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Wilson Díaz: lamento por la música perdida

Sin excepción los artistas nominados para la sexta versión del premio Luis Caballero se quejaron respecto a que sus ideas no han encontrado un mundo en el cual enraizar. Como acontece con la mayoría de los artistas colombianos, sus pensamientos cayeron en tierra yerma.

Mediante cada una de las exposiciones de los nominados, uno tras otro,  los artistas pudieron constatar que los colombianos pacemos junto a otros animales. No obstante, pese a que nadie se arriesga a escribir sin contraprestación acerca de sus proyectos, se los juzgará para poder otorgar el estímulo Distrital más importante a las artes plásticas y visuales de nuestro país. Los que van a morir estéticamente esta semana parecen preguntarse: ¿cómo se puede juzgar el trabajo de un artista si previamente el lenguaje no lo ha acogido y ni ha hecho el esfuerzo por comprenderlo e inscribir sentido en sus propuestas? A Wilson Díaz le correspondió la peor parte en esta versión: el desmantelamiento moral de la Galería Santa Fe. Ahora, el pendón de la Galería anuncia que su exposición va hasta el 30 de diciembre, pero  el Idartes  anunciará el ganador esta semana sin que hayamos tenido tiempo suficiente para  comprender y pensar  sus ideas, las cuales, por su sencillez y espontaneidad, constituyen la apuesta visual y conceptual más interesante de esta versión del premio.

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El arte contemporáneo que pasa por nuestras instituciones  no tiene amigos, sólo tiene  intereses económicos, o, como decimos coloquialmente, una clientela cautiva, fiel: los incondicionales que tienen su campo de acción en el presupuesto estético del Distrito Capital. Lo inexplicable estéticamente  es explicable burocráticamente. Tal y como lo exige un proceso de comprensión serio, no se otorgó el tiempo adecuado para que el jurado y la ciudadanía en general asimilaran la propuesta de Díaz; aparentemente, porque  la burocracia estética, encabezada por la Alcaldesa Mayor, no quiere desaprovechar la oportunidad de blanquear los pésimos resultados de una pésima gestión, en todos los campos, con el glamur  de un evento artístico. Ya ni siquiera abren la Galería por la mañana. El miércoles 14 de diciembre fui a las 10 A.M., tenía en mente refrescar algunas imágenes para este texto y ponerlas a tono con las ideas que Wilson Díaz expresó con claridad el martes 12 en su coloquio con Camilo Ordoñez y María Sol Barón en la acogedora librería de la Universidad Nacional de Colombia. Eran las 11 A.M. y la Galería no se había abierto. El vigilante me informó que la Galería estaba abierta, pero que sólo se podía entrar hasta  los baños, todo debido a que el guía no se había hecho presente esa mañana.

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La flor caduca de la hermosura de su gloria, una cita de Isaías, articula la propuesta de Wilson Díaz para el premio Luis Caballero. Aporta la lápida que generosamente cubrirá el sarcófago  de un  occiso más en esta sociedad gobernada por un dios borracho, por ende violento, narcisista e indiferente, del cual todos y todas fuimos creados a su imagen y semejanza. De todos los nominados, Díaz es el único artista en lamentar visual y públicamente  la pérdida de la Galería Santa Fe. De manera limpia y sin ningún amaneramiento u oportunismo, incorporó  como epítome este elemento político y coyuntural a su breve historia de la violencia en Colombia. Al traer a la contemporaneidad una idea del Antiguo Testamento, el artista no pretende explicar el mundo contemporáneo con ella, para eso están los sociólogos y los historiadores. Tampoco quiere evangelizarlo, así estemos urgidos  de horizontes de emancipación alternativos a los que nos ofrece un statu quo cada vez más sutilmente radicalizado mediante la propaganda mediática en favor de una guerra eterna como garante de una justicia infinita. Trata de ensamblar elementos heterogéneos que, a pesar de su diferencia específica, comparten  algo común, así sea algo inenarrable y haya tenido que abordarlo de manera indirecta, como le corresponde a todo creador con talento: unos crean para innovar técnicamente, otros para emancipar la sensibilidad humana. Díaz está entre los últimos, la técnica se inclina humildemente ante la imaginación del artista. En los artistas limitados de imaginación, la técnica subyuga al artista, lo pone a su servicio.

