Desde los lugares que erigimos como constructores de mundos libres, desde las orillas de esos mundos escritos con las manos de sus artistas e insuflados por ese espíritu que anima las cosas, desde el entramado de palabras fundantes que poetizan el sentido del viento por medio de instrumentos musicales, desde las paletas de colores que realizan coreografías de signos infinitos a lo vivido, desde los movimientos que modulan la pasión de los cuerpos a través de la poesía para llevarla a diez mil manos y piernas que se mueven y a otras diez mil voces que anuncian ese mundo nuevo haciéndolo visible, actual, presente y viviente en cada signo de vida, desde todos los oficios culturales que nos juntan en la MAAC como artistas, gestores y técnicos, desde todos esos haceres de mundos iguales, nos expresamos por medio de este comunicado como seres de pensamiento y con palabra resuelta a defender la libertad y la autonomía de nuestros pueblos. Más que como colectivo, realizamos esta acción como espíritus que anidan en sí mismos una voluntad de pueblo para la transformación cultural y social.
No somos indiferentes a lo que suena y pasa en nuestros países hermanos: la noticia de que la señora María Corina Machado participará en el Hay festival 2026, más que inquietud, nos genera desasosiego y una gran preocupación. No se trata solo de una respuesta ideológica. Es cierto que todo debate público debe garantizar la diferencia hablada, la vida poetizada por sus artistas en las sociedades libres. La desazón surge cuando se evidencia la paradoja de ser premio nobel de paz 2025 y al mismo tiempo aplaudir una intervención militar extranjera a su propio país, en el hermano territorio de Venezuela; dos caras que no son la sonrisa y la melancolía de Talía y Melpómene, sino esa poco elocuente ambigüedad de dos máscaras vacías que se adosan a la cara y a la palabra de la señora Machado.
Para nosotros (algunos artistas en territorios; otros, artistas académicos de distintas disciplinas, personificadores de estos mundos y otras realidades; otros, artistas que mantienen la tradición del oficio en sus manos), todas y todos curtidos bajo los soles de este trópico algunas veces luminoso, otras sombrío, hemos redescubierto en las calles escritas el palimpsesto de poéticas de resistencia que caracteriza la experiencia de vida de nuestros pueblos latinoamericanos (y decimos nuestros, porque somos el mismo pueblo desplegado en múltiples diferencias de lengua). Hemos vívido en carne propia la recopilación de los vestigios de memoria común, fragmentada, olvidada, perdida y ultrajada. Más que construir puentes, la tarea nuestra como artistas consiste en construir mundos y situarnos más allá de la ideología que marca fronteras separando los pueblos; la coyuntura política nos pone en este instante frente a la fuerza arbitraria del poder imperial impuesto ilegítimamente sobre los destinos de un pueblo atropellado, y en esa medida respondemos mediante la palabra poética de manera dialogada: somos un diálogo que se resiste a callar para olvidar, somos pueblo desde que recordamos y somos un diálogo, nos ha dicho Hölderlin. Es vital entonces para una existencia autónoma y para el ser que la habita en cuerpo y espíritu, gozar de la libertad y la soberanía en su propio territorio, y en el cuerpo y la mente que animan su cultura.
Los espacios de las artes son lugares desde donde intervenimos como actantes de esos mundos insondables por venir; esencialmente, aquéllos son lares para el disenso porque esa es la base de cualquier relación construida sobre lo humano. Este disenso dialogado nos permite comprender la actualidad agobiante que pende sobre nuestros pueblos unificados por una misma lengua. Como artistas, sabemos que la contradicción equilibra el mundo. Así nos lo han enseñado los pueblos antiguos de Europa y Asia, y los originarios de América. Pero no es legítimo usar este disenso para justificar la ruptura de la soberanía de un pueblo mediante el yugo violento de una invasión con fines de expoliación y subyugamiento.
