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A propósito de una querella entre capitanes y marineros

Durante los últimos veinteaños, el Estado colombiano reideologizó las prácticas de los artistas.

Siguiendo protocolos internacionalistas, visibilizó a unos pocos y a los demás los desterró al infierno de la indiferencia estatal. Perfectamente se puede afirmar que durante estas dos décadas se modeló un arte oficial sensible al menor guiño del mercado y acorde con las consignas del arte global. En particular, esta ideología económica es la responsable del estancamiento expresivo de la pintura y de su destierro del concierto nacional artístico. A los ojos del sistema, la pintura perdió credibilidad crítica. Supuestamente, perdió actualidad debido a que no es suficientemente crítica con el sistema económico promovidopor la aristocracia consumista internacional. El sistema se alimenta y deleita con la crítica estética. La crítica estética es señal inequívoca de distinción.

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Por razones ideológicas, la pintura perdió ascendencia en las sociedades democráticas y se hizo necesario promover otros medios expresivos.  Actualmente, el modelo neoliberal requiere una crítica susceptible de ser codirigida por  agentes externos al arte, por ello mismo la restringe a las artes etnocéntricas que reivindican lo popular o modelan relaciones y fraternidades sumisas al arte conceptual anglosajón. Esta crítica tiene méritos encomiables: en primer lugar, no perturba el orden económico mundial ni incomoda a sus amanuenses; en segundo lugar, hace caso omiso de los sometimientos económicos contemporáneos, pues, de ellos se lucra con todo tipo de prebendas; en tercer lugar, no se inquieta  por la manera en que se distribuyen los bienes y las riquezas comunes. En cuarto lugar, exalta acríticamente los cilicios culturales. Así se entiende la crítica artística de la llamada contemporaneidad artística. No hace  falta adornar este argumento  con  nombres ilustres ni insistir en el divorcio entre artistas y ciudadanos que aqueja al arte colombiano. Sí es necesario mencionar que agentes del Estado colombiano prefieren no hablar de arte colombiano.

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Artistas perspicaces e imaginativos, pero marginados y humillados por la sectarización del mercado, actualmente buscan un mecenas privado o estatal con el propósito de reivindicar la pintura colombiana como instancia crítica. Legítimamente, muchos artistas plantean preguntas acerca del lugar de la pintura dentro del nuevo orden global, aquel en el cual el mercado sólo promueve la actividad de los artistas etnográficamente correctos, aquellos que sin más exaltan la cultura y la tradición, que  no se preguntan por el origen del dinero que reciben a cambio del reforzamiento plástico de los atavismos más retardatarios. El maestro Oscar Salamanca, por ejemplo, tiene una idea excelente: promover la realización de un Salón nacional de pintura. Su realización implica vencer muchas resistencias y requiere muchos apoyos, pero es viable. La propuesta invita a pensar la pintura en nuestro aquí y ahora. Se puede pensar por lo menos en un Salón Distrital de pintura. Sin embargo, otras ciudades estéticamente menos ideologizadas, podrían asumir el reto de liderar este espacio que reclaman los cientos de pintores excelentes colombianos.

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A pesar de que en muchos países la pintura es una alternativa expresiva que mantiene toda su vitalidad crítica, en Colombia la inactualidad ideológica de la pintura incomoda a las elites “críticas” y es proscrita de muchos espacios de presentación y exposición públicos. No se entiende que   la pintura crítica no es partidista. La política de la pintura consiste en decir no a las coordenadas estéticas de la oficialidad global y en  crear  espacios de igualdad. La pintura contemporánea no está enclaustrada en el elegante marco burgués que le prescribió la modernidad. Para sobrevivir, la pintura se adecua a la exigencia de las rupturas discursivas y rompe el cerco del dinero que la mantiene al servicio del régimen mercantil. En la actualidad, promete crear espacios de emancipación colectiva.

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A pesar de las controversias teóricas al respecto, es necesario  pensar la pintura en las condiciones que determina la contemporaneidad: se trata de que los gestos artísticos generen una interactividad entre los espectadores. Las artes en general y la pintura en particular, no pueden arrellanarse en sí mismas,  tampoco extasiarse con sus  laureles marchitos, ni  sentarse sin más  a tomar té y degustar coloridas galleticas con sus espectadores. Debe seguir creando espacialidades inéditas que propicien unas relaciones distintas e inéditas entre los espectadores. La pintura no debe enclaustrarse  en un diálogo puro de ella consigo misma. Nuestros tiempos exigen dinámicas expresivas que transformen los hábitos que cercan los cuerpos en determinados espacios y los punzan con determinadas creencias e ideologías. La marginación de la pintura de los espacios de exhibición financiados por el Estado, justifica que se invoque el principio de justicia del cual gusta hablar la filosofía política liberal, el llamado principio de la diferencia: en el momento de tomar decisiones, aquellos y aquellas que han sido marginados deben tener mayor atención por parte del Estado.  

