Umberto Giangrandi, una ética de la A a la Z

La exposición retrospectiva del maestro Giangrandi en el Museo de Artes Visuales en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá , no solo exhibe un conjunto variado de obras de un artista que conoce como pocos las técnicas que rigen su oficio, principalmente muestra la historia de un hombre que ha vivido soñando un país diferente al institucional junto con sus conciudadanas y conciudadanos en emergencia permanente, que ha intentado mirar más allá de lo que los dispositivos de los señores de la historia del arte colombiano señalan como verdadero.

La mirada del maestro Giangrandi revela una ética sabida pero ignorada y reprimida en la que él mismo ha vivido a lo largo de varias décadas. Revelación compleja porque involucra como creía Aristóteles, no solo una historia de vida real, unos personajes memorables y una manera de pensarse en común, pero también involucra canto, acento y estética. La historia pedagógica de Giangrandi muestra claramente que pudo escoger la ética de los vencedores en las Galerías de Arte, pero que decidió con coraje comprender la ética de los vencidos en los territorios de Colombia.

Los expertos suelen decir que toda obra de arte transcendente condensa toda la historia del arte. No se trata de exageración crítica ni de grandilocuencia estética. Condensación de lo múltiple y diverso es la clave de toda imagen pensativa. En la condensación hay una puerta a los cuerpos porvenir. Después de mirar en detalle La contaminación del agua en Colombia (2026) en apariencia ingenua e irrelevante, encontramos la puerta a la ética de los vencidos, a la verdad de toda la obra de Umberto Giangrandi, que no es diferente a la ética del hombre que sufre y goza en su territorio, es decir, a la ética de la comunidad responsable de los significantes en los que los sueños del artista se transportan en múltiples y diversos sentidos.

La responsabilidad del visitante consigo mismo consiste en encontrar esa puerta a la verdad de la ética que regula su propia mirada e interrogarla con todo el coraje que el arte le reclama a todo y a toda artista. Toda declaración ética es un acto de coraje: como Julio César en el Rubicón, no hay vuelta atrás.

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