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La búsqueda de este común sensible que determina la violencia e indiferencia de los colombianos, es lo que inquieta a Díaz, así sea de manera intuitiva, una dimensión cognitiva apreciada por el artista. El ensamble de épocas distantes y de elementos heterogéneos  trae consigo la esperanza de que de este encuentro fortuito propiciado por el artista, surja una luz que nos ayude a comprender y ver mejor lo que pasa por verdad en nuestro país. Los artistas no tienen vocación de verdad administrativa,  tampoco Díaz. Quizá es el único de los nominados a este estímulo que tiene claro que la ficción, la ordenación de los heterogéneos, es la única  manera en que internamente la verdad accede al discurso. Las verdades administrativas no nos permiten  ver el régimen discursivo que las determina, a saber, las ficciones mediante las cuales los historiadores nos persuaden de las verdades externas con que pretenden legitimar sus relatos. El proyecto de Díaz consiste en la construcción de una historia por medio de las parodias que piensan los artistas para hablar de política y no morir en el intento. Nos cuenta  la historia reciente de Colombia con base en una colección de vinilos de 33, 78 y 45 R.P.M que ha venido realizando. Como artista visual y plástico, le interesan las carátulas de los discos, como protagonista de un grupo musical, le interesa parodiar las parodias artísticas cuando se han visto atrapadas por el partidismo político.

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A pesar de que su intención consiste en parodiar las parodias del arte a la política partidista en Colombia, y para producir un efecto positivo que renueve nuestra comprensión, el proyecto de Díaz no es efectista ni truculento pues no se apoya sino en sus intuiciones. Tampoco se conforma con ofrecer un espectáculo visual gratuito con cargo a las cuentas del Estado. Al contrario, es limpio y esperanzador, sus gestos nos llevan a plantearnos preguntas inquietantes acerca de cómo hemos logrado sobrevivir a la barbarie que caracteriza la guerra colombiana. La respuesta que nos sugiere es que la parodia es la estrategia de pensamiento que nos permite hacer catarsis de todos nuestros males. El talento para parodiar nos hace felices.  Así las parodias parodiadas por Díaz aparentemente nos indiquen que la guerra colombiana tiene visos de ficción, este gesto se constituye  en  el disfraz para entrar críticamente en el juego de la política del arte. La crítica efectiva es aquella que se hace por medio del juego de las artes. Otras formas de crítica corren el riesgo de ser censuradas, como aquella que el artista padeció en carne propia en Displaced, la exposición curada por María Clara Bernal.

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Díaz tomo varias decisiones respecto al montaje. Abrió las ventanas del sector sur de la Galería, las cuales estuvieron condenadas durante toda esta versión del premio. La misma acción fue realizada con las ventadas del sector norte, sólo que aquí optó por esmerilarlas para que la luz entrara sin el paisaje comercial al que dan acceso. El resultado de esta intervención es altamente positivo, pues, la luz natural adquiere peso simbólico en esta puesta en escena. En el mismo norte, en el muro oriental, diseñó una línea de tiempo, como la denominó María Sol Barón, construida con las carátulas de los discos, las cuales fueron instaladas a ras del piso  y en diálogo con un sócalo amarillo alto que el artista pintó sobre este muro. Hacia el sur, en ese  mismo muro, instaló varios textos levantados con carboncillo de coca, alusivos a los agentes y protagonistas del conflicto colombiano. A lo largo del muro oriental instaló una serie de pinturas en las cuales se amplían melodramáticamente algunas de las carátulas que comprimen la gestualidad pastoril de los colombianos y de la cual no han podido dar cuenta nuestros sociólogos e historiadores. Ahora bien, si no queda en claro la función paródica que cumplen las  pinturas y que la modernidad no es equiparable a arte abstracto, no se comprende el proyecto figurativo de Díaz. Sin este realismo paródico es imposible comprender el misterio detrás del estado de cosas que configura la instalación del último nominado al premio Luis Caballero. El misterio, nos dice Agamben, sólo puede ser desvertebrado desde la parodia.  El misterio surge desde el momento en que Díaz decide mesclar los  imaginarios comprimidos en las carátulas de los discos, los rastros que nos ha dejado la  música, y las indicaciones de los textos críticos que cita el artista. Por el juego virtuoso con todos estos elementos heterogéneos y transdisciplinarios,  Wilson Díaz debe ser considerado por el jurado para otorgarle la distinción del último premio Luis Caballero.

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