El contra-monumento, concepto del año 2018

La estética del Monumento expresa la soberbia de seres que no solo se igualan a los dioses, sino que los suplantan. Es impotencia para hacerse cargo de la precariedad con que la vida pone a prueba a sus mejores mujeres y hombres. Separa lo humano de lo divino, aunque la primera condición sigue subordinada a la segunda, al Dios suplantado. Es feudal: crea amos y siervos. Se Instala como piso de una humanidad sojuzgada, subyugada. Reivindica virtudes que niegan la igualdad y solidaridad entre todos los seres humanos. Ante la soberbia mercantil que se apodera de las esperanzas de igualdad, libertad y solidaridad, los dioses parten espantados. Sin dioses solo resta el homo economicus como medida de todas las cosas.

El contra-monumento es obra de Hefesto: es lucha, invención y resistencia. Configura la ética del entre , aquello que mejora la supervivencia de quien se escribe a sí mismo dentro de una comunidad específica. El contra-monumento es una estrategia cultural en donde las mentiras del poder se ponen en evidencia. Pone en público una sensibilidad singular-universal, una modalidad de pensamiento que modela con lo propio de las manos figuras, antes que cualquier acto de simulación, de pretender esclarecer o producir conceptos. Lo propio de las manos consiste en su fuerza para mantenerse juntas y producir un entre diverso y por ello mismo emancipador. Su filosofía está al alcance de todos: sirve a quienes en común instituyen un lugar de articulación y comprensión.

El contra-monumento es acción, una lucha diaria en contra del dispositivo del Monumento y sus ínfulas imperiales. Su estética es una escritura del día a día, abierta pero personal, manual pero libre, plástica pero profunda.  Es verdadera: con sencillez, habla acerca de la arrogancia de quienes se igualan a los dioses, roban su fuego, los suplantan y apagan las luces de la igualdad, la libertad y la solidaridad. La soberbia del homo economicus es una manera de mentir acogida por todo tipo de escribas.

Hay Monumentos que se enmascaran como contra-monumentos. Estos “Monumentos” mienten: no evidencian que en lo evidente la verdad se pierde. También suplantan la verdad y la historia de las mujeres y los hombres. El Monumento es una estrategia de subalternización. Es la peor manera de diezmar la fuerza de la imaginación política, muy escasa, por cierto, en nuestros días. La potencia del contra-monumento surge de la humildad con la cual quien escribe su día a día sobre el lienzo del azar, explora la verdad de una existencia entregada al servicio de sí mismo y de otros y otras. La discreción práctica y estética niegan la grandilocuencia formal y discursiva del Monumento. El contra-monumento no es un Contra-Monumento. Un Contra-Monumento es un Monumento enmascarado o disfrazado de Fragmento.

El contra-monumento rompe el discurso. Abre a nuestra comprensión realidades domesticadas por el discurso del Régimen Feudal que sobrevive plácidamente dentro del Régimen Global. Nunca refuerza la ideología económica que impone el discurso del Monumento Contra-Monumento. La sombra que nos ofrece el contra-monumento nos permite ver la oscuridad de la luminosidad de la época, muestra una fractura social y una subordinación política. No es cuantificable. Nunca se expone como un Fragmento supeditado a un Orden Matemático y Calculador de efectos. Es una herida. La herida que se niega, que la lógica del espectáculo vela y nos impide apreciar.

De ser plausible, el contra-monumento es móvil, rechaza toda fijeza o unidad. Su potencial disruptor lo encuentra en prácticas de humildad y servicio. Humildad y servicio son prácticas críticas poco exploradas dentro de las estéticas contemporáneas diseñadas por el homo economicus. Su discreción práctica y estética rehúsa las luces del espectáculo.

Por su arrogancia, por su soberbia discursivista, el arte contemporáneo no puede considerarse un contra-monumento. Mejor aún: “contra” no es un prefijo adecuado para indicar prácticas de servicio como las que evoca la imagen que acompaña este mensaje.

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