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Transpropiación Azucena reina

Comprender el espíritu contemporáneo en la práctica de las artes, significa recorrer las factografías que  resisten con obstinación  los deseos y dictados del mesías que impera nuestra época:

El Capital. Dos o tres cuadras del antiguo barrio Santa Bárbara,  calle quinta con carrera séptima, resisten aún la fiereza del huracán que con ímpetu irresistible nos llega desde El Norte: el paraíso del metal verde. El Plan Centro para Bogotá es una idea que nos llega de este paraíso. El  Angelus Novus contemporáneo observa con pavor cómo los devotos a los ritos sagrados de El Capital, apilamos diariamente ruinas sobre ruinas ante los ojos y bocas desmesuradamente abiertos de los ciudadanos y ciudadanas inermes de este antiguo sector colonial capitalino.

Como el Angelus de Walter Benjamin, ellos y ellas quieren, intentan recoger lo que resta de su propia vitalidad humillada y ofendida por el culto de la arquitectura bogotana al Ladrillo-a-la-vista. La cultura de la tapia y la poética del  adobe, fueron desplazadas y  oprobiadas por la estética económica del ladrillo.  El progreso tecnológico no cree en  rogativas a San Isidro para pedirle que haga llover humanidad. Sólo cree en las lágrimas  de cocodrilo de la Banca cuando se declara en quiebra. Esta ideología despliega una lógica economicista tan contundente que aplasta cualquier contexto o particularidad específica, cualquier intento de erigir una ciudad para que los seres humanos habiten mutuamente sus diferencias, sus flaquezas y virtudes.

Parte 2

Mediante este trabajo con la comunidad de Santa Bárbara,  deseo comprender los giros estéticos en las artes de la Contemporaneidad, su desplazamiento hacia historias vitales, narradas de viva voz por aquellos y aquellas que no han tenido espacios de interlocución pública. Vine, vi y aprendí la menesterosidad que me habita. Encontré  que sus habitantes han perdido para siempre sus imágenes de culto o éstas han pasado a ser propiedad privada de algún príncipe, alguno de aquellos iluminados que creen que lo humano es hojarasca que no vale la pena recoger. Tuve la oportunidad de conocer, entre otras personas, a la señora Jenny Jarlin  Rodríguez. De ella escuche de viva voz relatos que hablan de las luchas de una mujer que tuvo que superar su condición de mujer en un contexto religioso enmarcado en una tradición patriarcal. Comprendí que mediante actividades tan humildes como cuidar un jardín, la señora Jenny práctica una ética del cuidado de lo-otro-en-nosotros- mismos para resistirnos activamente al desvanecimiento de la memoria, de aquello que nos permite mantener relaciones con nuestras soledades y olvidos, y con nuestros conciudadanos.

Mediante esta Transpropiación,  deconstruyo las historias que hablan de este sector bogotano, como lugar de oprobio y marginación. Sin lugar a duda, la pobreza campea en este lugar pero esto sólo resalta la riqueza de las historias contadas por  mujeres cotidianamente extraordinarias, quienes con sus prácticas diarias  escenifican valores fundamentales para comprender el vacío ético de una ciudad que ha sido atravesada por múltiples violencias, la de la espada real, la de la cruz y la de los pendones de nuestra aristocracia comercial.

La primera estrofa del himno de Bogotá recuerda:
Tres guerreros abrieron tus ojos
a una espada, a una cruz y a un pendón.
Desde entonces no hay miedo en tus lindes,
ni codicia en tu gran corazón.

Parte 3

Como toda composición artística clásica, los anteriores versos son una verdad a medias. Cierto es que nuestros ojos fueron heridos por la espada, la cruz y el pendón. Falso que la nuestra sea una sociedad sin miedo. Falso que la codicia, la “virtud” comercial con la cual se formó nuestra ciudad, no sea el horizonte de los promotores del Plan Bogotá.

Finalmente, mediante  esta experiencia desconfiguro  el   conocimiento divulgado por los especialistas en las academias y reestructuro mi manera de pensar mediante la incorporación de los saberes insólitos que salieron a mi encuentro en cada una de las calles recorridas. El diálogo generoso con que fui gratificado, inmerecidamente, ha reconfigurado lo que la academia me ha enseñado sobre los valores del mundo. Por otro lado, también estos saberes tienen necesidad de reconfigurarse, ésta es la razón del  llamado de la señora Jenny a la juventud de la ciudad. Los jóvenes son los llamados a renovar y conservar, es decir, transformar lo queda de la ciudad bogotana del siglo XVII. Esta  acción consiste en una apropiación simultánea y recíproca, o transpropiación, condición sine qua non para comprender el sentido siniestro que constituye  lo humano: confianza y horror ante todo aquello que nos condiciona.

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