Normalizar la arbitraiedad nos aterra y mucho más si se recurre a un espacio construido para pensar la memoria por medio de las artes en libertad, usándose como telón de fondo a Cartagena de Indias que es la expresión viva de la soberanía del espíritu de múltiples pueblos que se encontraron en la palabra conversada para ponerla al servicio de las libertades humanas. Los espacios de las artes son casi sagrados porque relacionan lo infinito con lo finito, lo divino y lo humano. Son todos los lugares al mismo tiempo en todos los tiempos. No constituyen solo marketing político intentando disfrazárselo como un lugar “NEUTRO” y universal.
En todos los tiempos, los actos de creación artística siempre han ido más allá de lo actual y presente, han transformado en fuerza vital el extrañamiento que devora el sentido común en lo cotidiano y oprime el inconsciente colectivo. Todo acto de creación hace que el mundo se detenga, nos obliga a mirarnos desde los sentidos refinados por las artes para pensarnos y encontrarnos con otros seres sintientes y parlantes, pero también con los no sintientes ni parlantes. Un canto rodado no es la mera acción de las fuerzas físicas, también es motivo para escribir una gramática del cuerpo para desde los territorios que aquélla abre, tranformar la palabra desbordada y solitaria en una coreografía colectiva, solo comprensible por esos espíritus libres que habitan la igualdad hablando entre sí sus territorios. Este es el despliegue del sentido transformador de las artes.
Vitorear y provocar una invasión es negar el sentido mismo de las artes y de los espíritus libres que las animan; hacerlo en contra de su propio país es negarse a sí misma, y como dijeron los sabios Malinkes de África Occidental, “Los hijos de Sanènè y Kòntròn declaran: que cada uno vele por la tierra de sus padres. Por la patria, el país o la tierra de los padres, debemos comprender también y sobre todo, a los hombres que recuerdan sus nombres y transforman una y otra vez sus identidades: cualquier país, cualquier tierra que viera desaparecer los nombres y los hombres de su superficie, conocerá la decadencia y la desolación”.
La señora Machado no obedece ni representa ninguna práctica, acción o disciplina artística. Su acción no nos mueve a parir algo nuevo mediante el acto alquímico, mágico de la danza de figuras poéticas, inspiradas estas por la necesidad que tenemos de seguir fundando y ampliando mundos más igualitarios y libres. Al contrario, su palabra erosiona la voluntad de pueblo que todo tipo de acción constructiva conlleva. Invocar una lluvia de acero sobre los territorios de Venezuela y convocar la explosión del plomo férreo de una bandera extranjera sobre el territorio hermano, inerme, es una acción destructiva, anti poética y anti artística.
La acción que pormueve la señora Machado es un acto violento, su presencia en nuestra tierra nos violenta, se suma a las heridas que todavía se exponen y se recuerdan en la ciudad amurallada. Esa violencia, que en las sombras mete su hocico en las almas nobles de nuestros pueblos y se solaza con sus vísceras palpitantes, dibuja la ambigüedad del ser oportunista de la señora Machado; es la ironía que desgranan esas voces que alientan las tempestades con cañoneos y escupitajos de fuego.
El rechazo por parte de la MAAC de la presencia de María Corina Machado en Colombia, más que una carta inspirada en las luchas de nuestros pueblos ancestrales y en lo que hacemos, es un manifiesto de vida libre para que este gesto quede grabado en nuestra piel como uno más de los muros grafiteados velozmente en nuestras grandes ciudades y que, desde 2021, han dado forma a la voluntad de pueblo y de transformación social de esos tantos y tantas que vienen diciendo y gritando, en las calles aquello que el poeta cantor alguna vez anunció, “Larga muchacho tu voz joven/ como larga la luz el sol/que aunque tenga que estrellarse/ contra un paredón/ que aunque tenga que estrellarse/ se dividirá en dos”.
Firman:
Agrupaciones Mesa Amplia por el Arte y la Cultura.