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Ahora bien, de un tiempo para acá, los curadores del régimen neoliberal contemporáneo evidencian su populismo esteticista. Algunos de ellos son prolijos en expresiones coloquiales como La hora del té La oreja roja Saber desconocer, entre muchas otras consignas, inspiradas en lemas como   Mandato claro o Sí se puede. Estos trucos publicitarios evidencian la carencia de herramientas discursivas para salir al encuentro de la actualidad, como se nota en la curaduría Donde manda capitán no manda marinero, gestionada  por el colectivo Sin nos pagan boys, y exhibida actualmente en la Cámara de Comercio de Bogotá (CCB), sede Chapinero. Si en Melgart no hicieron falta o no se notó la ausencia de estos soportes, el proyecto CCB muestra no sólo una pobreza visual y espacial. Principalmente, carece de una propuesta conceptual adecuada al espacio y a las dinámicas contemporáneas decoloniales que han permeado el arte contemporáneo. La precariedad creativa de una exposición se nota menos cuando una estructura conceptual la soporta. Es notable su ausencia en esta curaduría específica, pues, se trata de reunir en este espacio expositivo a una élite de curadores y gestores de arte que lideran algunas iniciativas  de arte contemporáneo colombiano.

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La historiadora e investigadora María Sol Barón, lamenta que este espacio expositivo no tenga un mejor uso. Presenta esta exposición como una verbena, como  un chiste. A pesar de que su malestar está justificado, parece que allí hay algo más que un chiste. La exposición no es ingenua. Al contrario, se trata de un Manifiesto visual de curadores mediante el cual se pone en su lugar a los artistas con una perspectiva emancipadora. Es oportuno preguntar: ¿se trata de otro complot posmoderno disfrazado de arte conceptual en contra del arte colombiano? ¿Nos encontramos frente a un ejercicio de aquello que Hal Foster llama arte de la razón cínica? ¿Se trata de una despedida? ¿Quiénes son aquellos y aquellas que pasan a hacer uso de un buen retiro artístico?     

Atendiendo las reservas de María Sol Barón, la afortunada e inquietante expresión stand up comedy usada por Lucas Forero para comentar la reseña crítica a Melgart de mi autoría, se la puede usar con el propósito de comprender específicamente  el gesto artístico que nos ocupa. Donde manda capitán no manda marinero  es un evento  para artistas indecisos que fluctúan entre la crítica, la gestión, la adulación, la curaduría y la creación de obra plástica. Presa de un peligroso diletantismo, un grupo de selectos curadores despliega allí  sus competencias artísticas. Después de la elogiosa recepción de Melgart, es necesario hacer notar  las equivocaciones en la concepción y ejecución de Donde manda capitán no manda marinero. Por una parte, se equivocan los curadores invitados, pues, aceptar mostrarse como artista en un espacio público no es cualquier acto, ni consiste en repetir consignas estéticas sin ninguna elaboración material, espacial o conceptual.

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Los artistas-curadores invitados no muestran algo que justifique su liderazgo estético en el país, ni respecto a lo propiamente artístico ni en cuanto a la transformación de los dispositivos de exhibición que se reclaman en la actualidad. En ninguno de los artistas-curadores se evidencia solvencia creativa, nada inquieta, sus paráfrasis del arte global aburren. Tampoco se aprecia comprensión de la actualidad, mucho menos un replanteamiento del  espacio duramente codificado de la CCB que amerite la demanda curatorial expresada en su manifiesto: ser co-creadores dentro de los procesos artísticos que la mayoría de ellos promueve o juzga a nivel nacional. Por otra parte, el gesto mediante el cual el colectivo de curadores-artistas convoca a artistas-curadores, deja mucho que desear. El trabajo mostrado en Melgart es espontáneo y llamó la atención de los espectadores por su cuestionamiento de la institución museística y los dispositivos de exhibición modernos. La gestión  de Donde manda capitán … es servil y el dispositivo de exposición es tan pobre como la puesta en escena de un taller de estudiantes de arte. El precario soporte discursivo hace eco de la ideología neoconservadora, según la cual, todo trabajo artístico requiere el acompañamiento  de un tutor, de un etnógrafo que codirija la acción plástica de los artistas, es decir, los gestores que promueve el mercado.

El colectivo Si nos pagan boys muestra iniciativas interesantes que llaman la atención de los discursos actuales del arte, no obstante, debe pensar con cuidado cada una de sus apariciones. No es bueno imitar a sus maestros: reseñar en el mismo año tantas  curadurías confunde al espectador, pues este se hace a la idea de que los problemas se abordan y se resuelven a la ligera. La creación exige tiempo, así por principio, en su manifiesto los curadores viertan toda su antipatía hacia este concepto, afirman que “recientemente, y tal vez con mucha más intensidad que en los últimos años, el mito del creador de arte se ha visto cuestionado por las mismas dinámicas del campo artístico donde curadores, críticos y gestores ahora hacen parte importante de la producción, no necesariamente porque ellos sean artistas, sino porque el mismo acto creativo involucra negociaciones complejas con otros actores del mismo campo”. En el caso del colectivo  Si nos pagan boys, se trata de dos puestas en escena presentadas  de manera simultánea en Bogotá; necesariamente una será de cal y otra será de arena: Melgart es una palada de cal para el colectivo.Donde manda capitán … es una palada de arena dirigida a los curadores invitados.

 

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