No hay arte sin reconocimiento del “eso” que actúa y transforma. No hay arte sin “estatus”. Si bien desde siempre la artista verbaliza el asombro por aquello que todavía nadie puede ver, sin estatuto no solo no hay arte tampoco artista, es el discurso el que permite ver la realidad con verdad e inventa a una y otra simultáneamente, pero también al arte y a la artista.
Platón es quién inventa el primer estatuto para el arte occidental. Él es el responsable de que la poética haya dejado de ser experiencia de mundo y se hubiera transformado en discurso, en estatuto excluyente. Todo discurso, dice más recientemente Foucault, excluye. Corrijamos pues este estatuto y hagamos real la cultura M.
Me gusta el arte más como imagen-manifiesto, como palabra poética, más que como creación, es decir, como imagen decimonónica, mimética. ¿Qué quiere decir aquí “me gusta”? Quiere decir que “algo” se libera en “eso” que no es mío y llamamos cuerpo, en “eso” que se expande en la imaginación y entusiasma a la frágil poeta de la vida y a su inquieto entendimiento y la anima a producir una escritura acorde a los tiempos que logran fluir.
La pregunta-manifiesto que clama por el “eso” que llamamos cuerpo real es lo que debemos pensar hoy. Este cuerpo real, el “eso” in extremis, verdadero demanda un estatuto reimaginado. El cuerpo dominado por el símbolo es un discurso que retiene todo pensar. Pero, ¿cómo pregunta un artista que se manifiesta? Tranzando con la imagen poética.
Las imágenes-manifiesto estuvieron en boga en las primeras décadas del siglo XX, rastreaban el “eso” que palpita en todo cuerpo, justo las y los artistas querían librarse del estatuto burgués, de aquel discurso inventado en el siglo XIX para capturar la creación mimético-romántica.
La transformación inherente al “eso” que palpita en todas las artes está más cercana en sentido al manifiesto-imagen que a la estética de la imagen mimética que se mira en el discurso del amo burgués, el dueño del discurso del siglo XIX. A este respecto también hay mucho que pensar, no obstante, para transformar y transfigurar se requiere hacer parte de una cultura. Esta es la cuestión de hoy, saber de qué cultura o culturas se hace parte.
Ahora bien, ¿qué pasa con el excluido de toda cultura? ¿Qué es una cultura para quien nunca la ha tenido? ¿Un sueño o una pesadilla? ¿Una violencia? Las y los artistas nos dan señales claras y oscuras para dirigirnos hacia la construcción de un nuevo estatuto para el arte, las señales más prolíficas son las que la noche provee. Toda señal oscura es una luciérnaga en medio del discurso totalitario, es una indicación para sortear la encrucijada que nos cerca.
Habemus estatuto, ergo, habemus cultura M.

