El debate en 1965 en torno a la selección y premiación del XVII Salón de artistas nacionales sentó las bases críticas de la obra posterior de Norman Mejía, 27 años, y de Beatriz González, 33 años, el primer pintor fue destacado con el primer premio de pintura por La horrible mujer castigadora, a la segunda se le otorgó el segundo premio especial de pintura por Los suicidas del Sisga.

Marta Traba, 42 años, defendió con vehemencia el Salón, como crítica de arte y como jurado de premiación, y por su presentación del catálogo, al parecer también como coordinadora de los jurados se sentía aludida. Del Salón se dijo que dejaba en evidencia la crisis del arte colombiano y que era una estafa, entre otros lugares comunes.

Hoy, desaparecida la crítica de arte en el siglo XXI y perdidos todos los espacios de discusión crítica abiertos por Traba en los grandes medios de comunicación que conquistó, ya no queda Salón. No hay Salón sin discurso adecuado a las dinámicas sociales y a las espectativas estéticas de los y las artistas, tampoco sin una ciudadanía crítica ni debate cultural y social. Las autoridades no saben qué hacer para que los y las artistas recuperen su lugar en el imaginario estético del país, y dentro de la sociedad en general.
Muy alejado del régimen del mercado del arte, Norman Mejía murió a los 74 años, controvirtió a su galerista y decidió enclaustrarse junto con sus cuadros para que los intereses del mercado no lo asfixiaran. Por su parte, Beatriz González no solo logró consolidar su lugar dentro del mercado del arte, también hizo aportes significativos a la historia y la crítica de arte, aportes que seguramente serán evaluados por la investigación por venir, pese a que su obra ya fue evaluada tanto por sus coetáneos en su propio momento, como por el régimen institucional que la sostuvo hasta nuestros días. González estuvo en la Bienal Internacional de Arte de Bogotá.
Es de esperar que la muerte de Beatriz González cierre de una vez por todas la crisis del arte colombiano de la que comenzó a hablarse en 1965, pese a los descargos ya inactuales de Martha Traba. Los referentes críticos eran los que la misma Traba había establecido años atrás para Botero, Negret, Obregón, Villamizar y Wiedemann. Sin duda alguna se trata de una crisis discursiva que nunca se supo superar por falta de una crítica competente y profesional. Sin prácticas discursivas funcionalmente visibles y comunicables, ¿qué vendrá para las artes plásticas y visuales ahora que parte al infinito el último de los oropeles discursivos que Martha Traba le propuso a su generación?
Imágenes: tomadas de Google, 11 de enero de 2026.
BIBLIOGRAFÍA
A.A.V.V. (1990). 50 años, Salón Nacional de Artistas. Colcultura: Bogotá.

