño pero son obligados a destejerlo en la soledad de su día a día.

 

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Quieto Pelo y Afro-Souvenirs son las palabras de las cuales se vale Liliana Angulo para articular sus inquietudes creativas  en los tres pisos de la galería Valenzuela Klenner. Quieto Pelo, en el tercer piso, es un conjunto de documentales que recogen acciones performáticas que la artista ha realizado en compañía de mujeres que han tenido que idear estrategias diversas  para sobrevivir la violencia cotidiana, recurriendo a mantener algunos rasgos característicos de la cultura afrocolombiana. Afro-Souvenirs en el primer y segundo pisos, consiste en una exposición de fotografías que Angulo ha realizado a todos los indicios que han llegado hasta sus manos desde  diferentes fuentes, los cuales le susurran clisés, atavismos, mitos, ideologías y esperanzas acerca del ser afro, un ser fragmentado en las representaciones que de él ha realizado la cultura blanca, católica y heterosexual. Una mirada familiar y extraña a la vez, distanciada y cercana a estos indicios fragmentados que Angulo guarda entre sus pertenencias personales, le permiten esbozar un relato no verbal que le sirve como precomprensión para abordar su actividad con las peinadoras de Buenaventura, Quibdó, Cali, Medellín, San Andrés y Cuba.  Este es un trabajo de varios años que Angulo ha podido realizar con el apoyo que ha recibido del Banco de la Republica mediante su programa Obra Viva, y que hoy Valenzuela Klenner Galería acoge en sus espacios de circulación.

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Angulo piensa en su proyecto problemas como el cuerpo, la representación y la acción performática. Tiene el propósito de consolidar una práctica estética de resistencia, de cuestionamiento creativo de los atavismos que aún agobian los procesos de auto-comprensión y auto-reconocimiento de las culturas afrocolombianas. Esto no quiere decir que estos problemas sean específicos de estas culturas, pues otros grupos humanos colombianos que no nos identificamos con el dispositivo falologocéntrico de Occidente, padecemos la misma pobreza espiritual que estas limitaciones ideológicas determinan. Significa sólo que su interés, quizá por el momento, consiste en evidenciar estéticamente unos problemas que sólo podrán resolverse políticamente, por medio de un activismo estético que empodere políticamente  no sólo a los artistas afro. Me da la impresión que su deseo consiste en ayudarse a crecer con todas aquellas mujeres afro que luchan diariamente por darle coherencia  y consistencia a sus vidas. Considera que las peinadoras afro con las que ha interactuado en los últimos años son sus iguales, sus compañeras de lucha.

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Angulo piensa la condición afro en nuestro país y nos la presenta en imágenes que nos hablan de manera directa de las luchas por la igualdad y la libertad de los pueblos afrocolombianos que quieren mantener una diferencia vital. Tiene presente una consiga de los activistas estadounidenses durante los años sesenta del siglo XX:  black is beautiful. No obstante, la belleza negra que le interesa a Angulo no es sólo estética o sensorial. Los registros de las acciones plásticas que ha implementado y  nos presenta en Valenzuela Klenner Galería, nos muestran que la belleza es un cuidado del otro y que en este caso específico se realiza por medio del cuidado del cabello. La belleza negra es una ética, una relación primordial, sin relacionismos estéticos. En esta medida la consiga estadounidense gana en Colombia una determinación más fundamental, a tono con el pensamiento artístico contemporáneo que hace resistencia al modelo de mecanización y racionalización global.

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Angulo es una artista culta, por lo tanto sencilla cuando habla de su trabajo. Sus inquietudes estéticas  evitan la pedantería que caracteriza a algunos  artistas y críticos de arte  contemporáneo en Colombia, así a veces esté tentada a dar su brazo a torcer ante el asedio de los discursos de moda. Desea que se mire su trabajo como un proceso, como algo que está en permanente trasformación, como un conjunto de ideas que la han llevado a experimentar opciones creativas inéditas en contextos de creación marginales. Si ahora está en una Sala de Exposiciones, lo hace teniendo presente que éste es un espacio no convencional, libre y abierto a la experimentación. Angulo es una artista joven  y ojalá sus ideas se mantengan así: realizándose y transformándose de manera permanente en aquellos  lugares específicos que desea reconfigurar estética y políticamente.

En mi conversación con la artista, pude apreciar que no  se siente cómoda ni bajo la sombra de la teoría etnográfica, ni iluminada por los flashes de la moda relacional. De la primera elude su pretensión  objetivista; a la segunda la ignora porque no sabe qué es, no porque no esté en capacidad de comprender esta teoría. Su distanciamiento  se debe a que sospecha que este discurso puede ser una banalidad contemporánea más que cumple lo que promete toda moda: trivializar asuntos relevantes para nuestra auto-comprensión.

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Hemos llegado al punto álgido del proyecto de Angulo. Si no se trata de describir prácticas culturales que han perdido su horizonte y vitalidad, pero tampoco de propiciar relaciones en contextos que por sí mismos ya son relacionales de manera primordial,  a corto plazo Angulo deberá considerar darle  un carácter más específico a sus ideas para evitar esas connotaciones de moda con las cuales no se siente cómoda y que pueden desconfigurar unas ideas frescas en torno a los problemas que surgen cuando una mujer afro como lo es ella, se pregunta por su ser de mujer afrocolombiana nacida y criada en Bogotá. Los artistas contemporáneos  en Colombia no piensan abstracciones filosóficas, pues, son atraídos por lo concreto marginal. Además, el ser que modelan está pensado con herramientas sensibles como  el tacto y el gusto; con ellas abren espacios para potenciar la disposición primordial de los seres humanos: cuidar de sí y del otro. ¿No es esto lo que apreciamos en el culto y los rituales en torno  a los arreglos del cabello en la cultura afrocolombiana? ¿No es esta una de las diferencias que distinguen a este grupo humano de otros pueblos aquí en Colombia? ¿No es esta la lección aprendida por Angulo respecto a que en  el arreglo del cabello afro existe una práctica de resistencia política? ¿No fue esta una de la hipótesis que se formularon en Viaje sin Mapa? Sí es así, Angulo deberá considerar y asumir su práctica artística como un activismo que crea un espacio estético-político alternativo en el cual los afrocolombianos pueden interactuar con otros colombianos. De esta manera desambiguará unos procesos  creativos que tienen muchas posibilidades expresivas y que a futuro prometen trasformaciones estéticas importantes con repercusiones políticas. La desambiguación que reclama su trabajo, evitará que el algún crítico la coloque al lado de los muchos flâneurs del arte contemporáneo que, impunemente, hoy  van por el mundo, miran y se aprovechan de las miserias que padece nuestra época.

Fotografías: cortesía de Jairo Valenzuela y Liliana Angulo

Galería: País Salsa

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