Vanity Fair

No se sabe quién es más pretencioso, si una empresa comercial que reclama a la justica el estatus de obra de arte  para uno de sus productos, o un funcionario estatal que declara respecto a la legalidad y legitimidad de esta demanda.  ¿Por qué el Estado debe determinar qué es una obra de arte? ¿Qué o quién lo autoriza? ¿Quién está legitimado para pronunciarse al respecto? ¿Qué tipo de prácticas determinan esta autoridad? ¿Burocraciar, historiar, hacer crítica o producir signos? ¿No existen procesos históricos y críticos que permiten considerar el componente artístico de un objeto? No hay duda de que si el producto comercial de marras es declarado una obra de arte, quien haya propiciado este desmadre hermenéutico deberá explicar públicamente cuáles son los aportes del este objeto  a la comprensión que de sí tiene un o una artista.  ¡Este es el quid del arte!

Si esta información hubiera circulado el 28 de diciembre, habría pasado por desapercibida.

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