
La inquietud por la transformación de la mirada ciudadana en Bogotá se proyecta sugestivamente hoy mediante una pregunta curatorial por la felicidad, entidad que pocos saben en qué lugar fanstasmático se oculta. La pregunta sublima la ansiedad de la cultura de élites y disimula el cansancio propio de fantasmas agotados que evalúan un inane autolegado, realizando un balance narcisista acerca de lo que hicieron o dejaron de hacer durante su deambular por las instituciones estéticas. Se trata de un colectivo de testigos ilustres que pone a prueba su influencia dentro de varias intuiciones burocráticas. Principalmente, el equipo curatorial de BOG25 le permite al espectador no solo constatar que las cosas ya no son lo que fueron, también queda enterado oficialmente de que otras irreverencias estéticas se abren paso hoy alegremente dentro de la pesadez del discurso agobiante y subyugante que gobierna la cultura capitolina de la ciudad desde hace varias décadas.

La pregunta por la felicidad proyectada como una colección de ensayos en BOG25, indica con nostalgia y tristeza que un discurso estético muere de obsolescencia ética e irrelevancia social. Sin proponérselo, muestra que la juventud está dando la bienvenida a otros imaginarios que aún no terminan de arribar al entramado social, porque no se les permite ingresar a la simbólica hegemónica, pese al alborozo que aquéllos suscitan en las fronteras de la cultura de lo real (territorios) en dónde no esperan ya nada de la institucionalidad cultural. El saber de la cultura se redujo a un protocolo de investigación curatorial.
La intervención espontánea de los jóvenes dentro del rezagado Palacio de San Francisco que hemos recogido aquí no es una performance, se trata, en primer lugar, de un manifiesto espontáneo desplegado por un grupo de adolescentes de buen humor y sobretodo desprejuiciados; en segundo lugar, indica al observador atento una ausencia alegre que resiste lo ya interpretado por el discurso internacional, balbuceando (Deleuze) la promesa de un nuevo lenguaje y resaltándole al paseante palaciego la desactulización del régimen discursivo en que se sostiene esta práctica curatorial. La juventud bogotana le muestra al anonadado espectador el espejo fracturado de María del Carmen Huerta dentro del cual el discurso internacionalizante se mira desfallecer. La pregunta curatorial de BOG25 pretende no solo gobernar los cuerpos del artistado convocado, también busca subyugar la mirada de quienes visitan BOG25 con la esperanza de escribirle a Bogotá una historia diferente, es decir, desplegada en libertad, pero sobretodo con verdad.

Evidentemente, la economía neoliberal importa. No hay igualdad estética en BOG25, los formatos faraónicos imponen a los artistas locales una estética sin ética, vacía, algunos instrumentalizan unas simbólicas o realidades locales para darle contenido a unas formas vaciadas de mundo. Por otra parte, la modalidad ensayo, algo pretensiosa para la perspectiva incluyente de un artista de territorios, no garantiza libertad a las y los artistas, pero tampoco verdad al visitante para pensar los espacios en que infructuosamente múltiples experiencias de vida intentan entrecruzarse. Por ello mismo, el artistado convocado apenas logra reproducir la consigna estética de BOG25, es decir, su compromiso con la ideología económica aún en boga. Si no consumes industria cultural no eres feliz. Cada propuesta a su modo, bienaliza una estética imperial; con algunas notables excepciones, que las hay y muy poéticas, buena parte de los ejercicios contribuyen a la compilación de un gran “manual de autoayuda” para una sociedad en peligro, recurso retórico elaborado estéticamente por Gabriel Garzón. Paradójicamente, como en la propuesta de Garzón, todas las instalaciones de la Bienal quedan reducidas a Manuales de Autoayuda para los artistas contemporáneos.

BOG25 tiene sus méritos. En primer lugar, evidencia que la Administración local puede destinar y gestionar ingentes cantidades de recursos si se la motiva suficientemente, si se le prometen rendimientos económicos y políticos al dinero invertido. En segundo lugar, hay que destacar la inusual acogida que tuvo la propuesta curatorial en algunos medios de comunicación local, la cual recuerda, ¡ay!, la fallida Bienal de Cartagena hace diez años. En tercer lugar, es muy importante la respuesta asertiva de la juventud que una vez más generosamente se dejó sorprender por el dispositivo tecnológico e inundó de vida los espacios bienalizados, logrando que la Feria de Arte ya tradicional pasara a un segundo plano. Queda claro que la necesidad de arte no la satisfacen las ferias pero tampoco los espectáculos propios de las industrias culturales.
En cuarto lugar, el faraonismo estético de algunas propuestas, nos permite valorar con otros ojos las pequeñas cosas de la producción local, aquella que atiende ya no el interés de los dioses y las diosas del mercado internacional sino que busca satisfacer la necesidad de cultura de hombres y mujeres reales, de talla humana. En quinto y último lugar, es encomiable la apertura, el desbloqueo de las puertas del Palacio de San Francisco para que las ciudadanas y ciudadanos de la capital puedan constatar el abandono y el olvido en que se encuentra su patrimonio. Hace parte de la estética del montaje resaltar el deterioro de un bien cultural que amenaza caerse en pedazos, la ciudadanía nota este enfoque de ruina parlante, y lo agradece. Algo se debe hacer al respecto.
Para terminar, es oportuno aquí preguntar, ¿se dejará podrir el patrimonio de la ciudad? ¿Se seguirá arrendando a comerciantes culturales para grabar telenovelas y demás dispositivos mercantiles? ¿No es tiempo de que este bien cultural pase a manos del Museo Nacional de Colombia junto con los ingentes recursos apropiados para realizar la BOG25?

